C’est la vie

C’est la vie

 

“Es hora de irme del convivio. Lo haré “a la francesa”. Solo me despediré de los músicos. Lo hago ahora con una mirada cómplice”.

Estoy en un convivio muy ameno, en el que conozco a la tercera parte de los invitados. Mi intención es quedarme exactamente media hora, porque no soy muy de fiestas y me cuesta mucho encajar en la vida social. Pero sé que solo en esta temporada puedo ver a cierta gente con la que no suelo frecuentarme durante el año, por lo que accedí a venir para no desaprovechar la oportunidad del contacto afectivo. Desde siempre, la anfitriona sabe de mis pobres habilidades de adaptación en este tipo de saraos. Por ello, procura no abandonarme a mi suerte y se preocupa por mantenerme en el radar de sus conversaciones. Ahora mismo me tomo con ella una copa de vino tinto que pretendo sea la única de la noche. Y disfruto, además, de la charla de un matrimonio que relata sus viajes con una gracia digna de Anthony Bourdain, porque sus aventuras son de película. Al fondo, hay música en vivo muy variada que prácticamente todos ignoran. Los dos intérpretes lo perciben, pero igual siguen con el repertorio. A ratos, solo a ratos, alguien les pide una canción. Y es “My way” la que más solicitan. Sin embargo, la notoriedad de los meseros es mucho mayor que la de los artistas. Es obvio el porqué. En quince minutos, mi vino tinto va por la mitad; los planes van viento en copa. Con disimulo consulto mi reloj; no hallo la hora de partir. ¿Por qué seré tan aburrido?, me pregunto. Y todo marcha según mis planes, hasta que de pronto se me acerca una rubia muy buena moza que mi pide “cinco minutos en el jardín” para contarme “algo que podría interesarme”. No hay opción de negarse; cortesía obliga. Y confieso: la intuición me dicta que el relato valdrá la pena.

Rumbo a la puerta que nos conduce al encantador espacio verde de la casa, me hago de un renovado vino tinto. Mesero puntual y oportuno. La rubia, que jamás me dirá su nombre, fuma con nerviosismo y se toma una cerveza que se ve muy fresca por lo que delata el sudoroso tarro en su mano izquierda. Empezamos a conversar; más bien es un monólogo. Y su historia es perturbadora, aunque no me extraña. Ella me habla de uno de los presos por corrupción, a quien dice conocer por razones familiares. Afirma que me lo cuenta porque, a su criterio, la prensa no publica lo suficiente acerca del peligro por el que atraviesa el país. Sostiene, con vehemencia, que la apuesta de quienes guardan prisión en las cárceles VIP es desgastar a Iván Velásquez y a Thelma Aldana, así como quebrar lo que queda de la voluntad ciudadana por medio de maniobras de desprestigio. Y que corre mucho dinero para lograrlo. Y que hay aliados por doquier. Y que abundan los “tontos útiles” para acuerpar a las voces que descalifican a la CICIG y al MP. Nada de eso me sorprende. Las cartas están echadas de ese modo desde hace mucho tiempo. Lo único que me sacude de su narrativa es un episodio en el que, asegura, han mediado amenazas de muerte para obligar a algunos a que atestigüen en favor de ciertos detenidos. Aunque tal cosa tampoco debería de ser sorpresa para nadie. Mi segunda copa de vino ya feneció. Cuota cumplida. Hace una hora que estoy en el convivio. La música sigue al fondo sin que casi nadie repare en su amplificado sonido. Ganas me dan de pedir algo de Greg Lake, en homenaje a su reciente partida. “From the beginning”, por ejemplo. Pero lo que suena por enésima vez es “My way”. Y los meseros conservan su dinámico protagonismo, haciéndolas de fotógrafos cada veinte minutos.

La rubia ya me liberó del jardín. La entrañable anfitriona me pregunta qué hacía conversando con ella. Le cuento. “Su historia es confiable”, me dice. “Y le doy la razón en sus argumentos”. Yo, sin expresarlo con excesivo verbo, coincido con su sentir. Y entonces recuerdo sus frases más repetidas: “Aquí hay gente que detestó a la CICIG desde que llegó, y que hubiera sido feliz de que Pérez Molina la sacara. Después, con los resonantes éxitos, no les quedó otra que tragarse lo vociferado y elogiar el trabajo de la Comisión. Pero su odio sigue intacto. Sea esto por ideología radical, o porque defienden intereses espurios.   A veces por ambas cosas. Si es por ideología obtusa, gozarían de ver fracasar a Iván Velásquez, solo para proclamar que siempre tuvieron razón en cuanto a la ilegalidad de la CICIG. Si es por defender el negocio de la impunidad, ni siquiera hace falta explicarlo”. Palabras más, palabras menos, eso me dijo la rubia buena moza. Yo, para mis adentros, recordé lo de los “tontos útiles” que también mencionó. Sin embargo, no sé si sean realmente tan tontos como para no cobrar caro por sus acciones tan “útiles”, o si caen en su propia trampa para ayudar de manera ilusa a que los corruptos no paguen sus culpas.

Es hora de irme del convivio. Lo haré “a la francesa”. Solo me despediré de los músicos. Lo hago ahora con una mirada cómplice. Antes de salir, un mesero alcanza todavía a ofrecerme otro vino. Ya en mi carro, huyo de “My way” y escucho algo de Greg Lake. Sin ruido de por medio. Su guitarra de doce cuerdas suena nítida. Descanse en paz. Subo el volumen. Escucho “C’est la vie”.