Todo lo contrario que la selección

Todo lo contrario que la selección

He tomado como sugerencia, no como propuesta, lo dicho por el titular de la CICIG, Iván Velásquez, acerca de aprobar un impuesto temporal para financiar la lucha contra la impunidad. No existe nada en concreto por ahora como para debatirlo. Aunque, he de decir, el debate ya empezó. Y no de la manera más feliz. Yo concuerdo con el comisionado Velásquez en que no es la entidad por él dirigida, la encargada de plantear esas ideas. Lo que sí es asunto suyo es referirse a las necesidades que existen para mantener el ritmo vertiginoso iniciado con las capturas de abril. Si se trata de enfrentar como se debe el tremendo desafío que representan las mafias, es de su absoluta competencia hablar de recursos. Sobre todo, cuando son tan escasos. Me inquietan por ello algunas de las iracundas reacciones contra la sola mención de un posible gravamen para los mayores patrimonios del país. Las siento desmedidas y predecibles. Los éxitos obtenidos hasta ahora en los golpes certeros contra la corrupción son inéditos para nosotros. E impensables hace tan solo siete meses. Y si a resultados vamos, más no puede pedirse. ¿O es que en medio de la podredumbre en que vivimos eran posibles logros mayores? Lo menciono, porque es precisamente el reclamo por resultados uno de los argumentos eternamente socorridos de quienes de manera atávica se resisten a pagar impuestos. Y aunque coincido en que es apresurado apoyar, sin análisis previo, un proyecto como este, esperaría otra actitud, considerando lo que hemos alcanzado como sociedad en tan solo 200 días. Sin embargo, me preocupa, y hasta me indigna, la percepción que recojo de algunas opiniones cuya vehemencia me hace desconfiar de sus trasfondos.

La CICIG pudo ser sacada de Guatemala de mala manera. ¿O ya lo olvidaron? Y de haber ocurrido así, muchos de los que hoy vociferan posiciones anti impuestos habrían respaldado la decisión del entonces presidente Otto Pérez Molina, con aplausos de pie, en nombre de una soberanía que no defienden igual cuando las intervenciones extranjeras favorecen sus anhelos. Y ese conservadurismo, creo, debería de ser historia del pasado. Pero no lo es. Aunque parezca caricaturesco lo que escribiré a continuación, he notado que hay quienes apoyan a la Comisión y a Iván Velásquez, siempre y cuando no se metan con ciertos poderes o personajes. Y lo que es aun peor: que muchos de estos implacables críticos, en el fondo, gozarían si la entidad internacional se resbalara y terminara dándoles la razón en cuanto a sus apocalípticas predicciones de que la CICIG representa, por decir algo, los intereses de la izquierda, pese a que la corrupción, si algo no tiene es ideología, pues se da tanto en entre los ladrones de un lado, como entre los ladrones del otro, pasando por los moderados, los indefinidos y por aquellos que ni siquiera tienen claro cuál es su visión política del mundo. ¿Qué significa tal cosa? Muy sencillo: que aunque del diente al labio muchos se alegren de las conquistas contra el hampa y la corruptela, esos mismos no están del todo comprometidos con que la justicia funcione a tope. Lo que implica, entre otras cosas, que el discurso que proclaman es bonito y socialmente conveniente, pero no real.
El momento puede ser el peor para hablar de subir impuestos, pues el saqueo de los dineros públicos y la pésima calidad de gasto no convidan a ninguna moral tributaria. Pero en el caso de la lucha contra la impunidad, el momento puede que sea el más propicio, porque hay logros a la vista. Y si en Guatemala no aprovechamos bien esta coyuntura para avanzar, puede que no volvamos a disponer de un panorama tan claro como para intentarlo.

La CICIG es una entidad conformada por seres humanos. Y como tal, cometerá errores. Y se tropezará. Y se verá en aprietos. Es el precio por hacer algo. Y también por meterse con lo más “granado” de la delincuencia de nuestro turbio medio. Por ello, es oportuno recordar que no debe endiosársele ni vérsele como infalible. Hay gente de izquierda que suele decantarse por ese lado. Y con eso no le hace bien a la CICIG. De ahí que las críticas a lo dicho por el comisionado sean, además de oportunas, necesarias. Pero no con la ceguera instantánea que caracteriza a la radicalidad de cierta derecha local, en la que, valga decirlo, cuento con varios amigos. Thelma Aldana e Iván Velásquez se han ganado la confianza del país. Sus logros están a la vista. Todo lo contrario que la Selección.