El mejor de sus infiernos posibles

Mucho nos habíamos tardado en que nos uniera el rechazo por la corrupción. De ahí que la protesta del sábado sea un éxito ciudadano, desde donde se vea

El mejor de sus infiernos posibles

A todos nos molesta que nos roben. Nos ofende. Pero cuando los ladrones muestran cinismo, el agravio se multiplica. Y cunde la indignación. Eso es precisamente lo que el país está sintiendo ahora. El hartazgo. Y ya era tiempo. Mucho nos habíamos tardado en que nos uniera el rechazo por la corrupción. De ahí que la protesta del sábado sea un éxito ciudadano, desde donde se vea. Pareciera que solo el mandatario Otto Pérez Molina y la vicepresidenta Roxana Baldetti están ajenos a lo que sucede. Y esto apenas empieza. No solo para ellos, sino -ojalá también- para el caduco sistema que nos carcome. La apuesta del régimen era que la convocatoria para la manifestación fuera débil y fragmentada. Y ni una ni otra. La Plaza de la Constitución estaba repleta. Había pancartas para todos los gustos. De extrema derecha, extrema izquierda, moderadas de ambos lados, de artistas, humorísticas, de religiosos, de universitarios, de académicos y de casi cualquier origen de la sociedad. Todas centradas en una exigencia categórica: que los más altos jefes del Ejecutivo, especialmente la vicepresidenta, renuncien. Y a estas alturas de la crisis, considero que hay procesos ya sin retorno. En especial, con el errático manejo de la situación exhibido por el Gobierno.

Fue un garrafal error desaprovechar el momento político para confirmar a la CICIG a más tardar el viernes 17 de abril, sin tanto montaje innecesario que solo los hizo verse mal. Hoy queda clarísimo que la prórroga les pesa y les molesta. Que la hicieron a la fuerza. Que algún pacto oscuro no pudo ser cumplido y que eso los afectará. Y tras una manifestación ordenada, sin pintas, espontánea y concurrida, lo único que puede esperarse es que la ciudadanía tome fuerza. Lo cual para el Gobierno puede ser una pésima noticia, pues la nebulosa de las contradicciones acerca del regreso desde Corea de la vicepresidenta, de las que tampoco sale indemne el jefe del Ejecutivo, se suma a la molestia colectiva por la previa contratación y constante defensa de un secretario privado que, por lo que se deduce de las escuchas, es un maleante consumado. Y la eventual salida de Baldetti, viéndola de manera muy pragmática, resulta siendo el escenario con menos rasguños imaginable para la actual administración, salvo, claro está, que su inocencia se compruebe por medio de elementos creíbles. Además, no hay que ignorarlo: entre los grandes perdedores de la exitosa protesta del 25 de abril figura, asimismo, el partido Líder, cuyos vínculos con el oficialismo son prácticamente innegables, no solo por la escasa cobertura a la multitudinaria manifestación reflejada en los medios afines a esa agrupación política, sino por el silencio de su candidato en cuanto a la victoriosa gesta del sábado. Manuel Baldizón no sale ganando del movimiento ciudadano del 25 de abril. Tampoco Sandra Torres ni Alejandro Sinibaldi.

En cuanto al presidente Pérez Molina, mi opinión es que solo le quedan las opciones malas y las menos malas. Ninguna totalmente buena. Es de esperar que, como me dijo un amigo analista, “saquen más esqueletos del clóset”, intentado desviar la atención. El caso MDF es ya un ejemplo de ello. Igual, no les funcionará. Y no será de extrañar que traten de hacerlo de otras formas, obtusas y malandrinas, sin que se descarte que, en la desesperación, se resbalen en acciones grotescas y fuera de control. Es decir: lo menos deseable. Porque de materializarse un manejo que raye en lo rudo, las consecuencias serían incluso más negativas, tanto para el Ejecutivo como para sus aliados en la oposición. La gente está despertando. Y veo difícil que su enojo se aplaque fácilmente. Sobre todo, si el caso de la defraudación en las aduanas da más noticias, tales como otras capturas o nuevas revelaciones que impliquen a peces gordos. No digamos si aparece, vivo o muerto, Juan Carlos Monzón.

Es oportuno recordar que la justicia guatemalteca no va a resolver este caso en dos días. Aun si fuera la más eficiente y confiable del mundo, que no es, lograría una condena rápida en un caso tan complejo. Sin hacer la excepción ahora, siempre insisto en la presunción de inocencia. Pero incluso con eso, los gobernantes de turno tendrían que ser muy ingenuos para creer que, en el corto plazo, se quitarán de encima la condena social que ya han recibido del pueblo de Guatemala. La CICIG debe estar al tanto de eso. Y manejarlo con sutileza, pero también con un vigoroso ritmo. Persiste la razonable duda de por qué se permitió que Monzón saliera del país. Y es claro que faltan varias capturas clave para satisfacer la lógica ciudadana. Confío en el titular de la entidad, Iván Velásquez, y en su experiencia como fiscal. Y veo independencia suficiente en Thelma Aldana encabezando al Ministerio Público. Por ello, sería lamentable que permitieran, por negligencia o falta de comunicación, que aquellos que desprestigian a sueldo dispusieran de argumentos, por retorcidos que sean, para destruir lo que ya se logró.

Me impresionó que la tarde de la manifestación, en la cobertura que se hizo desde Emisoras Unidas, el procurador de los Derechos Humanos, Jorge de León Duque, no evadiera la pregunta que le formulé en cuanto a qué haría él, como funcionario, si hubiera un movimiento como el del pasado 25 de abril, en el que se exigiera su dimisión. Su respuesta fue clara: “Renunciaría”, dijo. Y habló de dignidad en sus argumentos. Entiendo que Pérez Molina y Baldetti se aferren a sus puestos e intenten defender sus nombres si son ajenos a esta red criminal. Pero si alguno de los dos no lo es, y existe alguna implicación penal que pueda probárseles, por ínfima que sea, retirarse sería, aunque a primera vista no lo parezca, el mejor de sus infiernos posibles.