OPINIÓN. Cuando gane la justicia y pierda la mafia

OPINIÓN. Cuando gane la justicia y pierda la mafia

Buenos Aires no solo baila tango en cada esquina. También baila bohemia y libros. Y fútbol. Y teatro. Y pasión. Su hábitat de erotismo es de obvia sutileza. Escribo desde aquí, después de una agotadora jornada de trabajo. Ahora mismo, el insomnio y la ansiedad me obligan a recorrer calles y a encontrarme con una copa de Malbec. Necesito disipar mi agitada mente; dibujar escenarios. El aire fresco me vendrá bien (SALGO Y CAMINO). Estoy en un bar con vista a una venta de alfajores. Mucha gente aquí. Lo que nadie sabe es que mi cabeza está en Guatemala, por lo intenso y lo preocupante de su actualidad. Pido la clave de wifi; me conecto. Reviso Twitter y repaso las notas y el vendaval de opiniones. El golpe certero que la CICIG y el Ministerio Público le han asestado a una red de defraudación aduanera es, hasta ahora, la noticia del año.

Y también la peor crisis que ha enfrentado este gobierno. Pienso en lo mucho que quisiera estar en mi país para vivir como periodista este episodio que, dependiendo de su desenlace, puede ser histórico. Leo las declaraciones del titular de la CICIG, Iván Velásquez: “No hay necesidad de un solo testimonio; todo está documentado a través de pruebas científicas”. Oigo los audios disponibles de las escuchas telefónicas. Son de escándalo. Bendito wifi. Imagino lo que a esta hora conversarán, en Corea del Sur, la vicepresidenta Roxana Baldetti y su ya destituido secretario privado Juan Carlos Monzón.(PARA ENTONCES DESCONOCÍA QUE EL HOY EXFUNCIONARIO IBA A CONVERTIRSE EN PRÓFUGO Y QUE LA INDIGNACIÓN DE LA GENTE ESTABA LLEGANDO HASTA EL PUNTO DE EXIGIRLE LA RENUNCIA A BALDETTI. ¿CASUALIDAD QUE MONZÓN ESTABA AFUERA? NO CREO). 

    Pienso asimismo en el mandatario Otto Pérez Molina y en su posición, incómoda y bochornosa, de negarse a prorrogar a la CICIG. ¿Cuántos de los que le robaban al fisco por medio de la estructura delictiva estarán esperando que vayan a capturarlos? ¿Será que la investigación llegará hasta los verdaderos jefes de esta red? ¿Caerán más políticos? ¿Veremos a grandes empresarios tras la reja? ¿Cuándo sabremos a ciencia cierta quiénes son, en la banda, “el presidente”, “la señora”, “R” o “la 2”? Los “alias” son tremendamente incriminatorios. Demasiado. Mejor me pido otro Malbec. Será el último. Es la 1 de la madrugada, pero esta ciudad bulle con un lúcido frenesí. Estoy en Corrientes, la avenida de los teatros. Veo el Gran Rex desde aquí. La amabilidad esbelta de la mesera me recuerda que ya no tengo 20 años.

Pero es lo que menos importa en este momento. Afuera llueve. Reviso Twitter otra vez y confirmo cómo los argumentos de los anti CICIG son cada vez más burdos. Chateo con un colega que me muestra su optimismo por las capturas. Le respondo que aún no cante victoria. Me temo que, a partir de estos operativos, todas las maquinarias de impunidad se han activado a tope. Y que el sistema de justicia, ese en el que no confío, podría desafiar las pruebas contundentes que se le presenten e insultar con descaro la inteligencia del pueblo. Falta ver qué ocurrirá; los implicados son inocentes hasta que se determine lo contrario. Pero me alivia que muchos mafiosos estén pasando pésimos días. Me alegra. Se lo merecen. Porque solo así puede funcionar la institucionalidad del Estado: sin privilegios. Y este caso puede ser el principio de algo muy positivo para el sistema, siempre y cuando se llegue hasta las últimas consecuencias. Caiga quien caiga.

En la mesa de atrás, aún discuten acerca del angustioso triunfo de Boca en la Libertadores. Me veo adolescente comprando en la sexta la revista “El Gráfico”, cuando tanto en mi país como en Argentina desaparecían gente en pleno terrorismo de Estado. Recuerdo las crónicas de Juvenal, de Carlos Ferreira y de Héctor Onesime. Les debo mucho a sus plumas.

Las redes sociales siguen enardecidas. Decido volver al hotel. El Twitter es una locura en Guatemala, cuyo reloj hace tic tac tres horas antes que aquí. Coincido con Phillip Chicola en que este es “el caso Rosenberg” para Pérez Molina, pero especialmente para Baldetti. La diferencia radica en que a Álvaro Colom lo salvó la CICIG de ser derrocado por medio de un sofisticado Golpe de Estado, y en esta ocasión es la CICIG la que puede llevar al colapso a la administración actual. Chateo con una fuente que me confirma que Alejandro Sinibaldi se irá del Patriota (AHORA QUE YA ES OFICIAL, MI OPINIÓN ES QUE NO DEBERÍA BUSCAR LA PRESIDENCIA, Y NO ME EXTRAÑA QUE, EN SU MOMENTO, LE HAYA MOLESTADO QUE LO DESCRIBIERAN COMO “FISIQUÍN”).

Por mi mente desfilan de inmediato todos los precandidatos. Ojalá que estas acciones de la Comisión y del MP los hagan reflexionar. Y, si es posible, entrar en pánico. La corrupción no puede seguir siendo la única motivación detrás de la política. Precisamos de verdaderos programas de gobierno y no solo de planes de saqueo. Y ojalá también que los diputados que son parte de la mafia, que los jueces que los protegen y que los profesionales multidisciplinarios que los respaldan pasen a partir de ahora muchas pésimas noches. ¿Cómo va a explicar la vicepresidenta que su secretario privado, al que defendió tanto, resulte implicado en una estructura delictiva tan despreciable? ¿Será que seguirá considerando a la CICIG como un experimento fallido? (DESPUÉS DE SU DESAFORTUNADO ENCUENTRO CON LA PRENSA, ES EVIDENTE QUE NO TIENE ARGUMENTOS PARA JUSTIFICAR LO DEL NOMBRAMIENTO DE MONZÓN. TAMPOCO POR QUÉ, EN TIEMPO LABORAL PAGADO POR LOS GUATEMALTECOS, EL HOY PRÓFUGO IBA A HACER “COSAS PERSONALES”. ASIMISMO, TAMPOCO PUEDE ATACAR MÁS A LA COMISIÓN)

Pago la cuenta. Afuera dejó de llover. Corrientes poetiza mi adrenalina. La amabilidad esbelta de la mesera quedó atrás. Como mis tiempos de tener 20 años. Pero en vez de deprimirme por eso, prefiero disfrutar esta caminata que será la última durante este extenuante viaje. Una caminata en la que percibo a Borges narrando cómo un libro puede ser infinito. En la que las abuelas de Plaza de Mayo me regalan la valiente indignación de sus pañuelos blancos. En la que Cortázar convida a las parejas no a hacer el amor, sino a dejar que el amor las haga a ellas. El erotismo sutil de Buenos Aires es obvio. Y, aunque la inflación es bárbara, se nota su nivel educativo hasta en la vigorosa opinión política de sus taxistas. En año electoral, Argentina dista mucho de nuestro vulgar ambiente de vejamen propagandístico.

Ya estoy en el hotel. El insomnio me ayuda a empacar en medio de las interrogantes que, a la distancia, surgen de este caso que, a mi parecer, es la noticia del año. Y mientras las más viles maquinarias de impunidad trabajan horas extra para desacreditar a la CICIG e intentar librar a sus patrones de ser alcanzadas por el MP, desde la ventana de mi habitación veo a un hombre y a una mujer que van de la mano, se besan, bailan tango, se juegan como fútbol, leen en su gestos un libro infinito y se dirigen, sin disimularlo, hacia algún sitio a su medida, no para hacer el amor, sino para que el amor los haga a ellos. Los pañuelos blancos de las abuelas los escoltan. Me pregunto: ¿Cuándo podrán las parejas de Guatemala caminar así de tranquilas a media madrugada? Y desde esta ciudad que dejaré en unas horas me contesto: cuando el arte y el amor derroten a la impunidad; cuando gane la justicia y pierda la mafia.