Los prehistóricos

Si fuera por los resultados documentables, posiblemente la CICIG no pasaría la prueba. Son los intangibles por los que yo la califico como imprescindible en esta coyuntura. Sería maravilloso y heroico salir solos de este atolladero. Pero eso no es posible por ahora

No fue agradable que el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, impusiera con amables palabras la continuidad de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG). Pero se veía venir. Y, de cierta manera, era inevitable. Sonó duro y contundente lo dicho por Biden en cuanto a que no podía pretenderse que el Congreso de su país comprometiera US$1 mil millones sin un compromiso creíble de que se va a “limpiar el sistema” en el Triángulo Norte. Y fue especialmente lapidario cuando al describir como gigantesco el problema de la impunidad añadiera la palabra “punto”. Léase: va, porque va, punto. Perdón por la redundancia.

El presidente Otto Pérez Molina pudo haberse ahorrado este episodio engorroso. Aunque su reacción inicial en la que dijo no estar dispuesto a aceptar la imposición alcanzó para volverse titular de los diarios, lució más bien tibia al pasar los días, pese a que de entrada dio la idea de ser de proporciones mayores. De hecho, cuando me enteré de lo que había declarado, estuve a punto de mandar este tuit: “Aplaudo que el mandatario rechace la presión de Estados Unidos. Lamento que insista en no prolongar el mandato de la CICIG”. Contradictorio como parece, era mi percepción de aquel momento. Y tal como lo señaló Roberto Wagner, la posición del mandatario era más que incómoda luego de las declaraciones de Biden. Por un lado, si mantiene su decisión, queda mal con el imperio; por otro, queda igual de mal con la gente que, entendiendo o no la importancia de la comisión, ve como un signo de debilidad ceder a las órdenes de la Casa Blanca.

Hay gente honorable que no quiere a la CICIG aquí. Lo he dicho siempre. Pero también abundan los que la rechazan por sentirse vulnerables a una investigación, difícilmente esperable de la justicia local, no solo por las precariedades presupuestarias, sino además por los poderes ocultos (y no tan ocultos) que maniobran con la frágil institucionalidad del país. No considero a la Comisión como la panacea para nuestros males de impunidad. Admito que ha cometido errores, algunos gruesos, que han golpeado su imagen. Pero con una campaña electoral tan distorsionada y hampona como la que enfrentamos, es la CICIG la única mediana garantía de que los demonios no se suelten. El negocio que hay de por medio en la búsqueda de los negocios del Estado es demasiado apetecible y grande. Y la justicia como tal no tiene visos de depurarse a sí misma, especialmente si se comprueba que el traslado de jueces que apoyaron a la exmagistrada Claudia Escobar es una burda y vil represalia. Y ahí la CICIG se vuelve fundamental. Por lo menos como recurso de reserva para que los locos y los extremistas de ayer y de hoy se la piensen dos veces antes de hacer retroceder a la democracia a su prehistoria, con algún crimen desestabilizador o una maroma tipo el caso Rosenberg.

Si fuera por los resultados documentables, posiblemente la CICIG no pasaría la prueba. Son los intangibles por los que yo la califico como imprescindible en esta coyuntura. Sería maravilloso y heroico salir solos de este atolladero. Pero eso no es posible por ahora. Lo que sí es posible, si somos más flexibles y pragmáticos, es ponernos de acuerdo para aprovechar el apoyo internacional y así intentar encontrarle la luz a este túnel de laberintos. El actual comisionado ya mostró que es un fiscal serio. No habría investigaciones tan avanzadas en casos como el de Byron Lima y el de Haroldo Mendoza sin la mano de la Comisión detrás. Y aunque las convincentes palabras de Joe Biden podrían sugerir que la batalla por la permanencia de la CICIG está garantizada, puedo apostar mi cabellera, muy preciada para mí, a que los poderes oscuros librarán de todas formas su batalla. Y en esta, si no se decanta por defender lo indefendible, el presidente Pérez Molina puede ser más listo y estratégico, y evitarse un desgaste sin sentido. La batalla vendrá. Mucho lodo correrá de por medio. Es el estilo de los prehistóricos.