Luis Felipe Valenzuela

Para que incluso el mar no sea el mismo sin ella

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Escribo desde Jerusalén, luego de una intensa semana de trabajo periodístico que me ha llevado de Tel Aviv a las fronteras con Gaza y Siria, y del impresionante y espiritual Mar de Galilea a la enigmática Ramallah, en el lado palestino de este mítico lugar. He oído versiones de las dos partes de este conflicto.

He conversado directamente con víctimas. Con analistas y funcionarios de ambos bandos. Con optimistas y pesimistas. Con idealistas de una causa y agrios críticos de la propia. Y mi conclusión, pertubadora en sí misma, es que me voy de aquí con más interrogantes de las que traía.

Me queda claro, sin embargo, que en cualquier tema, pero sobre todo en uno tan complejo como este, es muy arriesgado meterse a opinar sin conocer a fondo los dramas que circundan la narrativa de sus orígenes, así como de su diario vivir. Para un periodista, la experiencia es invaluable, ya que por más que pasen los años, los dilemas éticos siguen deparándonos sorpresas y desafíos, en ocasiones con asuntos que parecieran ya resueltos.

La vieja y maniquea dicotomía de “los buenos contra los malos” no casa aquí. Hay testimonios que me sobrecogen en sus contrastes. Como por ejemplo que en Israel, casi sin excepción, todos los jóvenes de 18 años, hombres y mujeres, presten servicio militar, lo cual les otorga un sentido de pertenencia y de identidad cívica, pero por otro lado, los pone en peligro.

Oír a los padres de la niños recién nacidos añorar que esto cambie para que no haya necesidad de enrolar a un joven en los fuerzas armadas es conmovedor. Y la voz de un colega palestino con quien hablé describe sentimientos similares en cuanto a su dolor por la violencia que sufren sus jóvenes, vulnerables también a esta brutal disputa. Y eso me hace recordar, con sabor amargo, cómo los militares de Guatemala en los 70 y 80 reclutaban a la fuerza a miles de muchachos indígenas para llevarlos como carne de cañón a defender los interés de otros. A lo que se suma que casi ninguno de los que hoy glorifican al Ejército por haber protegido a Guatemala del comunismo, hayan aportado a sus propios hijos para esa gesta que tanto elogian. Es cierto que de parte de la izquierda hubo mucho manejo irresponsable con jóvenes a los que, literalmente, se les llevó a morir sin que existiera ya una oportunidad de triunfo.

Me indigna por ello que nadie asuma sus responsabilidades. Bien decía Paul Valery que “la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen, pero que no se masacran”. Como ocurre en mi tierra, aquí en Israel hay quienes creen que el rentismo y la miopía de la Comunidad Internacional contribuyen en mucho a que esto no termine. Claro: la paz en Medio Oriente sería ideal. Pero se ve tan difícil. Tan lejana. Tan intrincada. No es sencillo vivir bajo el asedio permanente del probable o inminente ataque.

Como me contó Janet en un Kibbutz muy cercano a la frontera con Gaza, cuando me relataba la pesadilla de estarse bañando y de oír la sirena que alerta de un ataque; una sirena que le da un promedio de 15 segundos para encontrar un refugio. Pregunto: ¿Qué puede hacerse en ese lapso? ¿Cómo sostener el equilibrio emocional en una emergencia perenne? Pero, a la vez, me preocupa que, según me dijo el ex ministro de Relaciones Exteriores de Al Fatah, Nabil Shaat, Gaza esté a dos años de morirse de sed, algo que al extremismo de Hamas no sé si en realidad le importe. Y ello le añade dramatismo a un cuadro ya de por sí aflictivo. Las encuestas hablan de una abrumadora mayorías que desea el fin de las hostilidades. Pero pocos creen que se logre. Y la razón, entre otras, es la que se refiere a los radicales.

A los que viven de la violencia o que se nutren de su combustible para vivir. En Guatemala eso abunda de los dos lados del espectro político. Es el insulto y la descalificación lo que prima, no el razonamiento sensato. Digamos lo normal entre fanáticos. Pero me sorprende que la palabra “terrorismo” se pronuncie tanto en mi país, comparando situaciones con el Medio Oriente. Ahora bien, volviendo a Israel, es oportuno recordar que esta parte del mundo es sagrada para 2 mil millones de cristianos, 1,500 millones de musulmanes y 14 millones de judíos, entre otros. De ahí la lucidez de quien fuera primer ministro israelí, Ben Gurion, en cuanto a que es “es mucha historia para tan poca geografía”. No es difícil sacar conclusiones del porqué de tantas matanzas por la disputa de lugares santos. De las fuentes a las que tuve acceso, me impresionaron muchas. Pero fueron la primera y la última las que me dejaron ideas que me golpean. Ambas hablaron de la imposibilidad, a corto plazo, de terminar con las hostilidades aquí. Uno dijo que lo alcanzable es mantener una “estabilidad precaria”; otro mencionó que el mejor escenario por ahora es “administrar el conflicto, pero no terminarlo”. En Guatemala, las cosas no son tan difierentes en tal sentido, aunque la lucha armada ya haya finalizado, porque se administra nuestro -para unos pocos- rentable subdesarrollo, pero no se resuelve. Y, por medio de la corrupción, se mantiene el status quo, con esa precaria estabilidad cada vez más inestable. De esta impresionante y estremecedora experiencia, la cual agradezco a Project Interchange de AJC, sobre todo por facilitar contactos con diversidad de documentados interlocutores de ambos bandos, me quedo con las palabras de un conferencista que lleva 20 años negociando la paz en esta región, y que encajan de manera contundente para Guatemala: “Aquí no se trata de ver si el vaso está medio lleno o medio vacío, sino de saber que cada día se puede verter una gota en él”. En nuestro país debemos aprender a aportar esa gota diaria. No la que rebalse el vaso ni la que lo envenene, sino aquella que nos sirva, como diría la Madre Teresa, para que “incluso el mar no sea el mismo sin ella”.