Luis Felipe Valenzuela

¿Con qué opción se identifica usted?

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7

Vivimos en una sociedad cínica. Algunos, a sus anchas. Otros, medianamente al tanto. Muchos, sin siquiera asumirlo o sospecharlo. El cinismo trae consigo la tolerancia, pero en la acepción nefasta de la palabra. Es decir, no aludiendo a la vida pacífica entre personas que piensan diferente, sino al caos y a la apatía producto de la patológica permisividad con la bajeza y sus derivados. En Guatemala, nuestra Sodoma es la corrupción, y nuestra Gomorra, la impunidad. Toleramos la ineptitud y el clientelismo en el ejercicio gubernamental. L

La explotación despiadada de los fuertes contra los débiles. El Congreso infame. El racismo que se enorgullece de su vileza. La justicia turbia. Los pacifistas del vandalismo. La cotidiana desnutrición de los niños. Los vociferantes tóxicos que supuestamente defienden el Estado de Derecho. El asesinato moral, sin fundamentos. La interminable colección de muertes evitables, sea por asalto o por encargo. O las que sobrevienen tras una golpiza doméstica. Toleramos todo.

Aunque escribamos, como yo, artículos en la prensa y nos las llevemos de redentores en reuniones privadas. Aunque critiquemos con rabia los excesos vulgares del saqueador de turno. Aunque en las pláticas con los amigos expongamos una visión de país que ni en el espejo ponemos en práctica. Nos fascina, además, satanizar y criminalizar a los pocos que se animan a no rendirse frente a esta debacle. Recuerdo ahora a Claudia Escobar, la valiente magistrada.

El colmo es que todavía haya quienes pretendan asociarla con agendas oscuras. Como si las agendas de aquellos a los que ella puso en evidencia fueran un dechado de transparencia. Y son precisamente muchos de los que la critican, los que aprueban (o capitalizan) el lodo en el que tantos puercos se revuelcan. Aquí el latrocinio es la regla. El despojo inclemente del oportunista político. La nocturnidad empresarial.

La inconsecuencia del que juega a santo. Le pregunto: ¿Qué hace usted contra los corruptos que nos acechan como hienas en manada? ¿Cómo intenta terminar con este reino de lo impune que nos carcome? Muchos contestarán: “Siendo honestos”. O bien con un “pagando mis impuestos”. O con un “dando empleo”. Y ser honesto ayuda mucho como tarea inspiradora; especialmente con los hijos y los subalternos. Léase: no comprando películas pirata, por citar un caso. O evitando el tráfico de influencias para conseguir adelantarse en una fila. Pagar impuestos también es grandioso.

En particular cuando no se eluden de manera legal, pero incorrecta. O dicho de otra manera: cuando no se evaden apegándose a la ley. Y qué decir de dar empleo. Eso es encomiable en los tiempos que corren. Y cuando se procura un ambiente feliz entre quienes laboran con uno, mucho mejor. Pero todo ello, aunque importante, no alcanza. No en un país en el que, como dijo Roberto Alejos en una entrevista a El Periódico, “se sustituye la negociación política por la de los intereses económicos”. El descaro y la traición como fórmula de ganar batallas en ese ámbito nos ha transformado en una estampida de conflictos y de desencantos. Aquí ya nada es asombroso en materia de abyección.

La UNE, que criticó la alianza entre el PP y LÍDER para elegir cortes a su medida y que denunció el inminente soborno para detener la conformación de una Junta Directiva opositora en el Congreso, no se tentó el alma para unirse a los oficialistas. Pregunto: ¿Hubo plata de por medio, o no? El diputado Orlando Blanco me dijo ayer que cuando ellos se refirieron a la compra de voluntades hablaban de los bonos.

En el audio que revisé mencionan ambas cosas; de cualquier modo, la percepción que recojo de la calle es que en el Congreso siempre hay dinero de por medio. Creada o no, el Gobierno enfrenta una crisis que lo lleva a la vergonzosa situación de no pagar sueldos, o de sugerir la posibilidad de trasladar reos en transporte público.

Sin embargo, no da señales de austeridad por ningún lado. El inservible programa del Presidente sigue apareciendo puntual cada martes. Los dispendios que la prensa da a conocer cada semana no paran, convivios incluidos. Líder se abstiene de votar, por conveniencia propia, pero no pasa de ser es la mala caricatura de una verdadera oposición.

El transfuguismo no cesa. Y la voz de los más inescrupulosos sigue teniendo un eco demasiado profundo entre la población. Sodoma y Gomorra nos asedian como sombras de podredumbre. Mientras tanto, las elecciones se acercan sin darnos ninguna rendija de luz. Y todo en medio de la apatía propia de una sociedad moldeada al cinismo más ruin, en el que, por fortuna, aún quedan algunos dispuestos a jugársela por el futuro de esta tierra.

Me atrevo por ello a plantearle lo siguiente: a la hora de elegir entre estas dos ranitas, ¿con cuál se queda?

– Opción 1: A veces me dan ganas de buscar un puesto de elección popular, pero cuando veo lo putrefacto de la clase política, se me pasan.
– Opción 2: A veces me dan ganas de quedarme cruzado de brazos, pero cuando veo lo putrefacto de la clase política se me pasan. El país se debate entre estas dos ranitas. ¿Con qué ranita se identifica usted?