Luis Felipe Valenzuela

El fin de la privacidad

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

¿Existe aún la intimidad? Sí, pero en contados lugares. Que son por cierto cada vez menos. Es conveniente aprender a sonreír bien, porque casi en todas partes hay cámaras grabándonos. En las calles. En los centros comerciales. En los elevadores. En las garitas de los residenciales. Hoy en día, la privacidad se circunscribe a la propia habitación o a la ducha. Si es que, sin avisarnos, alguien no colocó un dispositivo para controlar hasta lo más recóndito de nuestras vidas.

No es seguro hablar por teléfono. Alguien puede estar oyendo de más. Y registrándolo en una cinta. Tampoco es garantía juntarse a conversar con un amigo o un cliente: abundan los lapiceros, a bajo precio, que incluyen una indiscreta e implacable cámara. Y todo lo que se escribe o se envíe por internet queda archivado para siempre, no solo para que se conserve, sino también para que alguien lo use en contra nuestra cuando mejor le parezca. ¿Bueno para la transparencia? En parte. Pero la gente tiene derecho a husmear en sus obsesiones, sin que nadie más se entere.

Si a mí me gusta la música de Pink Floyd, es cosa mía. Lo simpático es que cuando cotizo algún producto relacionado con esa banda, de pronto recibo correos informándome de otras posibilidades que el mercado en línea me ofrece. Lo cual es una maravilla. No me molesta que el mundo sepa que “Wish You Were Here” me inspira y me asombra desde hace casi 40 años. Mas tampoco me seduce divulgarlo. Pese a vivir en Guatemala, país donde desde que me acuerdo hay carpetas con los datos clasificados y confidenciales de la gente, en especial aquella que le molesta al poder, siento el derecho y la necesidad de guardarme cosas personales solo para mí.

O únicamente para quienes yo quiera que se enteren de mis gustos. Pero en el mundo actual, hasta los filtros aparentemente más efectivos fallan. Un hijo, sin saberlo, puede ser un espía en casa. No digamos un técnico que llega a instalar un aparato. O un celular que se marque solo. O un Skype que no se apague debidamente. O un clic dado sin querer.

Las redes sociales exacerbaron nuestra urgencia de comunicarnos. De expresar lo que nos preocupa.De decirle al mundo que existimos. De ser lo que somos, llámese chismosos, leales o accesibles. Facebook retrata en forma muy certera a sus usuarios. Hay quienes se meten a diario, 15 veces y sin límite de tiempo. Son los que postean hasta cuándo van a lavarse las manos, por decirlo de algún modo. Andan cámara en mano, como si sus vidas fueran una película que le interesa al resto del planeta. En síntesis, privacidad cero. Porque además, si uno se cruza con uno de ellos en un bar donde cualquiera toma una fotografía y, al fondo, por azares del destino, es uno el que se ve, algún Facebook se encargará de notificarlo y de difundirlo por doquier. Con nuestra aprobación o sin ella. Lo que escribo no es nuevo para nadie.

Pero en el contexto de esta red social llamada Secret, en la que adolescentes y universitarios se atacan entre sí anónimamente, me pregunto si no habrá que hacer algo, y pronto, con esta circulación desmedida de datos que la tecnología promueve y facilita. Sin caer en el oprobioso extremo de la censura, claro. Y cuidándonos de no arrebatarle herramientas a la gente para que pueda denunciar tropelías cometidas por el prepotente privado o por el prepotente público. Es decir, sin facilitarle a quienes hacen negocios turbios y cometen atropellos de toda índole, el salvoconducto para que salgan indemnes de sus fechorías.

Pero lo que hoy es Secret, mañana puede ser otra red social con cualquier otro nombre, en la que se ofenda y se denigre a quien sea, sin que haya nadie capaz de detener eso. Si en los mismos medios de comunicación, obligados a verificar las informaciones que publican, se incurre con frecuencia en barbaridades e ignominias, ¿qué esperar de una plataforma en la que, sin miedo a ser descubierto, cualquiera pueda revelar o inventar historias íntimas de alguien a quien odie o que le estorbe? Un estudio hecho por científicos israelíes constata que la gente se vuelve más agresiva y cruel en línea, porque no ve a los ojos a su interlocutor. El colega Martín Rodríguez Pellecer escribió en “Nómada” que Secret parecía haber sacado lo peor de cada sociedad. Está en lo cierto. No me caben dudas de que lo que se nos viene en tal sentido será demoledor. Muchas víctimas hay en camino. Unas, porque se lo buscan. Otras, de manera injusta. Vargas Llosa tiene razón: es el fin de la privacidad.