Luis Felipe Valenzuela

Un fraude moral

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Aquí todos hablamos de política. Muchos, sin tener fundamentada una opinión. Política, digo. Sin saber de qué hablamos realmente. No solemos debatir ideas, sino necedades aprendidas o aberraciones heredadas; argumentos que no llegan a serlo y planteamientos que no se sostienen frente a un análisis de mediana seriedad. Igual que los políticos.

Apenas distinguimos entre estadista y politiquero. En realidad, nos da lo mismo. Creemos y repetimos, a veces con asertos pringados de cierta lógica, que un gerente eficaz y estricto en la presidencia sería la solución para nuestros añejos males. Y así de superficial vemos lo público; con desprecio y desdén, o con ira y resentimiento. Nunca como un proceso dinámico. Jamás como un patrimonio digno de cuidarse. O de vigilarse. O de continuarse.

De pronto, a alguien con chequera robusta se le ocurre gastarse unos millones y jugar a que es candidato a algo. Ama verse en vallas, en comerciales de televisión, o registrar su voz en spots de radio. Se adora encaramado en la tarima, haciendo la fogosa arenga, aunque sepa de sobra que quienes lo aclaman son acarreados y que ni siquiera prestan atención a sus alaridos demagógicos.

Se dan los casos, también, de quienes construyen una “carrera política” basados en una ambición desmedida que no les permite distinguir entre lo correcto y lo inaceptable. En ambas historias, como de costumbre, abunda el ego. El culto excesivo al espejo. Las bandas presidenciales compradas antes de ganar la elección para hacerse una foto, no siempre tan privada. Aquí no producimos políticos; nos los inventamos. Los improvisamos. Es patético oírlos hablar.

Además, vivimos en un país cansando. Así lo dijo la semana pasada, con lucidez y certeza, la doctora Irma Alicia Velásquez. Un país exhausto de todo. No digamos de la política. No digamos de los políticos. De sus fracasos que son los nuestros. De sus bochornos que nos retratan y a veces hasta nos divierten. De sus mentiras que fingimos creer, aunque de entrada las desestimemos. Es bien sabido y asimilado: aquí se llega lejos en política, no por talento, sino por perseverancia. Se pierden una o dos elecciones y a la siguiente se abre la puerta para alcanzar “el trono”. Y en el camino, millones de millones corren de por medio para asegurarse de atar de pies y manos a quienes llegan al poder. Nuestra democracia no es de mayorías que eligen, sino de financistas que colocan. Eso explica, en parte, la injusta distribución del ingreso. Y muestra, en síntesis, el porqué de nuestro lacerante subdesarrollo.

En ese panorama de abatimiento y agobio aterrizó en Guatemala, para participar en el V Foro Regional de Esquipulas, el presidente de Ecuador, Rafael Correa. Y aunque confieso que su figura no me simpatiza ni me entusiasma, regatearle méritos sería mezquino. Y de su tan comentada visita destaco algo que impresionó: su discurso. Ese que enamoró a muchos y que disgustó a otros. Y lo destaco porque aquí, hartos y desanimados de tanta promesa vacua, nos hemos desencantado de la política como el arte de comunicar ideas posibles y escenarios alentadores.

Es cierto que varios “picos de oro” nos han engañado. Pero ello no debiera hacernos perder la perspectiva de lo que significa hacer política. Y parte esencial de un político exitoso es su manera de transmitir lo que piensa hacer y lo que está haciendo. En tal sentido, Correa es un éxito consumado. Sabe usar el verbo. Y lo que dice, cala. Y también cómo lo dice. Lejos estamos aquí de contar con un personaje de su talla en la profesión de los que aspiran a ocupar un cargo público de elección popular.

Carecemos de candidatos que de verdad nos hagan soñar con lo que dicen. Como lo lograban Vinicio Cerezo, Alfonso Portillo y hasta Álvaro Arzú. Aquí el discurso es regalar bolsas. Regalar láminas. Regalar gorras. Aquí no hay discurso. Lo que los políticos hacen como campaña, anticipada claro está, es acarrear gente para que los aplauda, a cambio de una mísera remuneración. Y en ese penoso trámite, al usar el clientelismo gubernamental o la caridad interesada, lo que hacen es aprovecharse del hambre de la gente, sin el mínimo deseo de mitigarla. Lo cual es un fraude. Un fraude que no precisa de alteración de urnas. Un fraude moral.