Luis Felipe Valenzuela

“Que la justicia no me sea indiferente”

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

En Guatemala, casi a diario, nos jugamos nuestro futuro como país. Nuestra viabilidad como lugar donde sobrevivir sea una apuesta posible. Basta con circunscribirlo a la historia personal de cada quien. Aquí es preciso persignarse cada vez que uno sale. Yo lo hago siempre, pese a mi aversión a las religiones organizadas. Y entre mis peticiones recurrentes a ese Dios en el que creo, figura no verme involucrado en algún lío que amerite trámites judiciales. Porque son una pesadilla.

Porque aunque uno considere que dispone de las pruebas contundentes como para ganar un caso, cualquier vicisitud puede ocurrir en el camino, como por ejemplo que la contraparte compre a mi abogado o que soborne al juez. O porque, si el dinero de por medio no es suficiente como para sesgar un fallo, entonces surja el delicado y tierno recurso de la anónima amenaza de muerte, o bien el de la intimidación directa sin ambages ni vergüenzas. Dicho eso, tal vez no haga falta escribir más. Pero tal vez sí valga la pena intentarlo. Hace tiempo que lo sabemos: quienes realmente se preocupan por la justicia son, en su mayoría, los mafiosos; aquellos que precisan de cortes amigas para que no los persigan.

Hablo de narcos. De políticos. De millonarios. En realidad, me refiero a cualquiera que pueda hacer pesar su influencia, venga de donde venga. Para nadie es un secreto. Y por ello, enterarnos de cosas como la dicha ayer por el exrector de la Universidad de San Carlos Estuardo Gálvez, en cuanto a que varios diputados le dijeron que elegir magistrados “es parte de su cuota de poder”, no le extrañe a nadie. Cada vez más, los operadores que negocian sus “listas” en las comisiones de postulación esconden menos la cara. O sencillamente no la esconden. Tal vez porque son descarados. O porque están rigurosamente al tanto de que, entre angustias y entre prisas, la ciudadanía no dedica tiempo a ocuparse de los asuntos públicos.

No somos Atenas en la época de Pericles, está claro. Pero sobran quienes satanizan a la sociedad civil, por “no representar a nadie”, aunque muchos de los que critican se queden sentados en casa, chismeando en Facebook. Mientras tanto, quienes sí dedican horas y recursos para incidir de mala manera en las postuladoras demuestran al pie de la letra que conocen la movida de pe a pa. Saben muy bien que ocuparse de la justicia es el negocio. Y no porque la justicia en sí lo sea. No. El negocio, redondo y brutalmente lucrativo, es la impunidad. En la prensa, mientras tanto, seguimos cubriendo sin la firmeza necesaria al Organismo Judicial. Nos encantan los escándalos de los diputados y sus bochornos repetidos. Nos fascinan, asimismo, los resbalones del Ejecutivo. Sus palabras de más o de menos. Sus disposiciones fallidas o sin sustento.

Y, sin embargo, descuidamos a las cortes. Como irónico calco de la ciudadanía que no ejerce la defensa de sus derechos. Rara vez un magistrado concede entrevistas. Y lo vemos de lo más normal. Hierven los tribunales de historias de horror, pero aprovechamos casi solo las sentencias de la agenda cotidiana o los juicios marcadamente mediáticos. Mientras tanto, abundan los jueces que atropellan la ley sin rubor. Con inocentes de por medio que sufren sus vejámenes. Es preciso decir también que no todos son así. Hay jueces que se juegan la vida por emitir resoluciones valientes, aunque no haya institución detrás que se preocupe por protegerlos.

El tema de las comisiones de postulación lo comprende poca gente. Su vital importancia, digo. Lo que significa en el aparato delictivo, proceda este del crimen organizado, de los carteles de la política, de los hampones que se presentan como probos empresarios, o bien del variopinto de escorias que se amparan en uno u otro de los poderes fácticos. No se pide un sistema judicial perfecto. Ese no existe. Se pide nada más que haya un sistema medianamente respetable. Uno en el que quien estafe, robe o mate, lleve las de perder, y no las de salir airoso y victimizado. Uno en el que la arbitrariedad sea la excepción y no la regla. En eso pensaba cuando se me vinieron a la mente las primeras líneas de este artículo. En Guatemala, casi a diario, nos jugamos nuestro futuro como país. Nuestra viabilidad como lugar donde sobrevivir sea una apuesta posible. Aquí siempre hay clima favorable como para que la veleta del pesimismo atraiga vientos de agobio. Cruzar los brazos es la tarea sencilla; la cómoda y la acomodaticia. No quiero ni pretendo ser parte de ese plan. Recuerdo entonces una canción de León Gieco: “Solo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente”. Vuelvo a persignarme y le imploro al Dios en que creo que nos libre de retroceder en el recorrido de nuestra justicia. La guerra mató a miles de personas aquí. La impunidad lo sigue haciendo todos los días. No quiero caer en la patológica apatía frente a semejante oprobio. Cambio sin su permiso la letra de la canción de Gieco: “Solo le pido a Dios, que la justicia no me sea indiferente….”.