Luis Felipe Valenzuela

Las extorsiones están matando a Guatemala

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

El pasado día de San Cristóbal, patrono de los pilotos, no fue de celebración para ellos como en ocasiones anteriores. La tradición de adornar las unidades ha decaído considerablemente. Y no es de extrañar. Porque los han estado matando desde hace años. Y siguen haciéndolo. Solo en 2014 ya van más de 130 asesinados. Si no es por extorsión es por competencia criminal.

Y si no es por competencia criminal, entonces resulta que hasta por diferencias personales. Pero a los pilotos los siguen matando, y nada parece ser capaz de frenar esta ola de sangre. “Al salir cada mañana, lo que hacemos es encomendarnos a Dios”, le dijeron varios conductores de autobús al reportero Daniel Tzoc, de Patrullaje Informativo.

Lo mismo escuchó el periodista Henry Bin cuando les formuló la pregunta de cómo ven sus familias que sigan laborando en los autobuses. Henry apuntó solo cuatro unidades adornadas esa mañana, otrora de fiesta, de las cien que contó. “Encomendarme a Dios al salir de casa”. Guardando las distancias, me identifiqué con ellos. Como casi todos. Como de seguro lo hace usted que lee este artículo. Pero claro, en el caso de los que desempeñan su oficio en el timón, a la muerte la llevan como pasajero en el asiento trasero de su angustia. Es tan fácil ultimarlos. Tan fácil abordar la unidad y solo disparar.

El Estado y la ciudadanía no pueden permanecer indiferentes a una tragedia de tal calibre. No solo por humanidad, que es lo primero. También por conveniencia propia. ¿Qué va a ser de un país que no logra detener una carnicería tan descarada y cínica? Las extorsiones están acabando con Guatemala. Como el delito más extendido en nuestro medio, abarca desde el pandillero que intimida con palabrotas a sus aterradas víctimas, hasta el potentado altanero que amenaza con desatar los perros del poder contra cualquiera que ose intentar detenerlo en sus negocios turbios.

Hay políticos que extorsionan, por supuesto. Y diputados. Y empresarios. Y periodistas. Y activistas. Y catedráticos. Y alcaldes. Y funcionarios medios y menores. No hay profesión que esté libre de pecado. Se volvió una especie de aberración casi cultural: un sinfin de actores se llenan los bolsillos amedrentando a otros. Los pandilleros y sus redes criminales no se quedan atrás. Son, de hecho, los más visibles. Pero no los únicos.

Y no sé qué esperamos como cuerpo social para reaccionar al respecto. Porque solo reaccionando, empezaremos con los correctivos urgentes y de plazo razonable para que, ojalá más temprano que tarde, aspiremos a prevenir este problema. Me cuesta comprender que a alguien le pase inadvertido que, en pleno día de San Cristóbal, maten a sangre fría a dos pilotos antes de la hora de almuerzo. Una foto tomada por el reportero Léster Ramírez para la página web de Emisoras Unidas me golpeó mucho la conciencia aquella mañana. En esta podía distinguirse el contraste grotesco de nuestra cruda realidad.

La unidad llena de globos estacionada justo al lado de la cinta amarilla que rodeaba la escena del crimen. ¿Puede usted imaginar el grado de estrés que lleva encima un piloto cuando conduce un autobús? ¿Ya se fijó en lo que eso significa en materia de posibles accidentes, por el peligro de un descuido originado en el terror que los agobia? Es cierto también que hay conductores abusivos, prepotentes y homicidas. Abusivos, en especial con los ancianos. Prepotentes, cuando intimidan a otros automovilistas por tamaño. Homicidas, por las imprudencias que cometen a falta de jefes y de autoridades que los pongan en cintura. Pero no son todos. La mayoría de ellos trabaja en esto, porque no sabe hacer otra cosa.

Y no es admisible que los maten de manera tan sobrada, sin que la sociedad por lo menos muestre la mínima indignación. Si yo fuera piloto del transporte colectivo, mis insomnios serían interminables. El episodio del joven de 16 años que asesinó a balazos a uno el pasado miércoles, por haber tenido diferencias con su padre, parece tomado de un relato de terror. Esta matanza debe detenerse lo más pronto posible. Es demasiado lo que el gremio del timón sufre con la violencia. Y eso que no es al que le va peor.

Según el GAM, los comerciantes sufren más en promedio. ¿Quién va a querer invertir así? ¿Cómo se crearán nuevos empleos en estas condiciones tan infames? ¿Cómo sacar adelante a un país cuya gente vive atemorizada? Es cierto que los números en seguridad mejoran. Que el proceso es largo y complejo. Que hay continuidades dignas de resaltar. De verdad lo entiendo. Pero no podemos seguir así. Las extorsiones están matando a Guatemala.

Opinión

“Si yo fuera piloto del transporte colectivo, mis insomnios serían interminables”.