Pablo Cavada

Sin palabras

Foto: Pablo Cavada Foto: Pablo Cavada

Llegué a Vila Madalena, el centro de la fiesta paulista, a ver el duelo entre la “verdeamarela” y Alemania. Al llegar, las calles llenas de bares que conforman el lugar estaban plagadas por vendedores ambulantes que ofrecían desde cervezas hasta el mejor whisky en sus hieleras y maleteros de autos. Durante los 10 minutos de caminata vi a la gente que cantaba y hacía sonar vuvuzelas desde la salida del metro.

Paré a ver el inicio del primer tiempo fuera de un bar cuya pantalla gigante daba a la calle. No pasó mucho para que las caras cambiaran. El primer gol de Alemania bajó un poco el ánimo de los ilusionados torcedores. Seguí caminando y me di cuenta por los murmullos de los transeúntes que había llegado el segundo gol. Paré en una esquina cuando ya había llegado el tercero y no tardaron en caer los otros dos. Entonces un joven sacó la bandera que llevaba atada a su cuello y la tiró en medio de la calle, un amigo lo ayudó a pisarla y patearla.

Así terminó la primera etapa en Vila Madalena. Las calles comenzaron a llenarse de gente que no aguantó y adelantó rápidamente su regreso a casa. Yo seguí hasta una esquina donde se podía ver la pantalla de otro bar. En ella, Ronaldo “el Fenómeno” con cara de funeral trataba de explicar la goleada. En la calle los torcedores variaban entre los que hacían bromas por la derrota y los que todavía pensaban que podía haber un milagro. Un tipo se me acercó y me ofreció algo y al ver que no entendía lo que me decía pidió disculpas y se dio vuelta. Lo vi partiendo algo que parecía una lámina de ácido y compartirla con un amigo que la puso en su lengua.

Cuando comenzó el segundo tiempo varios ilusionados se acercaron a la pantalla. Pero con el correr de los minutos y las tapadas del arquero alemán llegó la resignación. Un tipo se me acercó y me ofreció whisky de una pesada botella. Desistí moviendo la cabeza mientras el chico al lado mío gritaba que había que alentar hasta el final y luego se quejaba de la ausencia de Ronaldinho y Kaká de la nómina brasilera. Llegaron los goles de Schürrle y una mujer dentro del bar comenzó a gritar: “Esto ya es una vergüenza”. A mi lado los ojos de una chica comenzaban a llenarse de lágrimas. La escena era como el peor velorio al que había ido.

Terminado el partido me alejé por la ruta de salida de la villa, que irónicamente llega a un cementerio colindante. En la esquina se enciende fuerte la música en un bar y la gente comienza a bailar mientras en las pantallas se ve a David Luiz llorando en la cancha del Mineirão. Una imagen que refleja cómo son los brasileños. Por más vergonzosa e histórica que haya sido la goleada, la fiesta tiene que comenzar. La copa ya queda atrás. Me alejo mientras me doy cuenta de que no he dicho una sola palabra en toda la tarde.