Luis Felipe Valenzuela

Escena del crimen

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Esta es la escena del crimen. Y no me refiero a un sitio acordonado con cinta amarilla por el Ministerio Público, donde la sangre esté regada al lado del un cuerpo sin vida. Acaso el de una mujer. Es la escena del crimen, porque aquí en este tenebroso lugar, que igual puede ser una habitación sombría, una oficina espléndida, una mazmorra maloliente o un recinto de lujo, se negocia y se transa la impunidad de próximo asesinato o del siguiente homicidio. Sean estos planificados con frialdad o ejecutados con iletrada torpeza.

En Guatemala, todos los días hay escenas del crimen. Todas las tardes. Todas las noches. Nada parece lograr que se ajuste un torniquete para detener la hemorragia. Pero basta ya de rodeos. Hoy escribo por la infausta muerte de Patricia Samayoa, historiadora que perdió la vida en un confuso incidente en una farmacia. Muerte es lo que aquí se multiplica. Y no muerte natural. Por muchas razones. Una de ellas, que no hay castigos ejemplares.

Solo esporádicamente, la justicia obtiene una conquista. Como la condena de los violadores de la Roosevelt, por citar un caso. No todo es derrota, aunque así parezca. Las victorias, sin embargo, son escasas e insuficientes. Y sufridas. Como sufridas son también las estampas de dolor que, a diario, se nos cruzan por el destino. ¿Podemos construir una esperanza? Sí. Con instituciones. Instituciones fuertes. Esas que se integran con humanos.

Con humanos íntegros, valga la redundancia. Con gente valiente, valga la cacofonía. Y eso se refleja en que tirios y troyanos se unan en la alegría de que el Tribunal Supremo Electoral suspenda a 11 partidos políticos. Esa alegría que las entidades sancionadas nunca nos dan, por la mediocridad con que reclutan a sus “cuadros” y la deshonesta forma en que se comportan, tanto al frente como al margen del poder. Leí en Twitter reconocimientos a los magistrados del TSE desde la derecha más conservadora hasta la más conservadora izquierda. Otra redundancia para mi lista. Como redundante es la necedad de hacer negocio descarado con la desgracia ajena. En este país, duele decirlo, existen gremios y grupos que se empeñan en que la violencia y los atropellos mantengan su implacable y macabro paso. Porque solo así tienen razón de ser. Algunas agencias de seguridad privada, por ejemplo. O ciertos colectivos que dicen defender a los débiles. El círculo perverso incluye a alguna prensa, muy a mi pesar. A hablantines sin escrúpulos que adoran ser tontos útiles. A voceros de la iniquidad que cobran por defender lo indefendible. A indolentes frívolos. A extremistas in extremis. A patológicos dueños de “toda la verdad”. A merolicos baratos de campaña anticipada. A falsos debatientes que solo quieren oírse a sí mismos. Regreso al caso de Patricia Samayoa.

Ése que debería indignar a toda la población, no solo por lo terrible de su muerte, sino porque podría repetirse en cualquiera. Porque salvó una minoría privilegiada, ¿quién está ajeno a entrar en una farmacia para hacerse de medicamentos? Usted que lee este escrito compra analgésicos. Adquiere antibióticos. Consume sueros. Y alguna vez, pese a que ahora abunden los servicios “a domicilio” con ese dudoso descuento, va a algún comercio donde venden medicinas. Por ende, es vulnerable a que un guardia de seguridad, por falta de entrenamiento o bien por no haber sido sometido a pruebas confiables para determinar si posee la estabilidad mental como para portar un arma, lo ultime a balazos y proclame después “que estaba embrujado” y que no sabe lo que hizo. Y lo que resulta aun más dramático: que estos guardias sean, en paralelo, otras víctimas del sistema. Para muchos, la muerte trágica e inexplicable de Patricia Samayoa es únicamente un suceso más de los misceláneos que ocurren aquí. Tal vez lo sea para las estadísticas.

Pero no debería pasar inadvertido por la ciudadanía. Es demasiado grave que en esta Guatemala de hoy se pierdan personas valiosas, como lo era Patricia, por asuntos tan cruelmente imbéciles. Nos urgen instituciones integradas por gente íntegra, valga la redundancia. Por gente valiente, valga la cacofonía. No podemos permitir que todos los días, todas las tardes y todas las noches, en algún tenebroso lugar que igual puede ser una habitación sombría, una oficina espléndida, una mazmorra maloliente o un recinto de lujo, se negocie y se transe la impunidad del próximo asesinato o del siguiente homicidio. Estamos hartos y enfermos de eso. Basta ya de tanta sangre. Que alguien, por fin, logre sujetar el torniquete. Patricia Samayoa, como miles de guatemaltecos, no debió morir así. Tenemos que evitar, cuanto antes, que este país sea una gigantesca y permanente escena del crimen. Cruda y temible. Una interminable y tóxica escena del crimen.