Luis Felipe Valenzuela

Al menos por ahora

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Estoy a la espera de lo que venga. El albergue donde encuentro techo y comida es una bendición. Ya vendrá algo que me haga seguir el camino. Siempre ocurre así. A mis 14 años, he visto mucho de la vida. Vi por ejemplo la puerta que cerró mi papá cuando se fue para no volver. Lo intuí sin saberlo. Se iba y nos dejaba. Mi mamá no se atrevió a decírnoslo, porque ella misma confiaba en que podía regresar. Pobre. Con cuatro hijos detrás, quedarse sola era una pesadilla. Y lo fue.

Pasamos hambre y frío. Horrible. Hasta que nos acostumbramos. Y así nos volvimos más fuertes. Mas nunca tanto como para no sufrir. Había violencia por todas partes. De las pandillas y de la policía. Y también de la gente que nos rodeaba. Era un vecindario hostil. Muchas peleas y muchas tragedias.

Yo, Pedro Juan, doy fe de ello. A una de mis hermanas la violaron. Varias veces. Se llama Antonia. La mirada de tristeza jamás se le va. La otra, Laura, se salvó cuando decidió irse de la casa. Lo hizo a tiempo. Lástima que fue para unirse a una banda de delincuentes. No tenía opción; dicen que a ella, igual, la abusaron. Ese hubiera sido mi destino.

Pero posiblemente por ser el menor me libré de los horrores que enfrentó Rufino, mi hermano mayor. A él lo mataron antes de que pudiera buscar una salida. Yo lo admiraba. Le metieron cinco balazos la mañana de su cumpleaños número 17. Unos u otros; los de la Mara rival o los de la misma. No supimos al final.

La decisión de venir a Estados Unidos, o para ser exacto, de buscar la frontera surgió de eso. Apretando los dientes, me atreví a pedirle a mi mamá que le aceptara a mi tío la fea propuesta que le hacía. Ese tío malvado que, a cambio de que mi madre se le entregara, le prestó para pagarle al coyote que me trajo hasta México. Me dolió el alma cuando me di cuenta de que mi tío se aprovechaba de ella. La atacaba cada noche. Y eso, aunque me apuñalaba por dentro, también me dio fuerzas para seguir. Para animarme a desafiar al terror. A los maltratos que venían. A los insultos.

Me lo dijeron: podría pasarme cualquier cosa. Que me robaran. Que me pusieran de esclavo como a mi mamá. Que me violaran como a Antonia. Que me volvieran delincuente como a Laura. Que me mataran como a Rufino. No me importó. Cuando uno anda tanto con la muerte termina volviéndose amigo de ella. Por eso, cada vez que me ronda y me toca el hombro, aprieto los dientes y la ahuyento. Hay ocasiones en que hasta siento que me cuida. La muerte, mi guardiana. La muerte, mi protectora. La muerte, mi consejera.

>> Mañana salgo hacia el Norte. Aquí no puedo quedarme más. El cura que sostiene este albergue recibe amenazas de los narcos. Yo, descalzo como ando, le agradezco todo lo que me dio. Una tarde quiso regalarme sus zapatos. No me quedaron. Entonces me consiguió unas chancletas enormes con las que me cuesta dar los pasos. Y correr entre la maleza. Y subirme al tren. No digamos huir de la migra. Prefiero llevarlas en mi mochila como recuerdo de ese padre. Quienes me conocen en este sitio consideran que soy optimista. Pedro Juan, el positivo. Así me dicen.

Voy a llegar a Estados Unidos. Aunque lo tenga que intentar una y otra vez. No me importa. Si es río, nado. Si es desierto, me aguanto la sed. Si es un camión de basura, me vuelvo cáscara de banano. Pienso en mi mamá. Y en mis hermanas. Poco de lo que sucede a mi alrededor me conmueve y casi nada me hiere. Pero veo a Tomás, otro de 14 que va sin nadie hacia California, y se me aturde la garganta. Y me da un poco de rabia. O de envidia. No sé bien.

Por Tomás entiendo mejor mi tristeza profunda. Porque a él lo esperan sus padres allá en Los Ángeles. A mí no. Yo voy solo. Solísimo. Con la muerte como guardiana. Como protectora. Como consejera. Y sigo vivo aquí, conocido como Pedro Juan el positivo, a quien cuando aprieta los dientes ninguna desgracia lo vence. Oí que el presidente de los gringos dijo que, si pasamos la frontera, nos van a deportar. Yo sigo mi camino. Sigo respirando. Sigo hacia el norte. Con la muerte dándome vida. Con la muerte como socia. Recuerdo la puerta que mi papá cerró para no volver más. No me afecta. No me golpea. No me hace llorar. Aunque vea a Tomás, a quien sí esperan en California. No me rajo. No me rindo. No me derrumbo. Al menos por ahora. Al menos por ahora.