Luis Felipe Valenzuela

Nos condenamos a la podredumbre

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

El episodio del motocross en el Teatro Nacional nos pinta de cuerpo entero. En un sentido y en otro. Somos una sociedad que desprecia sus valores. Y también de cuádruple moral. Nos encanta depredar nuestro patrimonio más valioso. O permitir que lo hagan. Pero, a la vez, si hay alguna oportunidad para proclamar nuestro falso nacionalismo, nos ponemos en primera fila. Aunque desviemos ríos a nuestra conveniencia o arruinemos monumentos con pintas anacrónicamente revolucionarias.

Es inaudito e inaceptable que el Centro Cultural “Miguel Ángel Asturias” sirva como pista para el motoenduro. Pero es igualmente penoso que el Nobel de Literatura por quien se dio nombre a ese complejo para las artes cumpla 40 años de fallecido, y las autoridades culturales (y el país en general) ignoren el aniversario. Para eso no hubo nadie que se rasgara las vestiduras. Como tampoco lo hay para protestar por la clase de acontecimientos que se llevan a cabo en sus instalaciones. Graduaciones de colegio, por ejemplo. O certámenes de belleza.

¿Qué habrá pensado el genial Efraín Recinos de la variedad tan barroca y guapachosa de la cartelera de la Gran Sala? Con su generosidad, seguro que no le importaba. Pero yo no soy tan buen ser humano como él era. Y a mí sí me da pena que, además de usarlo casi para cualquier tontería no vinculada con la creación artística, el Estado no destine recursos para mantener con decoro un inmueble tan único. Según se supo ya, después del desaguisado, solo para reparar los jardines se necesitan Q100 mil.

Pero igual me indigna el atropello permanente del que es objeto Petén, con su riqueza natural y arqueológica cada vez más erosionada. Lo que no se aprecia se pierde. Recuerdo una historia que me sucedió hace años en Nueva York. Estando en el museo de Bronx con unos colegas de América Latina, nos topamos con una muestra de pintores de varios países del continente. El colombiano tuvo a Botero. El ecuatoriano a Guayasamín.

En fin, todos se lucieron con algún artista. Menos el mexicano y yo. En el caso de él, porque, aparte de José Luis Cuevas, añadió a otro a su lista. Y ese otro, muy a mi pesar, era Carlos Mérida, guatemalteco, a quien le daban el crédito de manera errónea. Esa es Guatemala en cuanto a sus grandes artistas. Siempre negados. Olvidados. Sin reconocimiento debido. Pero cuando se mueren, entonces abundan los homenajes, todos eran “íntimos amigos” de él o de ella y la alharaca explota por espacio de 10 o 15 minutos. Después, silencio total, y si te vi no me acuerdo.

Todo eso se origina en que no nos respetamos a nosotros mismos. Y en que solo cuando la celebridad va acompañada de éxito económico nos inspira real admiración. Es alentador, por citar un caso, que la gente abarrote el Mateo Flores para aclamar a Arjona. Se lo merece. Pero deberíamos empezar por cambiarle el nombre a la instalación deportiva donde se monta el concierto. De Mateo Flores debería pasar a Doroteo Guamuch. Pero no. Para eso tampoco nadie se rasga las vestiduras ni hay una seguidilla de artículos en la prensa.

No digo que sea equivocado poner el grito en el cielo por la ordinaria devaluación del Teatro Nacional, convirtiéndolo en pista de motocross. Lo que me perturba es que, pasada la bulla, todo vuelva a su mediocre normalidad. No me extraña del Ministerio de Cultura ni de Espectáculos Públicos.

Me parece que la Municipalidad Capitalina, pese a este torpe y desafortunado resbalón, es más consecuente con al apoyo a los artistas, gracias al espléndido trabajo que hace en la sede de Correos. Pero el asunto del Centro Cultural “Miguel Ángel Asturias” va mucho más allá de un vergonzoso e infame torneo de motos. Es nuestro diario vivir. Ese depredador apático y displicente que llevamos dentro, como bomba de tiempo contra nuestra propia suerte. Imagínese usted que en México se les ocurriera usar Bellas Artes para un encuentro de lucha libre. La que se armaría. Y no de máscara contra cabellera, precisamente. Hay que apreciar lo que es nuestro. Y hacerlo rey, con dinero y sin dinero.

Las noches bañadas de luna que fueron la cuna de mi juventud se pierden en un festival de vándalos. Dichosos hombres de maíz que viven en las montañas, pero pobres aquellos cuyos hijos sufren de desnutrición. Alumbre, lumbre de alumbre. Al no defender lo que nos pertenece nos condenamos a la podredumbre.