Luis Felipe Valenzuela

Un peligroso disparate

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Modificar textos constitucionales para alargar mandatos o viabilizar reelecciones, hace tiempo que está de moda en América Latina. Rafael Correa, Evo Morales, Daniel Ortega y el difunto Hugo Chávez son, con sus diferencias, personajes de un relato similar. Pero eso no justifica que el partido oficial proponga aquí un debate al respecto. Peor aún a escaso un año de que se convoque a elecciones.

El PP pareciera olvidar deliberadamente la historia. En Guatemala, las dictaduras más fastidiosas han sido de 22 y de 14 años, y hubo una de corte militar durante la lucha armada, en la que mediaron fraudes electorales y golpes de Estado. Con semejantes antecedentes, la idea de prolongar su periodo resulta desafortunada hasta como “cortina de humo”.

Paranoia existe. Y no de gratis. Además, el camino jurídico para alcanzar el objetivo se ve intrincado y espinoso, por lo que me cuesta entender cómo el Presidente no ha medido las consecuencias de este “globito”. ¿Tendrá asesores o embaucadores? Porque si de lo que se trata es de llegar al Mundial sin que la población se fije en algunos movimientos oscuros, verbigracia el préstamo de “urgencia nacional” por US$280 millones, pudieron inventarse algo menos pernicioso para su imagen.

¿A quién puede beneficiar este rumor? ¿Quién podría sacarle raja en el caso remoto de que el proyecto se concretara? ¿Cómo lo analizarán desde afuera quienes lo leen en una página internacional? Contesto las tres preguntas.

Primera: la filtración pudo ser un plan para medir a la opinión pública y también la respuesta de algunos posibles apoyos. En tal sentido, la prueba deja resultados adversos y acaso a algún sector con el anzuelo mordido, posiblemente de antemano.

Segunda: el cambio constitucional, en función de seguir gobernando, solo les convendría a los funcionarios de turno y a sus financistas. Pero también otorgaría tiempo y oxígeno al delfín del oficialismo para intentar convertirse en un verdadero contendiente para un hipotético proceso electoral en 2017.

Tercera: por la tradicional lectura que hacen del país desde lejos, la interpretación sería la del “regreso al pasado”, con barbarie incluida, pese a que esta ya no exista. ¿Y la oposición?

En el caso del presidenciable “al que le toca”, tiendo a creer que debe perturbarle el horizonte de gastarse varios millones más en 24 meses adicionales de una campaña que ya lo obligó a desembolsar mucho dinero. Sin embargo, algo podría entusiasmarle: si tarde o temprano ganara las elecciones, disfrutaría de seis años en el mando, y no sería de extrañar que ya encaramado en el puesto, alguien le aconsejara alargar su propio mandato, con el argumento de que en un sexenio difícilmente lograría completar su ambicioso “plan de gobierno”.

Y lo mismo le ocurre al resto de aspirantes, con la diferencia de no disponer del suficiente músculo financiero para propaganda. Mas no dudo de que también a ellos les parecerá formidable disponer de seis años para sacar adelante sus agresivos e innovadores “programas”. ¿Nos convendría a los ciudadanos que el periodo durara más? Analice usted.

Si es con un equipo de lujo que fuera honesto, enhorabuena. Pero si es con un fantoche corrupto rodeado de mafiosos, pésimo. Y dado que se ve distante la opción de un estadista en la papeleta electoral, la conclusión es clara. Sería un despropósito si el Partido Patriota cayera en la tentación de darle alas a este plan que, se supone, ya se encuentra en el Congreso.

Ahora bien, si de ingerir hongos alucinógenos se trata, hay algo que se volvería un inigualable espectáculo: imagine usted que, con la reelección en ley, un exmandatario muy popular que ahora purga cárcel en Nueva York intentara regresar por la vía del voto a la jefatura del Ejecutivo, o que un aristocrático jefe edil que pronuncia la “r” muy a lo tico decidiera hacer lo mismo. Entonces, salvo que ocurriera uno de esos episodios dignos de un filme de Tarantino, a lo mejor los desayunos en la Casa Presidencial volverían a ser de chicharrón con yuca, o bien tendríamos de nuevo a un mandatario obsesionado con poner a cada mico en su columpio. Mientras tanto, y ya sin alteradores de conciencia de por medio, la idea de reformar la Constitución con el pretexto de alargar el mandato, además de inoportuna, me parece un peligroso disparate.