Luis Felipe Valenzuela

No de muerte natural

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Cafres hay en todo el mundo. Eso lo sabemos. Los hooligans son famosos en Europa por sus correrías. Aquí también existen. Por doquier. Casi en cualquier sitio. A lo que se suma que nuestro futbol es menos que mediocre, tanto así que ni siquiera en un clásico la convocatoria de los equipos más populares del país logra llevar 10 mil aficionados a un estadio.

Antes, en los tiempos de Mitrovich y los Villavicencio, apenas alcanzaba el Mateo Flores para albergar gente en los graderíos. Antes, cuando los arqueros eran Nixon y Piccinini, la ilusión de los niños era salir al recreo a jugar el intenso “cremas contra rojos”, que hoy se sustituyó por el Real-Barça.

Las pasiones no solo cambiaron de nombre; también se vulgarizaron a extremos delictivos. Brilla la liga española y languidece la local. Es más, el balompié de Guatemala decayó hasta tal punto, que durante la visita de la formación de Argentina que vino el año pasado con Lionel Messi a jugar contra la Selección Nacional, el público asistió al partido con la camisola albiceleste y, además de abuchear a los nuestros, festejó a lo grande cada gol del equipo gaucho. Y ya eso es decir.

Pero el linchamiento cometido el pasado domingo por una turba de ultras que mataron a un aficionado del equipo contrario nos retrata en nuestro lado trágicamente irónico e irónicamente trágico. Cuando todo sugiere que existe menos devoción por los equipos guatemaltecos, sucede la muerte de un joven que, según parece, fue víctima de un ataque directo, lo cual me lleva a deducir que las porras de los respectivos equipos están, en algunos casos, infiltradas por delincuentes. Eso, como mínimo, pues me imagino que igual pudo haber sucedido al revés. Esto no es cuestión de colores; es un asunto de sociedad. De esta terrible e infame en la que vivimos. Una sociedad que siempre encuentra justificación para la violencia.

Una sociedad que celebra los golpes y no el diálogo. Una sociedad en la que, si es para perseguir el fin que mueve los intereses o las creencias de algunos, matar es válido. O desprestigiar sin piedad al oponente, que es otra manera de matarlo. O atacarlo a trompadas, en vez de intentar una solución conversada. O insultarlo en una columna o en un micrófono. Los pacíficos aquí son vistos con desconfianza. Como si fueran pusilánimes. Ser moderado en nuestro medio es, según la masa, símbolo inequívoco de indecisión de falta de compromiso. De tener miedo. De no estar conmigo y por eso estar contra mí. Por eso nos encanta mordernos y arañarnos. Y despedazarnos en cualquier campo. El clásico del domingo no solo terminó empatado; también hubo media trifulca al final. Todo un ejemplo.

Kevin hubiera cumplido 18 años ayer. Y habría sido bachiller a finales de octubre. Pero eso ya no será posible, porque hubo una ejecución de por medio. Kevin murió de una herida punzocortante en el abdomen. Es lo que registra el INACIF. Y aunque ahora digan, como siempre, que el muchacho no era una “mansa paloma”, volvemos a caer en el repetido y cruel argumento de que “se lo buscó” por andar donde no debía. Lo cual, repetiré hasta el cansancio, es inaceptable. Porque lo que primó fue la violencia salvaje. La agresión criminal. Y como ya lo mencioné previamente: cafres hay en todas partes. Aquí y en aquellos países que, a veces sin solvencia, pretenden enseñarnos a ser civilizados.

Sin embargo, de haber sucedido un desaguisado así en Europa, donde los hooligans son los que ensucian el nombre de los clubes, de seguro la justicia actuaría implacable y pronta, sin las dudas que aquí nos inspiran los actores de la cadena que la conforman. Es cierto que hay neonazis en los cuatro costados del planeta.

Es cierto que en Guatemala abundan los que no son machos, pero sí muchos. Pero muchos, digo, solo para este tipo de cobardes episodios. O para lucirse en actos de pseudociudadanía, donde lo que cuenta es el modelito y no la visión de país. Nuestro futbol, con sus radicales, repite esa tendencia patológica de la sociedad guatemalteca que suele confundir al rival con el enemigo, y que rara vez es capaz de encontrar los espacios para identificarse con una sola camiseta.

Odio escribirlo, pero Kevin no será la última víctima de esa insensata mezcla entre ira rencorosa e irracionalidad energúmena que nos circunda. Por desgracia, en un medio tan corrompido, tan cínico y tan hampón, aún nos faltan muchos muertos así y de otras múltiples maneras que avergüenzan a la raza humana. Muchos muertos más. E insisto: no de muerte natural.