Luis Felipe Valenzuela

Aquí en Macondo

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Varias maneras de leer el fallecimiento del insustituible Gabriel García Márquez. La primera, la menos interesante. Me encuentro con alguien en un elevador.

Él es de derecha radical y muy beligerante en sus opiniones. Me dice: “No puedo respetar a alguien que era amigo de Fidel Castro”. A lo que contesto: ¿Ni siquiera como hombre de letras? ¿Ni por ese portento que se llama Cien años de soledad? Y su respuesta es contundente: “He leído un par de sus libros, pero no me parece nada extraordinario. Prefiero, por mucho, a Mario Vargas Llosa”.

Vamos del sótano uno al tercer piso. El ascensor se abre. Fin de la conversación. Pienso: ¿Y si yo juzgara a mi interlocutor, un excelente profesional vale decirlo, por su amistad con un oscuro personaje –afín a su ideología- que siempre muestra pequeñez espiritual y ponzoña infame? ¿Sería ecuánime al hacer una evaluación semejante? Y aunque contra los gustos personales no existe argumento que valga, mi compañero de elevador por lo menos no me dijo que, en vez de Gabo, prefería a Paulo Coelho. O a Stephen King. O a Corín Tellado. Ciertamente, él no está solo en sus críticas a la lealtad que García Márquez le guardó siempre al líder cubano.

En tal sentido, Susan Sontag también expresó su desacuerdo con el autor colombiano. Pero así como me parece incuestionable que, en función de la amistad, alguien tolere aspectos inexplicables de una persona, considero fundamental que la genialidad de un escritor como Gabo no se menoscabe por argumentos como ese. Sería tan injusto como bajar de categoría al gran Jorge Luis Borges por sus comentarios favorables a la dictadura chilena, o denostar a Vargas Llosa por sus posturas políticas.

Es impresionante el impacto que García Márquez tuvo, tiene y tendrá en sus lectores. Lectores de los cinco continentes y de todas las lenguas. Hasta quienes leen poco, alguna vez se han alimentado el alma con sus relatos. Su verbo torrencial y su laboriosidad metafórica lo distinguen.

Y la profundidad de sus personajes revela un mapa humano de alcance planetario. Es digno de mencionar lo que el sociólogo y antropólogo mexicano Roger Bartra afirma en cuanto a su obra. “Los fluidos poéticos y oníricos que se desprenden de las sociedades que estudiamos nos ayudan a entender al mundo”. Y eso es precisamente lo que ha hecho Gabo. Ayudarnos a entendernos. A querernos bien. A descubrir la alquimia del idioma que nos une.

A asumir nuestros dolores por superar. Ineludible su aporte al periodismo, al cual consideraba “el mejor oficio del mundo”. Momentos brillantes como Relato de un náufrago, Noticia de un secuestro o sus Textos Costeños nos muestran, no solo a un acucioso observador de los hechos, sino a un artista de la narrativa que conoce las leyes divinas del ritmo hipnótico. Ese que atrapa y que seduce. Ese que encanta.

Ese que es gran literatura cuando la forma y el fondo bailan a la luz de una trama sin tropiezos. García Márquez era un maestro de ello. E inspirado en él sostengo que solo la pluma que se fija en los detalles y que los cuenta con gracia de escritor podrá salvar al periodismo actual, tan confundido entre la primicia sin confirmar y el dominio despótico de la imagen, a lo que se suma la ausencia inexplicable de más reportajes dignos de tomarse el tiempo para el suspiro.

Por su intensidad, la vida de García Márquez ha sido modélica para los escritores de los últimos 50 años. Su paso por París. Su fascinación por el poder, que tanto retrató en sus novelas. Su manejo magistral de la poesía en la novela y de la poesía de la novela. Su amor por la música, que él mismo reconocía mayor que el que sentía por la literatura.

E igual que los Beatles, a los que adoraba, Gabo fue capaz de producir arte de proporciones universales, sin resbalarse en la pedantería. Antes de terminar este artículo conversé con mucha gente acerca del autor de Crónica de una muerte anunciada. La mayoría le reconoce el genio y la inmortalidad.

Pero nunca falta el mezquino que le regatea méritos por aberraciones enfermiza que arrastramos de la Guerra Fría. Amigo de Fidel Castro, ciertamente. Y también de Felipe González. Y de Bill Clinton. Y de Carlos Fuentes. Y de Omar Torrijos. Y de Luis Cardoza y Aragón.

Y de millones de lectores que hemos gozado con sus circunstancias desbordadas y su imaginación indómita. La magia siempre guardará su vigencia. Igual que los personajes, de amor o de odio, que dan vida a esa condición descomunal del cómico drama cotidiano, cuya cruda realidad supera a la más desenfrenada ficción, aquí y en Macondo.