Luis Felipe Valenzuela

Parecerse a él

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Estoy viendo la procesión; tumultos de gente la rodean. El espíritu tradicional nos funde en un instante de plena identidad. Pero repentinamente algo se sale del libreto. Mis ojos atónitos ven a esa imagen de madera tomar vida y despojarse, entre resplandores, de la cruz que lleva a cuestas.

La multitud se desconcierta y se arrodilla. El hijo de Dios ha vuelto a resucitar. No es un sueño. Tampoco una alucinación. Es un milagro. Cristo empieza a recorrer las calles. Sin guardaespaldas. Sin una jugosa tarjeta de crédito. Sin prepotencia. Y con su mirada cristalina reconoce al pueblo corrupto y cruel, y al pueblo humanamente falible que acata lo más posible los mandamientos. Percibe a aquellos fieles que alaban y veneran, como católicos o como protestantes, pero al salir de la prédica son infames, homofóbicos, clasistas, explotadores, racistas, misóginos, abusadores de niños o extorsionistas. Y se los hace sentir, con la sutileza furibunda de quien saca mercaderes de un templo. Jesús, el nazareno, visita en un parpadeo divino las casas del país entero. Entra en la mansión más lujosa y en la covacha más paupérrima.

Encuentra de todo en todas partes. Se presenta con los funcionarios de turno. Y con los de ayer. Y con los de antes. Se asoma por la ventana de los asesinos impunes. De los que mataron sin piedad. De los que siguen haciéndolo. Y sume en desasosiego a los que dejan sin medicinas al desvalido o sin comida al necesitado, por hacer un negocio turbio. En cuestión de segundos, Jesucristo conmueve y humaniza a una sociedad sórdida e indiferente, en la que la ambición desmedida nos lleva a repartir puñaladas. En la que muchos se enriquecen de la pobreza de millones y otros se patrocinan de que millones sigan pobres. Y con un encaro de fulminante candor hace bajar la cabeza a las señoras engreídas que tratan como esclavas a sus empleadas domésticas.

A los jefes inhumanos que se aprovechan de la necesidad de sus subalternos. A los abogados que se prestan a las jugarretas más sucias. A los médicos que engañan a sus pacientes para “sangrarlos”. A los arquitectos que estafan a sus clientes. A los pandilleros que matan o ultrajan, porque llevan un arma al cinto. A los que, siendo políticos, no acatan la ley y adelantan campaña. A los que se casan por dinero. A los adolescentes desalmados que destruyen a sus similares débiles. A los que maltratan cobardemente a los animales. A los “hombres” que golpean a sus parejas. A los que proclaman amor por la patria, pero se la venden al primero que los financia. A los que fingen ser consecuentes con ideales solidarios, pero en cuanto pueden se vuelven egoístas radicales, con caras de falsos “progre”. A los que vociferan que primero yo, después yo, tercero yo, y que si algo se derrama de ese derecho individual a la insensibilidad, entonces que se lo repartan los miserables.

Todos los antes mencionados ven con horror, y no con esperanza, el regreso del Dios hecho hombre a esta tierra desenfrenada. Y por ello, no dudan en ponerlo en duda. Lo niegan. Lo llaman desquiciado. Lo consideran inviable. Y Cristo, sabiéndolo, no se acobarda y continúa su camino. Sigue esparciendo la semilla entre quienes buscan una convivencia más justa y equitativa. Pero el poder terrenal, aliado con la ignorancia, no soporta su palabra.

No resiste sus ideas. No acepta sus enseñanzas. Yo, aunque me duela admitirlo, no soy capaz de respaldarlo tanto como quisiera. Yo, pecador. Como muchos. Y así, no falta quien resuelva condenarlo. Abundan los que se lavan las manos para no asumir su defensa, aunque lo sepan inocente. Entiendo entonces que la procesión no ha terminado. Y Jesús, entristecido por tanta injuria en su contra, acepta voluntariamente su pasión. Y así regresa al anda, con valentía heroica, a retomar esa cruz que iba cargando al momento en que lo vi reencarnar, entre refulgencias, desde una imagen de madera.

Cristo sabe de sobra que van a crucificarlo de nuevo. A matarlo a cualquier precio. A acallar su voz con lujo de violencia. Veo el cortejo procesional. Todo normal otra vez. Jesús lleva un semblante muy triste, como si su corona de espinas lo lacerara con más encono. Se ve que la cruz le pesa. Pero más le pesa haber bajado a repartir su luminosa bondad entre tanto fariseo que no le creyó o no quiso creerle. Que no lo respetó, porque lo vio sin guardaespaldas. Desprovisto de una jugosa tarjeta de crédito. Ajeno a la prepotencia. Por eso el nazareno decide, como reza la tradición, dejarse matar y resucitar al tercer día para seguir siendo el consuelo de quienes realmente creen en su santo espíritu. De esos pocos que realmente quieren parecerse a Él.