Luis Felipe Valenzuela

Gente más gente que otra

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Esta sociedad produce, con demasiada frecuencia, episodios infames. La semana pasada dio por lo menos tres: al día siguiente de la audiencia en que dos alcaldes prófugos de la justicia se presentaron voluntariamente al juzgado, en un acto que no describo como circense por respeto a los payasos, ocurrió la horrenda noticia del ataque a tiros de las hermanas Oscal Pérez, a un par de cuadras del INCA.

Y cuando la opinión pública apenas empezaba a asimilar en su imaginario de terror semejante impresión, el Tribunal de Honor del Colegio de Abogados suspendió a la jueza Yasmmín Barrios durante un año. Tal vez parezca asuntos dispersos y escasamente relacionados entre sí. Mas yo no lo considero de ese modo. Lo de los alcaldes de San José del Golfo y de Chinautla, aunque esté pendiente de juzgarse, nos muestra la debilidad permanente de nuestro sistema. Sean hallados culpables o no, el solo hecho de que hayan arribado tan campantes a la sala de audiencias, acuerpados por su gente, sugiere prepotencia. Sobre todo, porque ocupan un cargo de elección popular, ya con la inmunidad retirada.

Si en vez de ser dos jefes ediles del partido oficial se tratara de ciudadanos comunes, ni les hubieran anunciado la orden de captura ni habrían sido tan predecibles los allanamientos en su búsqueda. Pero no. Como ya sabemos, aquí hay gente más gente que otra.

Con el añadido de suerte, para ambos, que cuando el tema debió ser seguido periodísticamente con más ahínco, surgió la tragedia de las estudiantes que los eclipsó en el interés noticioso. Una tragedia que, en su fase mediática inicial, concitó indignación y rechazo, pues en la vorágine de sangre que nos circunda, que dispararan en plena zona 1 contra dos hermanas de falda, uniformadas del INCA, volvió a poner en aprietos al Gobierno en cuanto a sus avances en seguridad. El estupor y la pena se unieron en los corazones de la población. Pero pronto surgieron voces, unas en charlas particulares y otras desde el micrófono oficial, para justificar, si así puede llamársela a esta cruel argumentación, que las menores estaban vinculadas con pandillas.

Entonces, más pronto que tarde, no faltó quién dijera que “se lo habían buscado” y que “en algo estaban metidas”. Es más, hasta llegué a oír que, si cobraban extorsiones, “se lo merecían”. Me pregunto: ¿cuán enferma tiene que estar una sociedad para “disculpar” de manera tan implacable que dos hermanas de 17 y 14 años sean atacadas a balazos? De haber sido dos jovencitas de un colegio privado y de “familias conocidas”, ¿se habría atrevido el mandatario a ligarlas con hechos ilícitos, pese a que la investigación aún está en reserva?

No pretendo afirmar que las pandillas estén integradas por ángeles piadosos. No. Ni negar, en caso las pruebas así lo evidencien, que las menores atacadas pudieran haber estado en malos pasos. Pero tampoco puedo pasar por alto que muchos de los casi niños que se adhieran a las maras, lo hacen para no ser víctimas de esas mismas estructuras delictivas. En este caso, como se trata de dos adolescentes del INCA, habrá quienes toleren que las hayan baleado así.

Y no solo por una cuestión de clasismo, sino de patología social. Aquí, como dice el psicólogo Maco Garavito, justificamos la violencia. Lo hacemos de manera automática y cruel. Porque en Guatemala, para muchos, hay gente más gente que otra. Muertos que valen más, o que valen menos.

En cuanto al caso de la jueza Yassmín Barrios, lo que hizo con ella el Tribunal de Honor del Colegio de Abogados, aunque esté facultado para sancionarla, precisa de una explicación más amplia. Hay juristas no necesariamente de izquierda que lo ven como un atentado a la independencia judicial. Yo, por mi lado, lo leo como una acción sospechosa, pues no conozco que ese mismo Tribunal de Honor haya sancionado suficientemente a los innumerables abogados que practican sin rubor el litigio malicioso o las más sucias maniobras.

Y entiendo que podrán manifestar que no hay denuncias planteadas en el colegio. O que las existentes carecen de fundamento. Toca a la prensa investigar en tal sentido. Pero aunque a mí me chocó en su momento que la jueza Barrios saludara al público, digamos de manera triunfalista, al final del juicio por genocidio, en esas mismas audiencias hubo tanta suciedad obvia de parte de, por lo menos, uno de los abogados de la defensa, que no deja de asombrar la eficiencia con que sacan de la jugada por un año a la jueza Barrios, e ignoran las artimañas sórdidas del otro lado. ¿Por qué será que ningún Tribunal de Honor se mete con los profesionales que violan la ley y enlodan a los gremios? Tal vez porque en Guatemala, para algunos, hay gente más gente que otra.