Luis Felipe Valenzuela

Dramático.

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Muchas lecciones quedan de la sorpresiva acción del ex presidente Alfonso Portillo, al declararse culpable de haber recibido soborno para mantener el apoyo diplomático a Taiwan. La cuádruple moral de Guatemala se puso de manifiesto. Empezando por algunos partidos cuando afirmaron que, “por corrupto”, no aceptarían en sus filas al ex mandatario. Si así de delicados van a ser con el tema, pienso, la depuración en todas las agrupaciones partidarias dejaría casi vacíos los altos mandos de la farándula política del país.

Por otro lado, ¿qué nos garantiza que otros ocupantes de la jefatura del Ejecutivo no hayan recibido esa clase de “beneficios”? De más está decir que varios de esos partidos que hoy se rasgan las vestiduras enarbolando la bandera de la dignidad, darían lo que fuera por el apoyo público de Portillo, el cual fue uno de los más efectivos en las pasadas elecciones. Pero que nadie queme tantas ansias al respecto.

Tiendo a creerle a Evelyn Morataya, ex primera dama, quien sostiene que si el carismático “Pollo Ronco” sale libre a corto plazo, no volverá a la política, por lo menos en los próximos meses. Sin embargo, si decidiera buscar una curul en el Congreso -que seguro ganaría-, su impulso podría amargarle la fiesta, o como mínimo complicársela, a más de algún candidato a la presidencia.

Portillo goza de popularidad en el área rural y entre un variopinto de votantes en áreas urbanas. Además, según mi percepción, gente que solía denostarlo y calificarlo con los más duros epítetos, ahora lo ve con otros ojos. Especialmente después de la manera en que fue extraditado. Y si mi intuición no es errada, aunque reconozcan que no es correcto que se haya embolsado los famosos “chino cheques”, lo que termina agradándoles es que, por fin, un ex presidente confiese alguna de las correrías cometidas durante su paso por ese tan codiciado puesto.

La ciudadanía está harta de oír que quienes han hecho de la democracia un jugoso negocio, se vendan como niños de primera comunión. Aquí nadie hizo nada. Nadie favoreció a sus cercanos. Nadie se volvió millonario o más millonario. Nadie se aprovechó de “la guayaba”. Y nadie sigue haciéndolo. Y nadie quiere llegar al cargo para forrarse. Todos han amado y aman a Guatemala. Entre comillas, claro.

Ciertamente, la confesión de Portillo debería dejarlo fuera para optar por un cargo de elección popular. No por ley, sino por condena de los votantes. Pero no es así; “Pollo Ronco” vive. Y puede pesar en este panorama desolador de liderazgo que nos somete a expectativas decepcionantes, cuando revisamos lo que la fotografía de hoy nos pinta como el casi seguro enfrentamiento en la segunda vuelta de 2015. Ni Alejandro Sinibaldi ni Manuel Baldizón son estadistas. Aunque uno disponga de notoria capacidad ejecutiva que lo ubica en el mapa , y el otro, de una incansable tenacidad que lo enfoca en su objetivo, cualquiera de los dos, sin dinero, no tendría más que un puñado de seguidores.

Ambos pierden, y por mucho, comparados con Vinicio Cerezo o Álvaro Arzú, por citar a un par de los políticos de los últimos 25 años. Y también al lado de “Pollo Ronco”, quien en sus tiempos de campaña, además de asustar al empresariado por su encendido y yo diría exagerado discurso anti oligárquico, gozaba del cariño real de sus audiencias. Porque con todo y su demagogia, Portillo era un hombre académicamente sólido y con una idea definida del Estado.

No veo en los gritos instando a que la ley sea el camino -aunque la viole-, o en la campaña pagada con fondos del contribuyente -aunque la niegue-, alguna propuesta lúcida y concreta que invite a un análisis más profundo. De ahí la importancia de que las modificaciones a la Ley Electoral no resulten siendo una jugarreta sin sustento para que nada cambie. El mercadeo y los millones no necesariamente llevan al poder a gente capaz. Y con el paso del tiempo ello puede ir empeorando, aunque se vislumbren en el horizonte un par de figuras que, en el mediano plazo, podrían devolverle a la clase política su capacidad de entusiasmar.

Y repito: no hay en la inminente papeleta ningún Cerezo, ningún Arzú ni ningún Portillo. En lo bueno –poco o mucho- que encarnaban en su momento estos tres personajes. Y prefiero quedarme aquí en materia de recordar nombres del pasado, porque al considerar que el sábado último se cumplieron 35 años del cobarde asesinato de Manuel Colom Argueta, establecer comparaciones podría llegar a ser, más que odioso, dramático.