Luis Felipe Valenzuela

No pido milagros sino coraje

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Hace poco más de un año, el papa Francisco se hizo cargo de la Iglesia Católica. Dentro de poco menos de 48 horas, el nuevo Tribunal Supremo Electoral tomará posesión.

Jorge Mario Bergoglio ha logrado en 375 días una transformación en El Vaticano. Sin aspavientos ni pirotecnia. Sencillamente siendo más humano en su desempeño. Acercando la prédica a la acción y rompiendo esquemas caducos. En el proceso, de seguro, ha corrido riesgos; de hecho, los enfrenta a diario. Pero sigue adelante y hasta entusiasma a escépticos del clero como yo. Y no solo a mí.

También a los editores de “Rolling Stone” que, cual estrella de rock, lo pusieron en su carátula, como no lo habían hecho con ninguno de sus antecesores. A lo que se suma que la revista “Time” lo haya considerado su “persona del año”, a los nueve meses de pontificado. El papa Francisco se ve sometido a presiones enormes. Presiones oscuras. Presiones originadas en el ansia de poder. Pero ahí sigue. Y es, hasta ahora, un líder confiable y consistente. Sin milagros de por medio; solo con lo que un ser humano decidido puede hacer.

Entiendo que la comparación es burda y hasta irreverente, pero algo similar espera la ciudadanía de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo Electoral. Esos mismos que han dicho que no le pertenecen a partido alguno. Esos mismos que, con franqueza, han admitido que hicieron cabildeos para lograr el voto de los diputados. Es obvio que poner en orden a una clase política tan cínica y mediocre como la nuestra no es tarea fácil. Pero tal cosa no era ningún secreto antes de que se postularan.

Todos los hoy integrantes del TSE sabían a lo que se estaban metiendo. La magistrada suplente electa, Ana Elly López Oliva, me lo dijo con serenidad y contundencia la semana pasada:

Cancelar partidos atenta contra la democracia, pero robarse la salida, también”.

Lo cual significa que, de cumplir con su palabra, si a ella –pese a no ser titular– le toca oponerse al atropello tan evidente que cometen las agrupaciones políticas con la campaña anticipada, por lo menos no callará de manera infame frente a ese agravio a la moral que tanto molesta. Nadie pide que el TSE viole la ley. Y todos sabemos que esta es débil. Pero exigimos que, como mínimo, no se queden de brazos cruzados viendo cómo el festín del descaro galopa exento de sanciones.

Y tal como lo mencionaba con el papa Francisco, no se pretende que los nuevos magistrados hagan milagros. Porque si algo estaba “podrido en Dinamarca”, recordando a un personaje de Shakespeare, aquí la podredumbre es el modus operandi de buena parte de la sociedad. Y contra eso, solo con ciudadanos muy articulados puede aspirarse a correctivos serios.

Pero así como Jorge Mario Bergoglio no tuvo miedo de ejercer su cargo con dignidad, yo considero posible que los 10 nuevos integrantes del TSE hagan lo mismo. De que habrá bajezas y amenazas, ni lo duden. Y quien más lo adula hoy podría ser mañana un agente del poder maligno, hostigándolos por alguna decisión que no les convenga a sus patrocinadores. Es decir, los magistrados entrantes no pueden pecar de confiados. Ni siquiera entre ellos. Más de alguno, o algunos, ya va condicionado.

Y ojalá tomen las lecciones del Tribunal saliente. Ni de chiste recetarse bonos al nomás entrar. Nunca apelar al hermetismo cuando haya días intensos. No permitir al primer “recomendado” de los diputados, sobre todo si es para un cuadro técnico. Aquí, donde las campañas se rigen por las patadas, no por las ideas, el manejo del padrón electoral y de los procesos de votaciones son esenciales para mantener la calma y la gobernabilidad. En esta tierra hay mucha pasión en la política. No para servir al pueblo, que conste, sino para servirse de este. Para repartirse el botín.

La lección de El Salvador tiene que servirnos de prevención. Una segunda vuelta con únicamente 6 mil 364 votos de diferencia es dramática. Y si aquí ocurriese algo similar en 2015, con esa excesiva madurez y flamante altura que muestran los partidos, podría haber hasta muertos con un resultado reñido. El papa Francisco me simpatiza por su vocación de cambio y su marcada humanización en un puesto que hacía rato no se acercaba tanto a la gente. El nuevo TSE tiene en sus manos devolverle a los guatemaltecos la confianza en una institución que no hace mucho gozaba de un sólido prestigio. E insisto: no pido milagros, sino coraje.