Felipe Valenzuela

Todo lo contrario de Neruda.

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Matar cucarachas me da siempre un tremendo asco. Aunque sean seres de la naturaleza e hijas de Dios. Me ocurre, sin embargo, que cuando logro acabar con alguna, suelo sentirme satisfecho. Sobre todo, si la operación se da luego de una trepidante persecución, en la que este repulsivo insecto intenta escabullirse. Es como un pequeño triunfo sobre “el mal”.

Pero tal cosa dista enormidades de lo que me sucedió la otra noche. Estando donde mi madre, vi una araña rara que se dirigía con siniestro sigilo hacia su habitación. Era rojiza y fea. La distancia a la que la divisé no me permitía mucho tiempo como para pensarlo. O actuaba en aquel momento, o se me iba. Y mi decisión fue terminar con la amenaza en estricto ánimo preventivo.

Recordé con terror un reportaje acerca de la “araña violín”, cuya picadura causa hasta mutilaciones, y no quise correr riesgos. De más está mencionar que el arácnido lo percibió de inmediato e intentó huir. Mas no fue difícil darle alcance e imponer la ley de mi patibulario zapato. Misión cumplida, me dije. Y cuando se lo comenté a mi mamá, ella, que no es amiga de los bichos domésticos, afirmó en tono misericordioso que “esas arañitas son inofensivas” y que podía haberme ahorrado el esfuerzo.

Aquello me puso a meditar. Pensé en la desesperación final del arácnido al sentir mi amenaza, en su fallida escapatoria. Me situé en las películas de Disney, como Bambi por ejemplo, y me pregunté si a lo mejor era madre de varias arañitas que la esperaban en algún lugar cercano para cobijarse en su calor. De eso no puedo dar fe, pero de que los insectos aprecian la vida no me caben dudas. El instinto de sobrevivencia va con ellos. Y esa araña rojiza quería salvar el “pellejo”. De hecho, es ahí donde empieza realmente este argumento.

Si yo me sentí incómodo y hasta un tanto avergonzado por matar a un diminuto ser que, según mi madre, no era un potencial riesgo para nadie, ¿cómo podrán lidiar con su conciencia aquellos que asesinan a sangre fría a un ser humano? ¿Cómo enfrentarán la noche quienes deciden la muerte de un semejante solo porque les estorba en sus negocios, en sus ambiciones o en sus pretensiones políticas? ¿Qué tipo de gente es esa que se dedica al sicariato como oficio? ¿Pensarán alguna vez en los hijos de sus víctimas? ¿O en que destruyen familias enteras con sus infames balas?

Me horroriza que aquí haya gente que mate por encargo. Que haya quienes hasta gusto le encuentren a segarle la vida a otros. O que para demostrar poder se ordene acribillar a tiros a alguien porque no pagó una extorsión, o porque no quiso plegarse a alguna movida turbia. Estudios hay que nos indican que el asesino profesional ya no incurre en dilemas a la hora de matar.

Noticias abundan de mujeres embarazadas que son ultimadas a balazos. De adolescentes y hasta niños que son tiroteados sin piedad. De profesionales que terminan sus días escuchando el aterrador tableteo de una ametralladora. No puedo imaginar lo sinuoso de los fangales internos de un asesino. Me causa escalofríos la sola idea de saber que se cancelen los latidos de tantos corazones por medio de horrendos episodios de sangre. Hacerlo es una patología del alma. Sórdida. Vil. Despreciable. Este país tiene que alcanzar, algún día, una paz tan absoluta y rotunda que nos indigne hasta los tuétanos cualquier muerte violenta.

Hoy, por inercia psicológica, nos inmunizamos de esa carnicería, aduciendo que si nos sumergiéramos en la tragedia diaria, el país entero sería un manicomio. Aunque de hecho lo sea. Y pese a que los asesinos figuren entre los seres de la naturaleza y los hijos de Dios, yo no logro comprender su saña y su crueldad. Nadie puede ser feliz causando tanto dolor. Lo cual encaja también con los verdugos de reputaciones, que se han vuelto la atroz antesala a la eliminación física del enemigo o del adversario. No juego a santo ni a súper humano.

Admito la satisfacción que me embarga cuando termino a una cucaracha con mi patibulario zapato. Pero esa araña rojiza que destripé, inofensiva según mi madre, me obligó a darle vueltas al tema. A pensar, como en la película de Bambi, si había dejado huérfanas a unas arañitas indefensas. Mas si de algo sirve para exorcizar ese fantasma que me agobia desde aquella noche, confieso que he matado. A una araña, es cierto. Pero confieso que he matado. Todo lo contrario de Neruda.