Luis Felipe Valenzuela

¿Por qué tomar la fatal decisión?

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Opiné el pasado domingo por twitter que la muerte del magistrado César Barrientos era horrorosa y que el Ministerio Público tenía que investigarla de manera exhaustiva. Mi aserto se basaba en la necesidad de desvanecer las presumibles dudas alrededor de esta tragedia, porque el funcionario no usaba armas, a lo que se agregó ayer que su celular no está en poder de las autoridades.

La investigación tendría que determinar si, en efecto, decidió quitarse la vida, y que si lo hizo fue por la enorme presión familiar que sufría, es decir, el procesamiento de uno de sus hijos por supuestamente integrar una red que explotaba a menores de edad, o si su desesperación pudo provenir de “algo más”.

Es muy sencillo arribar a la conclusión de que Barrientos tuviera motivos de peso como para dispararse un tiro en la cabeza. Eso es obvio. Pero, ¿y si no fuera tan redonda esa teoría? En los últimos años conversé con el magistrado en unas cinco ocasiones, antes y después de su investidura en el Organismo Judicial. Casi todas, en entrevistas radiales.

La última vez que lo vi ya pesaba sobre su hijo el fuerte señalamiento antes mencionado, por lo cual le sugerí renunciar. Le di mi punto de vista acerca de los arteros e implacables ataques que recibía, sobre todo de algunos “opinadores” a sueldo, y basé mis argumentos en que, al salir de la Corte Suprema, el caso de su vástago iba a seguir su curso sin escándalo mediático, lo que ahora veo como una enorme ingenuidad de mi parte, pues la campaña para descalificar al entonces presidente de la Cámara Penal estaba más que montada. Al respecto, su respuesta fue serena, aunque no exenta de amargura. Y me aseguró que, luego de conversar con varias personas relacionadas con el sector justicia, había decidido no dejar el cargo, algo que ayer me confirmó al aire Helen Mack.

Asimismo, Barrientos adelantó que la manera de desprestigiarlo iba a ser por medio de la excarcelación de su hijo. La cual ciertamente ocurrió. Mientras tanto, para mis apuntes periodísticos, me sometí por aquellos días al dilema ético: ¿Era justo vincular en los titulares y en las notas al magistrado con su hijo en problemas? Mi respuesta fue “no”, siempre y cuando el funcionario no influyera a su favor. Si ocurría lo contrario, evidenciarlo era imperativo.

Pero resulta sumamente revelador que haya habido voces, una en especial, que con una saña despiadada no le haya dado tregua al tema durante meses. A Barrientos lo atacaban como por encargo. Y me pregunto cómo se estarán sintiendo esos críticos a estas alturas, después de la funesta noticia. Porque es de apuntarse que no era el primer hijo de funcionario involucrado en un aprieto mayor. Es más, ha habido otros que han cometido delitos y amasado fortunas a la sombra de sus poderosos padres, sin que esas voces defensoras de la Patria y de la moral rugieran con tanto vigor. En el caso del hijo de Barrientos, aunque no se le haya vencido en juicio, indicios existen de la comisión de un horrendo delito. Mas no deja de ser como mínimo curioso que haya sido precisamente a él a quien hayan sorprendido en semejantes tropelías, las cuales, de ser confirmadas, merecen cárcel sin contemplaciones.

Pero volviendo a la muerte del magistrado, la justicia está obligada a esclarecer este terrible hecho, y no dejar duda de que la hipótesis hasta ahora planteada se sostiene. Por otro lado, con o sin suicidio, la historia es de novela. Novela fatídica, por supuesto. Literatura con la estética del dolor. Una tragedia doméstica con alcances posiblemente políticos, si es que éstos llegan a determinarse.

Quién sabe qué el calvario haya pasado César Barrientos durante sus días finales. Era un hombre sumamente instruido y lúcido. Dotado de una enorme inteligencia, además. Fueron ataques muy crueles los que sufrió. Ataques desalmados y feroces. Por encargo, insisto. Y aunque hubo episodios en los que este magistrado no salió bien parado, como en el que protagonizó con el doctor Alejandro Giammattei y la CICIG, su aporte a la renovación de la justicia es innegable. Muchos de sus colegas lo reconocen. La embajada de los Estados Unidos lo describe como “un gran servidor público”. Por ello, resulta muy triste su infausto desenlace. Desgarrador.

Pregunta ineludible: ¿Por qué tomar la fatal decisión?