Luis Felipe Valenzuela

Una tragedia aún muy lejos de terminarse.

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, dice haber visto los 74 capítulos de “El patrón del mal”, teleserie producida en Colombia acerca de la vida y los crímenes del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, y admite que le pareció muy bien escrita y dirigida.

Mas el excelso autor no se queda en eso, pues afirma también que lo realmente impresionante de este relato televisivo es que no se trata de una trama producto de la desenfrenada imaginación de un literato, sino de la espeluznante realidad vivida, con horror, por todo un pueblo. Es más, Vargas Llosa sostiene que si un narrador pusiera en una novela algunos de los episodios protagonizados por Escobar, “su historia fracasaría estruendosamente por inverosímil”.

E inverosímiles siguen siendo, para muchos, las sumas y el poder que manejan los cárteles de la droga, producto de un negocio que multiplica su mercado a costa de la vida y la sangre de innumerables seres humanos. Todo lo anterior, a propósito de la captura, el pasado sábado, de quien era el hombre más buscado del mundo, Joaquín “El Chapo” Guzmán, líder del mexicano cártel del Pacífico (mejor conocido como “el de Sinaloa”).

De acuerdo con el profesor David Martínez-Amador, experto en el tema, dicha estructura consta de unas 3,500 empresas y genera en promedio $8 millones al día. Es decir, cifras que pocos creerían si no fuera por detalles como que hasta la revista Forbes ha colocado al mismo “Chapo” en el puesto 67 de la lista de los hombres más acaudalados del planeta, con una fortuna estimada en mil millones de dólares.

Hago referencia a estos números, porque entre los jóvenes de América Latina, y del mundo, abundan los que aspiran a convertirse en capos del narco, encantados y atraídos por lo que, supuestamente, es un derroche de lujos, sexo y poder. Todo ello me hace recordar una entrevista que le hice años atrás a Antanas Mockus, ex candidato presidencial de Colombia, quien me dijo, palabras más palabras menos, que cuando impartía charlas a las nuevas generaciones, siempre les recomendaba pensar muy bien si valía la pena entregarle la vida al narcotráfico, ya que, con todo el dinero que eso podía implicar, no traía cuenta ni era provechoso.

A lo que aludía Mockus era precisamente a ese tipo de existencia en que, cuando no se está huyendo en medio de una selva hostil, se está escondido en diferentes casas de seguridad, no siempre fastuosas. ¿Será agradable vivir rodeado de pistoleros y a la espera de que, en cualquier momento, alguno de sus matones lo traicione para quedarse al mando? ¿Cuán feliz puede ser alguien que expone a su familia a una persecución permanente?

El profesor Martinez-Amador coincide con la posición moral de Mockus y agrega que la normalización de la “narcocultura” en toda la frontera norte, ha hecho que las juventudes mexicano-americanas hayan pasado de solo admirar el boato y los excesos de los traficantes, a glorificar y endiosar su capacidad de violencia. Lo cual es, como mínimo, patológico.

Carlos Menocal, ex ministro de Gobernación, aporta que el promedio de vida de un narco es de 40 años. Con excepciones, claro. Como la del “Chapo”, por ejemplo, quien a los 56 años podría guardar prisión perpetua, posiblemente extraditado a Estados Unidos. Y aunque su leyenda nos hable de que solía cerrar restaurantes, decomisar celulares de los comensales, pagarles la cuenta, e invitarlos al final a una copa de cognac, no parece atractiva ni plena una vida en la que, por más intensidad y oropeles que ofrezca, falten y se extrañen las alegrías de la gente común, con todo y sus angustias. ¿Qué repercusiones, si las hubiera, podría acarrear para Guatemala la caída de Joaquín “El Chapo” Guzmán? La respuesta la da, con el respaldo de varios años de experiencia, el profesor Martínez-Amador.

Y su razonamiento es claro: si existen pugnas para la sucesión, puede que aquí haya cambio de lealtades y bandos en discordia. “El cártel de Sinaloa es como una casa matriz y se caracteriza por su capacidad de tercerización y de conseguir socios estratégicos”, explica. Si la dinámica no se altera en demasía, aquí no se notará gran cosa. Es decir, dependemos de lo que ocurra en México. Pero lo cierto, y lo triste, es que pese a la muy difundida captura del más mediático de los narcotraficantes del siglo XXI, el trasiego de drogas, con sus sanguinarios episodios plagados de corrupción y de decadencia, es una tragedia aún muy lejos de terminarse.