Luis Felipe Valenzuela

Pobres sus acreedores.

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Escribo un domingo por la tarde, sin muchas ganas de juntar palabras. Recorro el panorama de la semana, pero nada me sugiere un argumento. Estoy de ánimo bajo. El libro que leo me aburre, aunque la crítica lo aclame como obra maestra. El problema debe estar en mí. O tal vez, no. Porque me disfruto intensamente el nuevo CD de McCartney, que por cierto se llama New.

Y como ningún tema político me enciende, decido suspender mi pelea con la página en blanco y salgo a caminar, aunque no precisamente sea por la vereda cósmica del sur, como dice la canción. Necesito encontrarme con alguien que me cuente una buena historia. (ME VOY. VUELVO EN UN RATO).

La caminata apenas surtió efecto. El pesimismo me circunda y ni siquiera cambiando de libro me entusiasmo. Suena el teléfono. Es una amiga que se encuentra a punto de dejar a su esposo, porque, según me cuenta, ya no lo aguanta. “El muy haragán ni trabajo busca”, dice. Pero su queja me hace sentir un tanto incómodo. El marido, aunque es un atorrante de primera, no es el único responsable de la debacle matrimonial. Ella, la que me habla, tampoco ha puesto de su parte. Ambos gustan de vivir un nivel que no son capaces de sostener. Y entonces aparentan. Y fingen. Y sufren.

Me recuerdan una charla con dos expertos acerca de la manera, a veces desquiciada, en que se endeudan los guatemaltecos. Este es uno de esos casos. Y mi amiga, otrora “niña bien” a la que no se le negaba nada en casa, resiente las actuales angustias económicas, pero no cede en malacostumbrar a sus hijos y en comprar cuanta tontería se le atraviesa.

¿Tendrá tarjetas “topadas”? Me confirma que dos. Y me remarca con amargura que “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor se va por la ventana”. Y añade que el colegio de los dos muchachos, el del año pasado digo, se lo deben a un tío bonachón, a quien nunca terminan pagándole. “Es el filántropo familiar”, me confiesa en broma. Dirás “el tonto”, pienso para mis adentros.

Y a la mente me viene lo que alguna vez conversé con el Ministro de Trabajo, Carlos Contreras, acerca de las penurias que pasan miles de empleados estatales, porque deben hasta el modo de andar. Es momento ahora de regresar a McCartney. Una de las canciones de New me obliga a oprimir el control una y otra vez. Soy antediluviano: todavía ejerzo de melómano con CDs. La pequeña maravilla de tres minutos 26 segundos se llama Alligator. Me identifico con la letra: “Uno siempre clama por alguien que le dé libertad, le arranque las cadenas y lo deje ser”.

Y a propósito de ello, vuelvo a mi atribulada amiga. Como ella, millones en el mundo creen valer por lo que consumen y no por lo que son. Vaya frase tan políticamente correcta. Me siento fallido en lo filosófico. Como repitiendo clichés que, aunque ciertos, no aportan mayor cosa. (LLEGO HASTA LA CANCIÓN 10 Y ME DIGO: DIOS BENDIGA AL ALMA GENEROSA QUE ME REGALÓ ESTE CD. OTRA CAMINATA ME VIENE BIEN. TERMINARÉ EL ARTÍCULO AL REGRESAR.)

Ya es de noche. Hago el repaso de mi semana. Ha sido una de las más desgastantes en los últimos años para mí. Apenas me cumplí objetivos. Y esa deuda, a diferencia de las de mi amiga a punto de divorcio, me perturba en su versión de ansiedad. Pienso: ¿Qué gusto habrá en vivir una farsa basada en el agotamiento del dinero plástico? ¿Será posible conciliar el sueño cuando se le debe a media humanidad? ¿Cómo explicarse que muchos de los morosos por vocación, resulten dándose más lujos que quienes se fajan trabajando de sol a sol? Reviso titulares en la página web de Emisoras Unidas.

El Presidente se fue de viaje para acompañar a su esposa en una revisión médica; deseo que todo esté bien. Capturaron a una colombiana en el Obelisco; extradición express (dicho y hecho). El Madrid, el Barcelona y el Atlético ganaron; le voy al Real. Vibra el teléfono. Es mi amiga, la que se va separar. Su tono es más bien juguetón. Está de un humor fantástico. Se oye vivaz. Es otra persona. “El hombre se lució y me trajo el perfume que quería”, me dice. “¿Y el pleito?”, pregunto ingenuo. “Todo solucionado”, responde. “Es el padre de mis hijos”.

Me propone escribir mi columna acerca de su historia. Yo acepto. Pienso entonces en Alligator de McCartney. Uno siempre clama por alguien que le dé libertad, le arranque las cadenas y lo deje ser. Ellos no son un ejemplo de eso. Todo lo contrario. La irrealidad es su codependencia. Y así viven de prestado, hoy con el tío bonachón (tonto), mañana con algún otro incauto. Su pelea matrimonial opera de este modo: “Cuando la deuda entra por la puerta, el rencor se va por la ventana”.

(YA TERMINÉ. GRACIAS MCCARTNEY POR ESTE GRAN CD. APAGO LA COMPUTADORA. ME VIENE LA IDEA: YA QUE ME DIERON LUZ VERDE PARA PLASMAR ESTE TAN PERSONAL RELATO, ME PERMITO UNA ÚLTIMA REFLEXIÓN: POBRES SUS ACREEDORES.)