Luis Felipe Valenzuela

Ni lo mismo ni para lo mismo

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Una columna muy lúcida (como siempre), escrita por Óscar Clemente Marroquín en “La Hora”, me hizo meditar acerca de un argumento que él planteó en una pregunta: ¿Por qué los maestros logran resultados? Y la respuesta la dio él mismo: porque el gremio tiene organización, liderazgo con capacidad de convocatoria y claridad de objetivos.

Y yo pienso que eso está bien, en la medida en que no se abuse. El aumento salarial va porque va. Ni el Ejecutivo ni el Congreso pueden detenerlo. Hacerlo sería ilegal, de hecho. Aunque los expertos admitan que si en 2015 se acordara un incremento similar, las finanzas del Estado no podrían soportarlo.

De más está decirlo: la ampliación de techo presupuestario que se aprobó el pasado jueves era lotería cantada. Yo había conversado con varios diputados, y todos daban por descontado que esa ley pasaba. Por ello, veo con desagrado y hasta con indignación que los docentes hayan bloqueado carreteras durante varias horas en dicha jornada. No había necesidad de eso.

Miles de personas sufrieron atrasos y contratiempos por una ficción que todos sabíamos cómo iba a terminar. Si no, que lo diga un operador de turismo que me llamó sumamente molesto, porque yo no me pronunciaba al aire contra la manifestación. Su drama, más que entendible, era no poder llevar a tiempo a un grupo de visitantes europeos a su destino. Y, claro, luego de explicarle que cuando estoy al aire soy periodista y no columnista, comprendió que se había extralimitado en su irritación conmigo, a lo que siguió que yo me pusiera en sus zapatos e imaginara el drama que había vivido con sus clientes.

Las pérdidas fueron de millones. Tanto para pequeños y medianos empresarios, como para los grandotes. Y he de decir que, sin dudarlo, quienes menos sufren estas debacles de un día son los sectores más pudientes, a lo cual no es ocioso agregar que, pese al legítimo derecho de manifestar consignado en nuestra Constitución, es penoso que no haya de parte del gremio magisterial y sus líderes el mínimo respeto ni la menor responsabilidad para abstenerse de paralizar el país en las circunstancias en que, por enésima vez, lo hicieron.

Es más, el diputado Amílcar Pop, que nunca se mostró contrario a la ampliación y que además es defensor de la protesta como herramienta social, tuvo las agallas de afirmar, en una entrevista concedida a “Patrullaje Informativo”, que el magisterio es “un poder fáctico” en Guatemala. Lo cual es de suyo preocupante, si el movimiento se limita a negociar aumentos de sueldo sin que tal cosa conlleve una mejora en la calidad educativa. Nadie puede negarles a los docentes su derecho de buscar el incremento de sus ingresos. Por tal motivo, es inaplazable que haya un control más férreo de parte de las autoridades, así como un seguimiento riguroso de los padres de familia, para que, además de recursos para pagar sueldos, haya para refacción escolar, útiles y libros de texto, así como remozamiento de aulas.

El trabajo de liderazgo del dirigente Joviel Acevedo está marcado por la inteligencia estratégica. Así lo describía el recordado abogado Enrique Torres, quien en su momento fue su asesor jurídico y su consejero directo. Y Torres estaba en lo cierto. Porque cuando los políticos van, Acevedo ya viene de regreso. Y aunque no dispongo de pruebas como para sostener que el magisterio y el Ejecutivo hicieron “compadre hablado” para la presumible pantomima del pasado jueves, sí puedo aseverar que el objetivo alcanzado hace convergencia perfecta en los intereses de ambos. Las fuerzas de seguridad, como es costumbre en estos casos, se limitaron a la primera fase de sus protocolos de acción. Mas no lograron liberar las carreteras.

De lo anterior, la lección para la sociedad es evidente: organicémonos, consigamos líderes que convoquen y clarifiquemos las metas. Solo así podremos llegar a dónde queremos. Solo así podremos presionar a los políticos –aunque suene horrible la expresión– para que no hagan lo que les venga en gana con nuestros anhelos y nuestras necesidades.

Esa pujante y decisiva ciudadanía sería excelente si la motivación es influir en el desarrollo del país y romper con esta espantosa desigualdad que se acompaña de crímenes impunes y tenebrosa corrupción. Y de lograrla, me gustaría que no se describiera la acción de la gente como “poder fáctico”, sino como poder ciudadano, que no es lo mismo ni para lo mismo.