María del Carmen Aceña

El fin de la democracia

 María del Carmen Aceña Investigadora Asociada CIEN María del Carmen Aceña
Investigadora Asociada
CIEN

En las décadas de 1970 y 1980 Centroamérica se encontraba en una gran encrucijada. Los grupos guerrilleros en El Salvador, Guatemala y Nicaragua luchaban por un régimen totalitario, de corte marxista. Nuestros sistemas políticos estaban devastados. Panamá y Honduras también peligraban en sus democracias por gobiernos radicales, y Costa Rica se miraba como jamón entre un sándwich.

Recuerdo que a finales de los 80 surgió un movimiento de jóvenes que abogábamos por la democracia “Juventudes Democráticas del Istmo Centroamericano”. En aquel entonces era complicado comprender nuestros sistemas políticos y recomendar un mejor régimen económico. Costa Rica era el único ejemplo en la región. Recuerdo en una reunión en Alajuela con el presidente de aquel entonces, Luis Alberto Monge, donde hablaba con gran orgullo de la democracia más antigua del istmo, “sistema fundamentado en desarrollo social –educación y salud para todos desde varias décadas, y sin ejército”.

Nicaragua realmente era el mayor desafío. Bajo la sombra de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, miembros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) se apoderaron del país. Muchos nicaragüenses abandonaron su patria, y el gobierno expropió y nacionalizó casi todos los bienes. Años más tarde, en 1986, inició el gobierno de Daniel Ortega, quien inspirado en el régimen cubano puso en marcha un gobierno totalitario, hundiendo al país en la peor crisis económica de su historia.

En mi memoria registro una visita a este hermoso país en 1989, cuando celebraban los 10 años de la revolución. “Jamás hubo tanta patria en un corazón” era su lema. Sin embargo, los nicaragüenses sufrían mucho. Los supermercados parecían tiendas de estanterías al estar vacías, no había gasolina, nos tardamos más de tres horas en conseguir una coca cola –al triple del precio en dólares–, la gente se alimentaba de mangos porque brotaban en los árboles y junto a la música revolucionaria tomaban ron Flor de Caña puro para olvidar sus penas. La vigilancia era constante y había mucho miedo en la población.

Esta situación, aunada a la caída del muro de Berlín, forzó a que se convocaran a elecciones, donde Ortega perdió el poder en 1990. Sin embargo, siguió militando en la política y se convirtió en un populista, pacifista, apoyando a grupos organizados, sindicalistas y defensor de los más pobres, engañando a tal nivel que se volvió a lanzar en el año 2006 y se convirtió por segunda vez en presidente por medio de elecciones. Su relación con Hugo Chávez era muy buena, y en varias ocasiones se refirió como “hermanos” cuando hablaba de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

A pesar de que la Constitución nicaragüense prohibía la reelección, Ortega logró el visto bueno de su candidatura a la reelección de parte de la Corte Suprema de Justicia para el año 2011. Partidos políticos débiles e involucrados en corrupción, un sector privado debilitado y una sociedad pobre sumado a financiamiento de Venezuela y el narcotráfico a la campaña de Ortega contribuyeron a su triunfo.

A los dos años, a partir de la semana pasada (30 de enero 2014), podrá convertirse en un presidente vitalicio, debido a que la Asamblea Nacional de Nicaragua aprobó unas reformas constitucionales que permiten la reelección indefinida del presidente y la autorización de poderes especiales para gobernar por decreto.

¿Qué de la democracia? ¿Otro Fidel Castro, con más de 50 años en el poder? ¿Representa al pueblo? ¿Libertad? Posiblemente si Chávez estuviera vivo estaría regocijado del éxito de su modelo, disfrazado de Socialismo del Siglo XXI, aprovechándose de elecciones “libres” y de forma legalista adueñarse de los países, destruyendo las repúblicas. ¡Tiranos! ¿Qué podemos hacer para que Guatemala se salve?