Luis Felipe Valenzuela

Enmandelados

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Empiezo por recordar que Nelson Mandela era un hombre con defectos. Es decir, un ser humano. Un hombre de carne y hueso que sufría cuando lo pellizcaban. Un mortal que, 95 años después, expiró. Lo cual me lleva a la siguiente conclusión, con el riesgo de incurrir en lo repetitivo. Nelson Mandela no era perfecto.

Pero, a diferencia de miles de millones de personas que pasan sin trascendencia por este mundo, decidió jugarse la vida por algo en lo que creía firmemente. Y eso lo hizo grande. Lo hizo ejemplo. Lo hizo fundamental. Hasta tal punto que este planeta sería mucho más desolado si él no hubiera existido. Porque no solo Sudáfrica cosecha ahora los alcances de su profunda labor, sin ser, de hecho, un país exento de problemas.Mas solo de imaginarme qué sería de Sudáfrica si el apartheid aun estuviera vigente, los escalofríos me invaden.

Guatemala precisa urgentemente de liderazgos parecidos al ejercido por Mandela en su larga y fructífera trayectoria. Ha sido la falta de ese tipo de referentes, una de las razones principales de nuestros fracaso como Estado. E insisto: no pido gente sin resbalones. Como lo apunta lúcidamente John Carlin en un artículo publicado en El País:

“Si la política consiste en ganarse a la gente, Mandela (…) fue el maestro consumado. Tenía a su disposición un cóctel seductor e irresistible compuesto de un encanto infinito, nacido de una inmensa seguridad en sí mismo, unos principios inflexibles, una visión estratégica y un pragmatismo absoluto”.

Tanto no puede pedirse de ningún líder que aspire a la presidencia de Guatemala. Pero eso no es lo preocupante. Hay algo peor: aquí nadie se gana a la gente; la compra.

Nadie seduce con un discurso que encante; ni siquiera con demagogia. Nadie proyecta certeza en materia de decisiones difíciles; todos bailan al son que les conviene. Nadie demuestra ser lo suficientemente recto en el aspecto moral; échele un vistazo a la campaña anticipada y a la burda manera de hacer oposición. Nadie convence con su propuesta de ver más allá de coyunturas electorales; no pasan de afinar las herramientas de corrupción y de armar programas clientelares que jamás llegan a ser políticas públicas.

Y nadie sopesa con talento las conveniencias como país que tanto nos urgen; ni siquiera sobre el papel. Mandela fue un artista del perdón. Conociendo a fondo la trágica historia de Sudáfrica supo interpretar bien su tiempo y doblegar, con profunda grandeza humana, los rencores que lo acecharon luego de 27 años en prisión. Comparativamente, visualice usted a un militar guatemalteco que, exponiéndose a un juicio penal, se atreviera a desafiar el orden implacablemente establecido y se lanzara a revelar dónde están los desaparecidos de la guerra.

Con el ánimo de concordia, claro. O que un activista duro de izquierda rompiera con el guión y, en vez de insistir con el tema de genocidio, admitiera también la responsabilidad y los horrores que hubo en su bando, con la flexibilidad suficiente como para dar margen al diálogo. Ya sé que es demasiado pedir, tanto de un lado como del otro. Aquí el odio sigue mandando, aunque sean muchos los que lamenten públicamente la muerte de Madiba. Ese inmenso Madiba que, a pesar de sus debilidades, guió a un país en el que el racismo estaba institucionalizado hacia un modelo más vivible de sociedad.

Una sociedad en la que, reitero, sigue habiendo conflictos, violencia e injusticia. Sin embargo, no quiero ni pensar en cómo sería Sudáfrica sin el liderazgo luminoso de Mandela. Me da pena escribirlo, por lo cruel. Pero si Madiba hubiera sido guatemalteco, tal vez sus dos opciones de destino hubieran sido estas: primero, no habría ido a la cárcel, sino que sería hoy un desaparecido; segundo, si se hubiera enrolado con algún grupo guerrillero, lo más seguro es que hoy fuera uno de los fusilados en nombre de la Revolución. Aquí nos hemos vuelto expertos en el odio. Ojalá, como predicaba Mandela, pudiéramos aprender a ser expertos en el amor. Sin seres perfectos. Solo completamente enMandelados.