Felipe Valenzuela

"Mi hija me está mintiendo"

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

s necesario seguir hablando de la violencia intrafamiliar. Aunque a algunos les moleste. Hablar de la violencia que sufren especialmente las mujeres de parte de sus parejas. Es cierto: el caso Siekavizza ha conmovido a la sociedad. Existe ahora más conciencia. De seguro, cuando los vecinos se percatan de que un marido le propina una paliza a su esposa, ya no tan fácilmente se hacen los desentendidos. Hay más denuncias.

Pero lo que voy a relatar en esta columna me parece digno de reflexión. Estoy en un restaurante, acompañado de una colega. Conversamos acerca de diversos temas de la coyuntura nacional. Ella toma vino y yo una naranjada; estamos hablando de trabajo. Y la tragedia de Cristina sale inevitablemente a la charla. Cuando estamos por pagar la cuenta, en la mesa aterriza un hombre que caballerosamente se presenta como “fiel oyente del programa que pasa por la radio”.

Le doy las gracias por eso y le invito a sentarse, pese a que casi vamos de salida. El hombre, de unos 65 años de edad, intenta explicarnos su perturbada impresión luego de la captura de Roberto Barreda, a quien dice haber conocido como compañero de colegio de uno de sus sobrinos.

La noticia está fresca aquella noche. Apenas había ocurrido una semana antes. El testimonio de este inesperado visitante, un tanto confuso por su ebriedad, relata sin entrar en detalles la vida de una de sus hijas. De hecho, la mayor. Entre capítulo y capítulo, nos recita el árbol genealógico del yerno y lo describe como un tipo “de pronóstico reservado”. Recién ahí me doy cuenta de las intenciones del discurso, algo que, como mujer y por estar más próxima a él, ya mi colega había percibido minutos atrás.

La frase clave de su narración es esta: “Mi hija me está mintiendo”. Nunca especifica en qué. Jamás confiesa del todo su angustia. E insiste: “Sé que me miente…yo en ese infeliz no creo ni confío…ella no quiere decirme…”.

Como periodista, me gano la vida haciendo preguntas, pero me es incómodo meterme en la intimidad de la gente. Entonces me abstengo de instarlo a que se extienda en la trama y a que concrete en palabras su pena. Mas mi colega, muy asertiva, no se contiene. Y mientras yo hago el ritual de la tarjeta de crédito, el NIT y el nombre de la factura, ella le plantea sin rodeos la interrogante.

El hombre, con un dolor inocultable en su mirada, solo alcanza a gesticular para sugerir que su hija es golpeada por su esposo; insinúa con ademanes que ese sujeto “le da” y duro. E insiste en convidarnos a un vino más (en mi caso, a otra naranjada), sin conseguir que nos quedemos. Se nota en su estilo de vida y en su casual elegancia que no se trata de un padre desvalido de recursos económicos como para respaldar a su hija. Se ve, además, que quisiera ayudarla, pero que algo lo inhibe de intervenir directamente. “Yo sé que entre casados y hermanos no hay que meter las manos”, añade. Y no deja de quejarse por la incertidumbre que le causa ver a su tan entrañable heredera en un entorno que, según sus intuiciones, raya en un maltrato altamente peligroso.

Al salir del restaurante, previo a despedirnos, mi colega externa su preocupación por este padre acongojado que, como catarsis, se acercó a nuestra mesa a contarnos sus aflicciones. Cuando voy en mi automóvil rumbo a mi casa, enciendo la radio. Escucho la voz del reportero con la nota del día del caso Siekavizza. Seguidamente, la periodista que cubre el tribunal de femicidios cuenta otra historia atroz. Me digo: es necesario seguir hablando de la violencia intrafamiliar.

Aunque a algunos les moleste. Al detenerme en el primer semáforo, por la paranoia que padecemos en este país, me cercioro de que del carro de al lado no salga un demonio con un arma en la mano y me asalte aprovechando lo desolado de la noche. Lo que me encuentro, sin embargo, es a un hombre y a una mujer que discuten airadamente, hasta el punto de que en segundos llego a notarlo en su agresivo lenguaje corporal. Es entonces cuando la voz del hombre a quien recién oí, ese atormentado padre que teme que a su joven primogénita la estén golpeando en casa, me viene a la mente. Y así me voy con la frase martillándome los pensamientos. “Mi hija me está mintiendo”.