Luis Felipe Valenzuela

¿Y si llegamos a 100?

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Odio caer en el sinuoso y arriesgado territorio de la especulación. Uno puede equivocarse a lo grande cuando improvisa datos que carecen de fundamento. Y eso en el caso de un periodista resulta inaceptable, aunque a veces haya que imaginar múltiples escenarios para arribar a la verdad.

Por ello, buscando precisamente no partir de supuestos, me limito a analizar los hechos tal y como han podido verificarse hasta ahora en lo relacionado con la fallida elección del nuevo presidente de la Corte Suprema de Justicia.

Van 53 intentos; nadie nos garantiza que no lleguemos a 100. Y eso preocupa, porque significa que adentro de esas paredes que albergan los ya rutinarios “cónclaves” algo serio está ocurriendo. Serio y presumiblemente tenebroso. Porque nada aclara la tardanza excesiva ni la tozudez de ambos grupos en esta necia pugna. Solo algo demasiado denso puede ocasionar semejante desgaste. Solo algo que amerite tanto deterioro puede explicar lo intransigente de ambas posiciones.

A propósito de ello, llamó mi atención la contundente respuesta que dio ayer en “A Primera Hora” de Emisoras Unidas, la licenciada Anabella Morfín, al contestar a la pregunta de si consideraba posible que la falta de consenso se originara en que algunos magistrados estuvieran defendiendo la independencia judicial, y que paralelamente hubiera otros dispuestos a entregarla. La licenciada Morfín, con su manera dulcemente directa de hablar, opinó que si, en efecto, hay presiones o manejos inaceptables para llevar a determinado candidato a la presidencia del Organismo Judicial, lo que correspondería es una denuncia pública.

Es decir, según lo que entendí de su respuesta, que un magistrado se atreva a alzar la voz y a poner sobre aviso al país acerca de los poderes oscuros que gravitan alrededor de esa mesa de negociaciones; de los arreglos de impunidad que ahí se gestan; de las amenazas y los ofrecimientos que danzan en la indescifrable tarima de esas charlas que hasta parecen cordiales cuando se muestran a la prensa. Estos asertos, aclaro, son míos.

No hay que ser ni siquiera medianamente mal pensado para concluir en que no son cuestiones de antipatías personales o de diferencias en las visiones de la justicia las que entorpecen esta elección. Y colijo también que la licenciada Morfín no se refiere a una denuncia penal, sino más bien de un acto de extremo coraje. Uno puede imaginarse quiénes son los que se empeñan en mover las piezas para que “su hombre” sea el que alcance la presidencia de la Suprema.

Y uno sabe, asimismo, por qué lo hacen. En realidad, nos encontramos con otro de los burdos forcejeos por garantizarse su impunidad. Y digo “otro”, porque no es este el único. A lo que se suma que los actores protagonizando las presiones villanas y los ofrecimientos indecorosos provengan de distintos sectores, algunos peleados entre sí.

Tampoco hace falta ser Einstein ni incurrir en la indeseable, sinuosa y arriesgada acción de especular para saberlo. Hay muchas preguntas al respecto.

¿Qué podría romper el desacuerdo existente entre los magistrados? ¿Quién o quiénes saldrían beneficiados de que no se eligiera presidente en la Corte? ¿Habrá nuevos invitados entre los poderes ocultos que tradicionalmente se disputan la influencia en las altas esferas de la justicia? ¿Qué precio pagarían los magistrados que osaran revelar públicamente que detrás de esas votaciones fallidas lo que opera es la podredumbre del sistema? ¿Será que se jugaría la vida quien se atreviera a mencionarlo en algún medio de comunicación? Y tal vez la más pueril de todas las interrogantes: ¿Será que los récords Guinness tomarán nota de estas reuniones que parecen interminables? ¿Nos destinarán una esquinita especial en su museo de Nueva York? U otra aún más inocente, centrada siempre en estas misteriosas e infructuosas reuniones. ¿Y si llegamos a 100?