María Del Carmen Aceña

La riqueza de las naciones

 María del Carmen Aceña Investigadora Asociada CIEN María del Carmen Aceña
Investigadora Asociada
CIEN

Recientemente hablaba con un grupo de estudiantes sobre la diferencia de tener dinero y poseer riqueza. En el siglo XXI el reto es comprender que, a pesar de todos los adelantos tecnológicos, las comunicaciones y la ciencia, los seres humanos, biológica y mentalmente, seguimos siendo similares.

La riqueza de una persona, comunidad, o de las naciones no es solo el dinero y los datos que fluyen, sino sus conocimientos, sus relaciones, sus normas, sus valores, su conciencia, su forma de vida, su ambiente y otros.

Un amigo decía “si quieres tener éxito, requieres inteligencia, relaciones y dinero; con los tres arrasas, con dos te irá bien, con uno será difícil, sin ninguno posiblemente tan solo sobrevivas.”

Durante muchos años se hacía énfasis en que lo más importante para el crecimiento económico era el capital físico –recursos materiales y financieros–. Aún sigue siendo significativo; sin embargo, se ha descubierto otro tipo de capitales que son importantes tomar en cuenta para generar riqueza.

Uno novedoso fue determinar el capital humano, en los años sesenta. El economista Gary Becker lo define como el conjunto de las capacidades productivas que un individuo adquiere por acumulación de conocimientos generales o específicos. Este no solo se adquiere por estudios en la escuela, sino además con formación especializada, la experiencia, las habilidades y el aprendizaje constante.

Es importante que los jóvenes comprendan que, aunque tengan toda la información y tecnología a su alcance, si no tienen el criterio, el carácter, el conocimiento y las competencias (capacidades para combinar y utilizar conocimientos específicos) tendrán poco éxito en su vida.

Douglas North, quien obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1993, junto a otro colega estudiaron el capital social, el cual resulta de las instituciones o las reglas del juego de una sociedad. North comenta que estas reglas humanas establecidas, que dan forma a la interacción humana y estructuran incentivos en el intercambio –sea político, social o económico–, son esenciales para el desarrollo de los países. Las reglas definen y limitan el conjunto de elecciones de los individuos y además disminuyen la incertidumbre. Hay dos tipos: las informales y las formales. Entre las informales encontramos las creencias, los comportamientos, las tradiciones y las costumbres.

En general podríamos decir la cultura. Las instituciones formales son las leyes, como la Constitución, los reglamentos y los códigos. Es importante que ambas empaten en visión y concepto. Forjar instituciones implica un proceso de aprendizaje humano constante, acumulativo en el tiempo que se transmite de generación en generación. Nos pasa que tenemos algunas leyes que, al no partir del convencimiento y comportamiento de la sociedad, terminan no aplicándose.

Algo novedoso es el capital natural. En este siglo se está tratando de contabilizar este capital, que lo componen los recursos no renovables, los renovables y los servicios ambientales de un país. En el futuro, este capital será uno de los más cotizados y apreciados en el mundo.

Considero desafiante lo que sucede en nuestros países, donde existen varias personas que han generado cuantiosas fortunas por medio de negocios ilícitos o corrupción; quienes poseen dinero pero no riqueza. Si queremos grandeza para nuestra gente, debemos invertir en educación y salud, contar con reglas claras, estables y universales, y lograr la convivencia entre nosotros y con nuestro ambiente. El dinero tan solo puede ser un espejismo de la verdadera riqueza.