Luis Felipe Valenzuela

Por la más insignificante tontería

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

¿Qué nos inspira el Estado aquí? ¿Miedo? ¿Desprecio? ¿Desconfianza? ¿Acaso lástima? Los recientes derrumbes en el kilómetro 10.5 de la carretera hacia oriente, mejor conocida como la ruta a El Salvador, nos dejan algo en claro: si una de las comunas más eficientes del país no es capaz de detener a un dueño de un inmueble que, según lo dicho por varios funcionarios, atentó a su conveniencia contra la seguridad de innumerables personas, entonces uno concluye en que la indefensión de la ciudadanía es preocupante y hasta dramática.

Indefensión que se ha vuelto cada vez más común frente a los desmanes de casi cualquiera que se aprovecha de los excesos de la propiedad privada, o bien de la aberrante cultura de abuso que impera en la triste Guatemala actual. De acuerdo con lo que informó Tono Coro, jefe edil de Santa Catarina Pinula, el vecino en cuestión incumplió en varios aspectos, sin que nada ni nadie haya podido actuar a tiempo para detenerlo. Por un lado, levantó tres niveles en vez de dos, en un terreno que, aunque descrito por las autoridades como “firme”, basta con ver su temeraria ubicación para determinar lo insensato que fue tanto edificar allí como otorgarle una licencia.

También hizo un muro perimetral sin las condiciones técnicas mínimas para garantizar la seguridad de un cerro que de por sí parece de barro y que, según no pocos expertos, es inviable para la construcción. ¿Por qué nadie le puso un “hasta aquí”? Muy sencillo: porque para ingresar en el lugar, la municipalidad precisaba de una orden de juez. Pero, ¿y si durante los derrumbes hubieran ido pasando automóviles o algún autobús? La respuesta es obvia: a esta hora serían varios los muertos y múltiples los hogares enlutados. Es decir: una tragedia.

Una más de muchas, pues no es solo en ese sitio donde los atropellos ocurren. Propietarios prepotentes y sin escrúpulos abundan en este país, sin que exista una fuerza lo suficientemente dotada de respaldo y de voluntad como para llamarlos al orden. Y los casos van desde notorios y evidentes hasta aquellos en que el descuido o la necedad de alguien terminan destruyendo la pared del vecino, por no cortar un ficus o no reparar alguna fuga de agua. Y cuando hay armas de por medio, o los consabidos recursos presentados con litigio malicioso incluido, obligar a un abusivo a comportarse puede implicar lágrimas, así como años y mucho dinero en las cortes.

El caso de algunas empresas mineras es un ejemplo de esto, ya que compran tierra y consideran que con eso basta y sobra para operar. Lo cual evidentemente no es así de fácil ni de sencillo. O el de otros que, a cambio de una cuota mensual, prestan su jardín para antenas de telefonía móvil, y aunque en la asociación del condominio o del vecindario relinchen, no la quitan porque “es su casa, y en su casa ellos hacen lo que les plazca”.

Entiendo: la actividad minera y las antenas pueden funcionar, siempre y cuando la armonía se mantenga y la actitud sea un “gana-gana”. Pero volviendo al tema del kilómetro 10.5 hacia El Salvador, me concentro en las preguntas iniciales de este escrito. ¿Nos da miedo el Estado? A veces. Cuando aplica terrorismo fiscal o nos vilipendia con su poder omnímodo de control antidemocrático, sí. Cuando se trata de cumplir la ley, no, porque en esos casos, la respuesta suele ser débil, lenta y sobornable. ¿Despreciamos al Estado? Casi siempre. La cultura difundida tantos años por quienes lo satanizan aún prevalece.

A lo que se suma la ineficiencia tan normal de sus representantes de ayer y de hoy, traducida asimismo en desconfianza. En rechazo. En desdén. ¿Quién llega a sentir lástima por nuestra incipiente y precaria institucionalidad estatal? Alguien como yo, por ejemplo. Pero lo hago consciente de que el Estado somos todos. Y por ello, con más pena que vergüenza, admito que eso me hace sentir lástima por mí mismo. Porque yo hubiera podido ser víctima de esos derrumbes en la carretera hacia oriente, mejor conocida como ruta a El Salvador, igual que cualquiera de quienes me leen. Allí o en otro lugar. Sin un Estado consolidado y en forma, hasta el más poderoso puede sucumbir por la más insignificante tontería.