Luis Felipe Valenzuela

Con las mismas piedras

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

“No hay mal que por bien no venga”, reza el adagio, pero los éxitos también pueden ser nocivos si no se administran con prudencia. Todo depende de cómo se asimila cada cosa. Es decir, de la capacidad de cada quien para aprender de los errores y de no dejarse embelesar por los triunfos. Esos dos extremos los vivió la semana pasada el presidente Otto Pérez Molina. Y en ambos casos, vale la pena que él haga los apuntes respectivos y que analice.

Las desafortunadas declaraciones relacionadas con el “sufrimiento” por los apuros para clasificar al Mundial de la selección mexicana muestran, una vez más, las carencias de sus asesores. Y aunque muchos dirán que él solito se metió en “camisa de once varas”, la obligación de quienes rodean al jefe del Ejecutivo es pintarle escenarios y prepararlo para que enfrente, con más y mejores herramientas, las tormentas que su cargo acarrean. Esos 50 segundos pudieron y debieron ser cinco.

Bastaba con un “estoy seguro de que México clasificará”. No había necesidad de caracolear con las palabras y hundirse más con cada frase. Pero el problema no es de ahora. Mientras el Presidente siga siendo su propio vocero, las posibilidades de errar se multiplicarán. Y si su tono enérgico de campaña no cambia pronto por el tono sereno de mandatario, las complicaciones también serán mayores.

Pérez Molina está en el límite, si es que no lo pasó ya, de reencauzar su administración y de intentar un viraje radical para salvarse de la debacle. En un país tan asfixiante y ansioso como el nuestro, pocas cosas perturban tanto a la gente como percibir que los funcionarios públicos, en especial su presidente, proyecten la impresión de vivir en otra realidad. Asimismo, que traten de “vender” logros difícilmente perceptibles y, sobre todo, que no manejen la sutileza cuando se trata de los detalles.

Es repetido el error de proclamar que la seguridad mejora, pese a que los ciudadanos de “a pie” y “de automóvil” sigan transitando con miedo por las calles y viendo asalto tras asalto en sus recorridos diarios. A lo que se suma la seguidilla de pifias evitables que van abonando en la desconfianza de la ciudadanía hacia las autoridades. Desaparecer unos días de los medios le convendría al mandatario. Dejar el protagonismo por un lado. Concentrarse en su centro estratégico.

Sacar su programa del aire. Replantear su publicidad. Volverse alternativo en el uso de Twitter y Facebook. Y ser cauto en asuntos que dan municiones a quienes ya lo llevan de punta. El premio recibido en Miami como “Líder del año” debió comunicarse sin hacer mayor ruido. Con discreción. Sin pompa. Al Presidente no le conviene ser fotografiado en traje de etiqueta con espléndidas viandas al fondo. Más cuando la razón del reconocimiento se fundamenta en la transformación social, política y económica del país. Entiendo que a su alrededor abunden las lisonjas y aquellos que lo alaban el día entero.

Todos los presidentes los han tenido y los tendrán. Pero solo los mandatarios visionarios saben pasar filtro por la lluvia de adulaciones, para escuchar a quienes, con franqueza, les hacen ver sus vulnerabilidades y sus equivocaciones.

Otto Pérez Molina, que de tonto no tiene un pelo, cuenta con enemigos de peso que le están ganando la partida en varios campos. Pero los enemigos más nefastos los tiene en su mismo equipo. Están a su alrededor. Son quienes le envenenan la mente y lo enfrentan con antagonistas imaginarios; los que lo empujan al precipicio para salvarse ellos mismos de no desbarrancarse.

Las declaraciones acerca del sufrimiento por las penas que pasa “el Tri” fueron comidilla en redes sociales. Eso no le agrada a nadie, mucho menos a un presidente. Por ello, aunque le resulte harto difícil, es inaplazable que Pérez Molina asuma el patinazo y que convoque a asesores lúcidos que lo ayuden a salir del atolladero. Gente para eso hay. Alguna hasta la tiene cerca. Es su decisión. El adagio es claro: “No hay mal que por bien no venga”. Pero eso deja de funcionar si se insiste en tropezar con las mismas piedras.