Luis Felipe Valenzuela

Vivir de la lástima.

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

La gente que juega a víctima suele obtener ventajas y granjerías producto de la lástima que genera. Su manipulación, aunque burda, alcanza resultados inmediatos, porque apela a lo emotivo; a lo conmovedor. Siempre he sentido rechazo por los autocompasivos. Y sobre todo desconfianza. “Pobrecito yo” es la frase clásica que proyectan. Y aquello, en un mundo lleno de culpas y de conciencias perturbadas, funciona. Se da en las familias, por citar casos.

El hijo que se la pasa de juerga toda su vida, y que cuando envejece reclama el apoyo de sus hermanos, y hasta de sus ancianos padres, para que lo protejan. Ello, sin importar que unos y otros hayan trabajado e incurrido en sacrificios para cimentar su seguridad económica, mientras el otro se divertía. “Yo, el desamparado, que no tengo casa propia”. “Yo, el desvalido, que carezco de oportunidades”. “Yo, el sin empleo, que preciso de un respaldo para sobrevivir”.

Pero en muchas ocasiones, más que necesidades básicas, lo que termina cubriéndosele a quienes imponen esa injusta dinámica es una vida cómoda y disipada, por lo regular con vicios o desórdenes conductuales incluidos, los cuales el manipulador jamás se ve obligado a intentar revertir, por el apoyo irrestricto de sus cómplices co dependientes. Lo mismo ocurre en la sociedad.

Y en tal sentido, las fingidas víctimas son implacables en aprovecharse, y hasta en provocar, cualquier episodio que las haga ver como maltratadas por los poderosos, a quienes no siempre combaten con la convicción y la integridad que venden a sus adeptos. En mi experiencia periodística me ha tocado toparme con héroes postizos que proclaman un ferviente amor patrio, así como la “valiente” defensa de sus habitantes más débiles, aunque en buena medida lo que hagan sea sacar lucrativa raja de su activismo tramposo.

Y claro, sobran quienes les compren el argumento sin detenerse un segundo a analizar los contextos. Sobran quienes, irreflexivamente, los vean como adalides de la justicia, sin notar sus horrores éticos. Sobran quienes condenen a su supuesto verdugo, sin siquiera molestarse en verificar los hechos, para así convertirse -muchos sin saberlo- en parte del público acrítico de una pobre escena teatral, barata en histrionismo y dolosa en su prefabricación.

A mí me indignan aquellos que, además de amañar las situaciones, no les importa pasar por encima de la honra de gente que les ha dado, no el beneficio de la duda, sino la gracia de la confianza; una confianza múltiples veces otorgada, pese a repetidas advertencias recibidas de que se cometía un error abriéndoles la puerta. Por eso pienso que solo hay algo peor que un “dos caras”. Me refiero al “dos máscaras”.

Ése que además de falso es un descarado.La autocompasión se utiliza también como recurso laboral y como herramienta de estafa. Por años he visto la permanencia de mediocres y de corruptos en oficinas privadas o puestos de gobierno, solo por la lástima que hábilmente inspiran en mandos superiores. “Usted es como mi padre”, le decía una subalterna a su jefe para conmoverlo hasta el tuétano. Y entre lloriqueo y lloriqueo, luego de dos recortes de personal, sobrevivió en la plaza a pesar de su ineptitud.

Los autocompasivos son muy peligrosos para cualquier ambiente de trabajo. He visto a varios que parecían rectos y bondadosos, pero que resultaron siendo hampones de ligas mayores. Y he visto a otros que, sin recato ni rubor, hacen y deshacen con sus tropelías delictivas sin que nadie se atreva a ponerles un alto. En este país, en el que abundan las víctimas verdaderas, es doblemente agraviante que las víctimas impostoras cosechen tanto éxito.

Mas yo confío en que tarde o temprano, la careta no les aguantará y sus facciones reales, esas que reflejen sus retorcidas almas, serán ventiladas con el escarnio público correspondiente. Me molestan los autocompasivos familiares. Me ofuscan los autocompasivos de oficina. Pero los autocompasivos que, disfrazados de nacionalistas juegan a defensores de Guatemala, me repugnan. Especialmente si andan en carro blindado.