Luis Felipe Valenzuela

Aunque nos cueste tanto.

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

No hay respeto por la vida en este país. Lo sabemos de sobra. Vivimos inmersos en esa cultura cruel y virulenta. Como si la muerte fuera parte de un juego perverso en el que la ruleta fatídica de nuestros pasos apostara siempre al número, no de la fortuna, sino del milagro. Nuestra risa suena a humor negro. Intuimos permanentemente que un balazo puede venir hacia nosotros. O que un puñal nos aguarda a la vuelta de la esquina. O que alguna enfermedad oportunista se encuentra al acecho del hospital desprovisto. O tal vez que un autobús sobrecargado se desbocará en un precipicio, porque no habrá autoridad que prevenga semejante tragedia con la severidad y la solidez de un Estado serio.

Y todo lo vemos normal, como realmente resulta siendo. No vale nada la vida, aunque nos cueste tanto. Morir en hechos de sangre es un “hoy por ti, mañana por mí”. Nuestra poesía debería inventar el endecasílabo luctuoso. O perfeccionar la narrativa de la esquela. O el teatro que lapida sus diálogos en la cotidianeidad del ataúd. Aquí matamos hasta a la Real Academia. Total, qué más da. Mientras tanto, nuestros políticos no dan la talla para estadistas y se deleitan en el festín de protagonismo que los evidencia en el más cínico y barato de los vodeviles.

A todos les encanta salir en la foto. Verse en la tele. Oírse por la radio. Saturar su perfil de Facebook. Ser trending topic en Twitter. Pavonearse en los centros comerciales como figuras de farándula. Pero a la hora de luchar por la gente se quedan mezquinamente cortos. Son enanos mentales y desalmados de vocación. Se atascan de dinero. Se embrutecen de poder. Magnifican la prepotencia. Primero desde la oposición y luego al alcanzar la “guayaba”.

¿Cómo entender un país tan sádico y a la vez tan masoquista? ¿Cómo aceptar que los depredadores enarbolen su implacable bandera bajo el amparo de una motosierra a sus anchas? ¿Por qué abundan los funcionarios que, en vez de asumir responsabilidades cuando ocurre una desgracia como la de San Martín Jilotepeque, lo que procuran es endosarle los platos rotos (o las vidas rotas) al otro? ¿Será que lo hacen conscientes de que nuestra vertiginosa y criminal realidad siempre disipa el furor mediático con más sangre y más caos?.

Es patética la derrota del Estado en las penosas circunstancias antes descritas. Y esa derrota se repite y se multiplica en nuestras atiborradas cárceles, incapaces de rehabilitar reclusos, o sencillamente de mantenerlos bajo control. Esa derrota nos carcome y nos diezma en los quirófanos insuficientes de nuestra red hospitalaria, o en la represiva estructura salarial de nuestra estable macroeconomía. Esa derrota condena a los eternamente vulnerables al temporal de turno a que el chubasco repentino se vuelva catástrofe, muy probablemente por dragados hechos tarde, mal y nunca, contratados a precios de oro, sin que hasta hoy se logre una sola captura al respecto.

Vemos tan habituales los ataques armados o los siniestros en el transporte, que ya ni siquiera nos indignan dignamente. No digamos la diarrea infantil que termina en acta de defunción. Es asimismo común que el padrastro abuse de la hija adolescente de su pareja y que tenga hijos con ella, o que infinidad de jueces absuelvan al culpable obvio, o bien que el corrupto se salga con la suya, aunque todos sepamos lo ladrón que es. ¿Y por qué pasa eso?, se preguntarán muchos. Y la respuesta es categórica: “Porque se puede”, como diría mi apreciado colega Carlos Dada, director del semanario salvadoreño “El Faro”.

Y como “se puede”, cada vez se adhieren más entusiastas que hacen de la muerte un próspero negocio. Matar, paga; promover la justicia conlleva persecución. La anomia encuentra en nuestras calles su paraíso interminable. Creemos con una ignorancia que raya en complicidad, la verborrea demagógica del ruin más turbulento, y hasta le toleramos que se dé baños de pureza. Y así, le rendimos pleitesía al fariseo como que si fuera profeta.

çAsí matamos la esperanza, antes de que nazca. Muy proactivos nosotros. Muy dinámicos. Competentemente competitivos en lo que nos compete. ¿Considera que estoy exagerando? Ahora mismo argumento: se mueren 47 personas en una tragedia vial y recordamos con rabia, aunque también con cierta indiferencia, que algo similarmente amargo ocurrió en 2008 y que las cosas siguieron igual de sobornables y de indolentes. Es decir, no ha habido más desgracias, solo por puro milagro de Dios. Porque aquí no vale nada la vida. Nada. Aunque nos cueste tanto.