Luis Felipe Valenzuela

Le pido a Dios.

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Días atrás mandé un tuit que decía exactamente esto: “Hay más violencia en Guatemala por falta de ciudadanos que por falta de policías”. Aclaro que la inspiración me vino de una frase de la Madre Teresa que habla del hambre. Y aclaro también, por si acaso, que cuando le envié lo hice con una dosis de lirismo y otra de realismo. La frase suena redonda. Pero, en estricto sentido crítico, es mitad y mitad. Lírica, porque el paso de ser habitante a ser ciudadano requiere de un proceso que no es precisamente fácil en un país como el nuestro, en el que el miedo a participar lo asimilamos en casa por medio de las historias familiares que nos deforman con un bienintencionado discurso basado en la máxima de que “en boca cerrada no entran moscas”.

Sin embargo, está claro que desprovistos de ciudadanía activa, el reino de los políticos corruptos y de los voraces particulares que se aprovechan de nuestra debilidad institucional durará decenios. Y eso, de lírico, no tiene nada. Todo lo contrario: es una visión terrorífica de los escenarios que nos esperan si antes no surge un liderazgo vigoroso que despierte nuestras conciencias y logre llevarlas a la acción.

Y es ahí donde la frase adquiere un realismo contundente. Porque solo con una sociedad civil enjundiosa y firme, capaz de coaligar y fundir al sector privado decente con los pocos políticos que se dan a respetar, podremos armar la tormenta perfecta para que se desmorone el Estado mercantilista y despiadado que nos imponen los dueños de los privilegios, tanto aquellos que los detentan con fachada presentable como los que lo hacen desde la estridencia vulgar y en ocasiones anónima.

En tal sentido, el tema del crimen, siempre tan de moda entre nuestros pesares y nuestras angustias, es un pasadizo ineludible en cualquier caminata mental que intentemos. Más allá de los datos estadísticos y de las noticias espeluznantes como la de la matanza de San José Nacahuil, percibo un repunte en los hechos de sangre y en el raterismo descarado que nos acoquina. Y frente a semejante desesperanza, ¿hacia dónde ver? ¿Con quién quejarse? ¿En qué hombro ir a buscar consuelo? Es terrible lo que escribo, pero me parece que no tenemos hacia dónde ver, ni con quién quejarnos, ni hombro para encontrar consuelo.

Lo único que nos queda es rezar y abstenernos de cometer imprudencias, las cuales, aclaro, no llegan en buena parte de las veces a osadías. No. Se trata de “imprudencias” que, en millones de dolorosos casos, son las vivencias cotidianas de subir a un autobús, caminar por la calle rumbo al trabajo, viajar en automóvil con un celular, o sencillamente detenerse en una farmacia a comprar una aspirina y, por semejante atrevimiento, ser asaltado a mano armada, con el riesgo de no salir vivo de la pesadilla.

Es decir: quien vive en Guatemala no se separa del peligro, salvo que se haga acompañar de un séquito de guardaespaldas, porque, tal como se vio en un fallido atraco en la zona 9, llevar solo uno apenas garantiza lo mínimo, pues el joven a quien quisieron arrebatarle su teléfono, de todas maneras resultó herido de bala. Y si hablamos de rezar, conviene no caer en la iniquidad íntima de únicamente suplicar al Todopoderoso para que “no sea yo ni uno de los míos” los que sufran la embestida de la violencia, sino pedir por la población en general, aunque nos cueste ser tan magnánimos en nuestras oraciones.

Ironías aparte, considero impostergable que busquemos una vía coherente y posible para apostar por una Guatemala sin tanta desigualdad de aquí a 10 años. Que empecemos, de una buena vez, a enmendar las enormes gradas que distancian a los millonarios de los paupérrimos. A fortalecer la clase media. A invertir en la gente. A no permitirnos barbaries en materia social. Y eso pasa por definir bien el debate y en no perdernos, como solemos, en polémicas inútiles. Esto ya no es un asunto de derechas e izquierdas, sino de víctimas potenciales sin distinción ideológica.

Suena motivador eso de que “hay más violencia en Guatemala por falta de ciudadanos que por falta de policías”. Pero en la medida en que nuestro sistema político no dé el paso para corregir este perverso modelo electoral y clientelar, sonará más lírico que realista, porque de ser una buena frase para tuitear no trascenderá. Y eso es triste. Acongojante. Desolador. Me faltan adjetivos para describirlo. Es para llorar. Mientras tanto, la ruleta es nuestro destino implacable. ¿Quién será el próximo en ser víctima? ¿Mi amigo? ¿Mi madre? ¿Mi compañero de trabajo? ¿Mi primo? ¿Yo? Rezo por todos. Me persigno. Le pido a Dios.