Luis Felipe Valenzuela

Pasión por la Impunidad.

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Absolutamente inaceptable que la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) intimide, aunque sea veladamente, a un magistrado. Y si la ONU decide investigar y verifica lo dicho por el hoy presidente de la Corte de Constitucionalidad (CC), Héctor Hugo Pérez Aguilera, en cuanto a que el ex secretario de la Comisión lo visitó para hacerle advertencias indecorosas, el escándalo será mayúsculo.

Y ello, en mi opinión, le caería de perlas a nuestro país, sencillamente porque la ONU no podría quedarse de brazos cruzados y tendría que hacer cirugía mayor en el experimento que aquí desarrolla. Mucha tela que cortar en este episodio. Lo primero: ¿Fue correcto de parte de la CC limitarse a enviar una carta al comisionado Francisco Dall’Anese, o debió hacer pública la amenaza inmediatamente? Considero que después de un tiempo prudencial sin obtener respuesta, una declaración a los medios era el camino indicado. No creo, además, que las presiones a la Corte lleguen solo de esa entidad internacional.

Aquí presiona el que puede y donde puede. La CC no tiene por qué ser excepción en ser víctima de ese tipo de aberraciones, razón por la que deduzco que si de advertencias feas se trata, deberían registrarse todas en acta, no únicamente las de la CICIG. De cualquier modo, a nadie extraña que la Comisión se manche con horrores éticos como este. Las críticas en su contra abundan. Muchas de ellas con razón. Pero algunas no. Y eso me sugiere otros razonamientos espeluznantes.

Uno, que la CICIG nació muerta, no porque fuera inconstitucional o por incubar desde sus inicios un ente maligno planificado por cerebros torcidos, como aseguran los recalcitrantes que la adversan. No. Como idea, la CICIG era y es aún excelente. El organismo más podrido del Estado guatemalteco es el Judicial. Y es al que menos seguimiento le damos los medios de comunicación. Nos gusta más el jolgorio circense y corrupto del Congreso o los exabruptos no menos chocarreros e indecentes del Ejecutivo.

Pero rara vez le prestamos atención a los crímenes diarios que ocurren en los tribunales. A lo que se suma la permanente vocación de este sistema por negociar impunidad, sea desde las diversas esferas del poder económico, o bien desde cualquier grupo del crimen organizado, pasando por el ratero común y vulgar que entra y sale de las cárceles. La CICIG tendría que ser una institución con la que nadie pudiera transar para salir en caballo blanco después de delinquir.

Eso nos urge. Contrario a ello, la Comisión se ha adaptado en algunos casos a las condiciones del terreno, como siguiendo al pie de la letra el adagio de que “al país que fueres, haz lo que vieres”. Pero con todo y ello, pienso que la CICIG puede replantearse y fijarse metas cumplibles para 2015. Por ejemplo: logrando una incidencia crucial en los procesos que vienen el año entrante, es decir, generando esperanza de que los delincuentes no van a copar las instituciones aun en formación.

Es cara la CICIG para la Comunidad Internacional. Pero más cara puede resultar para nosotros, si al final desperdiciamos esta oportunidad. Insisto: es inaceptable que la Comisión incurra en vicios y delitos que distinguen de mala manera al hampa. Pero no deja de ser curiosamente reveladora la cruzada en su contra, cuando muchos de los mismos que la descalifican implacablemente, callan ante infamias cotidianas de nuestro sistema de justicia, o bien son obvios cómplices de causas retrógradas que a veces rayan en lo criminal.

Y claro, hay detractores de CICIG que responden a obsesiones ideológicas. De hecho, estoy seguro de que si en vez de ser la Comisión Internacional Contra la Impunidad, cambiara el significado de la “I” de su nombre y quedara como la Comisión Internacional Contra los Impuestos, sería venerada por más de algún sector. Asimismo, convendría que quienes la apuntalan sí o sí, se detuvieran un instante a exigir una CICIG más vigilada, para así impedir que la inmunidad del plan original se vuelva impunidad en detrimento de ciudadanos honrados.

Si trae la voluntad de hacerlo, el nuevo titular de la Comisión puede limpiar la mesa y cambiar el rumbo. Una CICIG con vigor y solvencia podría ser muy útil para dar pasos importantes en la lucha contra los Cuerpos Ilegales y los Aparatos Clandestinos de Seguridad. En contraste, una CICIG que negocie con los poderosos, que se amilane frente a los grandes criminales, que le haga el juego a los políticos de turno, o que actúe fuera de la ley, es mejor que se vaya cuanto antes. En resumidas cuentas, la ONU tiene la palabra. Y también nosotros. Ya va siendo hora de que abandonemos nuestra pasión por la impunidad.