Luis Felipe Valenzuela

Yo también tengo un sueño.

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

El pasado sábado se conmemoraron los 50 años del célebre discurso de Martin Luther King, cuya inolvidable frase “Yo tengo un sueño” ha trascendido generaciones para convertirse en referencia, inspiradora y obligatoria, para aquellos que buscan la igualdad en los derechos civiles en cualquier parte del mundo.

Es curioso, y a la vez revelador, que pese a que Estados Unidos sea hoy gobernado por Barack Obama, casi el 80% de la gente de color que allí vive considere que aún falta mucho por hacer en materia de equiparación entre razas. Como lo apunta una nota de El País, cuando en el hoy lejano 1963 fueron pronunciadas aquellas palabras por Luther King, “el matrimonio interracial” del que nació Obama estaba aún prohibido en 20 Estados, el derecho al voto de los negros no era aún respetado en la mayor parte del sur, y a éstos se les llamaba negros.

Hoy… los negros votan en mayor proporción que los blancos y se les llama afroamericanos”. Estados Unidos ha caminado desde entonces. No lo suficiente, tal vez. Pero hace tan solo 10 años, difícilmente alguien hubiera podido siquiera imaginar que un hombre de color llegara a la Casa Blanca.

A propósito de ello, me pregunto: ¿Habrá algún líder en nuestro país, cuyo discurso sea capaz, no digo de hacer conciencia de lo obvio de nuestras desigualdades, sino de calar en la mente de élites y de clasemedieros para que se comprenda, de una buena vez por todas, que Guatemala ha sido, y es, un país más racista e injusto de lo cristianamente soportable? Es cierto que también hemos dado pasos.

Pero solemos limitamos a llenar la cuota mínima de lo políticamente correcto, y no intentamos de manera seria subsanar el enorme abismo que separa de las oportunidades a quienes nacen en la capital, en una familia de ciertos recursos, con aquellos que ven la primera luz en un hogar ixil o cakchikel.

Entiendo que es mucho más cómodo mirar hacia otro lado, o bien proclamar que los indígenas son necios y que no les gusta el desarrollo, aunque en realidad ése sea uno de los tantos argumentos heredados de la infame palabrería del conservadurismo cerril. Y no sugiero tampoco que los capitalinos, para enarbolar la bandera de la igualdad, se vistan con trajes regionales. Ese no es el caso. De hecho, según me cuentan, para que en los años 60 y 70 –del siglo pasado-, se volviera medio de moda entre los hippies guatemaltecos usar güipiles y camisas típicas, primero tuvieron que ser lo turistas gringos los que lo hicieran y así lo “validaran”.

Basta con hacer este sencillo ejercicio: cuente cuántos diputados indígenas hay. O cuantos ministros. O cuántos altos dirigentes del CACIF. O cuantos presidenciables. No es que abogue precisamente por asignar cuotas, sino que me decanto por un punto medio, pues me perturba la asimetría con la realidad que presentan esos casos. Pese a que las estadísticas reflejen un 42% de indígenas en el país, todos sabemos que ese porcentaje es mayor.

Y entiendo también que el más fogoso orador antirracista ladino tendría un dilema existencial si su hijo apareciera con una chica vestida de corte y la presentara como su novia. Estamos todavía muy contaminados por el peso de los prejuicios. Sin embargo, va siendo hora de asumirnos como lo que somos. Guatemala es diversa. Por ello, no se trata solo de concentrarse en que los indígenas tengan acceso a las oportunidades.

Oportunidades debemos procurarlas para todos. Esa es la verdadera justicia. Pero claro, es preciso empezar por las prioridades. Y aquí, la desnutrición infantil es la que impone una atención inmediata y sin excusas. Desnutrición infantil sufrida sobre todo por niños indígenas. Desnutrición infantil que exige un drástico alto en la corrupción gubernamental. Desnutrición infantil que urge de más empresas sumadas a las prácticas de responsabilidad social, para que no sea el lucro su única razón de existir. Desnutrición infantil que motiva a quienes se digan a sí mismos seguidores de Cristo, no para la caridad, sino para las más osadas acciones ciudadanas.

Guardando las enormes distancias con un hombre fuera de serie como Martin Luther King, yo también tengo un sueño: quiero vivir en una sociedad en la que la desigualdad no sea una afrenta. Y para eso, resolver la desnutrición infantil es inaplazable. Hoy es 27 de agosto de 2013. ¿Cómo iremos a estar dentro de 50 años? Al paso que vamos, peor. Pero no podemos aceptar la derrota. Por fortuna, hay gente que no se conforma y que lucha en este sentido. Insisto: yo también tengo un sueño. ¿Y usted?.