Luis Felipe Valenzuela

Broken Wings

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Agosto de 1987: Voy subiendo las escaleras eléctricas del Géminis 10. Bajando en el lado opuesto veo a una amiga que va con su novio. Ella se sonríe conmigo y nos saludamos. Pero yo noto incomodidad en su expresión. Segundos turbios

. La corazonada me obliga a seguirla en su descenso, y mi impresión es que el prometido le está apretando el cuello. ¿Habrá intuido él que ella y yo salimos un par de veces años atrás? No logro comprobarlo por la distancia, pero podría jurar que algo desagradable ocurrió entre ambos en ese momento. Instantes después, los pierdo entre la muchedumbre de aquel sábado por la tarde.

Pero la espinita me queda. Al personaje, que es real, le llamaré Susana, aunque su nombre sea otro. Mujer guapísima. Y muy sensible. Él será Esteban, ficticio también. Al otro día fui a Nueva Orleans a la primera cobertura seria de mi carrera. Por eso ubico las fechas. En el avión, recuerdo, llevaba clavada en la mente la escena de las escaleras. Durante el viaje, sonaba al fondo “Broken wings”, canción del año anterior.

Finales de 1996: Hace mucho que no veo a Susana. En casi un decenio, lo único que esporádicamente he sabido de ella es que tiene cuatro hijos. Me encuentro con su hermana en un café; alcanzamos a conversar un par de minutos. Pregunto por ella y la respuesta es escueta: “Muy bien, viviendo en Las Charcas. De arriba abajo con los niños”.

Intento saber detalles, pero la evasiva es cortante. No insisto más. Ni siquiera el número telefónico consigo. Igual, no la hubiera llamado. Casualmente, oigo “Broken wings” en la radio. Revivo entonces la imagen de las escaleras eléctricas en el Géminis. El “muy bien” de la hermana no me hace click. Aquella tarde entrevisté a Guillermo Toriello Garrido. Al siguiente día, se firmó la paz.

Aproximadamente un año más tarde. Susana, a los 33, no es ni la sombra de lo que era a los 20. La veo de lejos en el supermercado. Quisiera saludarla, pero no sé si va con el esposo. La evito un par de veces entre las góndolas. En la caja, sin embargo, coincidimos. Es grato abrazarla y oír su voz. La veo pasada de peso y desmejorada, sin su maravilloso pelo azabache.

¿Cómo le va?, inquiero. “Muy bien”, responde como en automático. “Un día hablamos”, añade nerviosa. Nos despedimos con un gesto entrecortado. Ahora no oigo “Broken wings”. Pero la silbo en mi camino hacia el carro. Susana me deja sumamente preocupado.

Años después, en otro café. Estoy a la espera de una fuente con quien voy a charlar acerca de un tema espinoso. Desde mi mesa veo pasar a las familias que abarrotan ese centro comercial. La impuntualidad de mi interlocutor me permite observarlo todo. Entonces aparece Susana. Está otra vez delgada, como en sus mejores tiempos, pero lo demacrado de su rostro se percibe a la distancia.

Va discutiendo con Esteban; es embarazosa la escena. Es 2005 o 2006. Mi fuente arriba y ellos se esfuman de mi vista. La música del lugar es de elevador. La plática, muy intensa. Muchos datos. Yo apunto. Pero mi mente sigue en Susana. No creo que le esté yendo tan bien. Van a pasar varios años para que vuelva a topármela.

Hace un par de días, en el ascensor de un edificio médico.

Se abren las puertas y entra ella. Tiene casi 50, pero se ve renovada. Los dos vamos de salida. Y sin prisa. El café más cercano nos sirve de pretexto. Susana viene del psiquiatra. Está feliz con su terapia y siente que ha recuperado su vida. Me lo suelta todo. “Por fin me divorcié de Esteban. Logré dejarlo gracias a un nuevo amor que me protege de él.

A mí y a mis hijos”. No me sorprende su historia. Menos aun cuando me libera de una duda que me había acompañado por más de 20 años: “La tarde en que nos encontramos en el Géminis, por poco me mata; sus celos eran patológicos. Siempre fue así. Me golpeó desde que fuimos novios; me aterrorizó. Mis papás siguen presionándome para que vuelva a su lado. Es mi culpa por no haberles dicho nunca”.

Le pregunto por qué me lo cuenta. “Por Íngrid Conedera”, me contesta sin vacilar. “Y por Cristina Siekavizza”, agrega de inmediato. “Es urgente que los medios le abran los ojos a las mujeres que son maltratadas. Yo pude haber muerto por una paliza de mi marido. Y si ahora creo poco probable que me mande a matar es porque lo denuncié”. Nos quedamos hasta que cierra el café.

Sus relatos son espeluznantes. Susana sufrió lo indecible con Esteban. Me alivia verla tan resuelta. Llego a mi casa y busco entre mis viejos CD. Hay uno de éxitos con una canción de Mr. Mister; es “Broken wings”

. Respiro hondo. Pienso en Susana y en su pelo azabache de cuando tenía 20. Treinta años después volvió a volar. Sus alas no llegaron a romperse del todo. Es libre y vive para contarlo. De milagro. De puro y auténtico milagro.