Luis Felipe Valenzuela

Adiós, compañero

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

En una librería del D. F., durante su tercer año de exilio, Marco Antonio Flores, “el Bolo”, solía ir a un café que entonces era frecuentado por otro escritor: Juan Rulfo. Nunca se hablaron. O, para ser exacto, Flores nunca se le acercó al autor de Pedro Páramo, pues notó que su actitud era muy huraña.

Desde que me enteré de que era él, empecé a observarlo… a nadie le daba párrafo…Tenía una mirada hosca…”. Eso me lo contó en una entrevista que le hice en 1996. En realidad hablamos muchas veces, tanto en términos periodísticos como personales. No las suficientes, he de admitir.

Y ahora que Marco Antonio ya no puede leer esto que escribo, debo confesar que, de haberlo visto en un café antes de conocerlo, posiblemente no me le hubiera acercado, porque la imagen que tenía de él era precisamente la de un hombre áspero. Y, en parte, así era. Sin embargo, disfrutaba plenamente ayudar a los escritores en formación. Darles los nortes del oficio.

Encaminarlos a encontrar su propia voz; esa voz que él proclamó desde siempre en sus obras y en su vida. Al “Bolo” el apodo no le vino por borracho, sino por errático a la hora de jugar futbol. De hecho, nunca lo vi pasado de copas. Ni siquiera aquel inolvidable sábado en que conversamos la tarde entera, al tenor de un vino que, a lo Vallejo, había enviudado de una botella, y que terminó entre el pecho y la espalda de nuestras palabras.

Marco Antonio fue un amigo leal. No dudó en llamarme cuando un colega me levantó un falso ni en defenderme cuando creyó justo argumentar en mi favor. También fue franco cuando mis escritos no le gustaron. Eso se lo agradezco de verdad. Mucho más de lo que pude expresárselo en vida.

Era un literato único. Les parezca o no a quienes lo lean, nadie queda indiferente a sus detonaciones narrativas o poéticas. “Los compañeros “ fue para mí la revelación desgarradora del mundo que me rodeaba; la experiencia iniciática de la estética del coraje.

La novela debió ganar el premio Biblioteca Breve 1972, pero, según me contaba “el Bolo”, el editor Carlos Barral influyó en el jurado para no otorgárselo, pues la inminente censura en España dejaba sin patrocinio al concurso. Por esa obra fue acusado de ser delator. Y al respecto, en una entrevista de 1992, me dijo: “No delaté a nadie… Desde el principio quise hacer una obra de ficción”.

Después le pregunté si su irrupción en las letras latinoamericanas hubiera sido diferente de haber ganado aquel premio. Su respuesta fue categórica: “No…La crítica, el repudio, el aislamiento y la calumnia no lo hubieran permitido por un lado,… me acusaban de ser un agente de la CIA; por el otro, de que era un subversivo… La izquierda no aceptaba disidencias ni crítica interna…”.

La novela, igual, es la más vendida en Guatemala en los últimos 20 años. En el filo, otra de sus obras, me enseñó la crudeza moral y sangrienta de la lucha armada, contada en un tono cinematográfico. No entiendo cómo aún no se ha producido una película basada en esta novela. El guion está casi listo en sus páginas. Marco Antonio no era precisamente popular entre muchas personas.

Varios de mis amigos en el círculo artístico no lo tragaban. Es comprensible en algunos casos, porque con nombre, apellido y apodo novelaba historias que podían herir a quienes mencionaba. Tanto así que un entrañable crítico me espetó una vez algo que se me hizo intrépidamente significativo: “El Bolo” es el único autor que insulta a sus personajes”.

Pero cariños y odios aparte, es innegable su aporte a la literatura de habla hispana. El rescate de nuestros coloquialismos. Lo descarnado de su estilo. Hay un poema en que se describe con tierna inclemencia: “Sastre mi abuelo por parte de padre/sastre mi abuelo por parte de madre/ sastre mi padre, sastre mi tío, costurera mi mamá. /Yo aquí, zurciendo, bordando, bordoneando estos poemas en vez de trabajar./Soy un desastre. Aprendí mucho de él.

Su confianza hacia mí fue siempre incondicional. También su afecto”. “En la lucha armada, no fue mi sueño el que fracasó, sino la realidad”. Esa realidad que lo inspiró a escribir algunas de las obras narrativas más memorables de las letras nacionales.

Y como Juan Rulfo, aunque parecía hosco, “el Bolo” era un hombre vulnerable y paternal en múltiples sentidos. Anárquico y rebelde por vocación, Marco Antonio Flores construyó muros de luz en su viaje hacia la noche y siempre dejó correr su voz acumulada. Adiós, compañero.