Luis Felipe Valenzuela

Pronóstico del tiempo

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Voy en el tránsito bajo la lluvia; es sábado por la tarde. El bulevar está saturado de automóviles, presumiblemente con familias que van en busca de solaz.

Es lo normal entre la clase media. En el camellón, en medio del diluvio, una madre que pide limosna al lado de un niño que apenas llega a los cinco años. Ambos, empapados. Ambos, a la deriva. Ambos, como millones.

El pequeño, con una expresión confusa, se ve temeroso y frágil; aunque no sea ni la primera ni la última vez que lo vive. A la madre no alcanzo a distinguirle el rostro.

Medito: Qué crimen que ocurran cosas así. Suena el teléfono. Es un amigo que me propone vernos ahora mismo.

“Para tomar un vinito”, me dice. Sin muchas palabras me excuso y sigo viendo el cuadro frente a mí. Pero mi amigo insiste: “Trabajamos tanto que vale la pena divertirnos el fin de semana”.

Y por mi silencio, a modo de respuesta, añade: “Como dice la canción de Genesis, deberías de ser un weekend millionaire”. No logro asimilar el comentario, pero me libro por fin de su gentil y bohemia convocatoria.

Apenas entonces he dejado atrás al “pedacito de gente” que recibe la ira del vendaval, sin siquiera la esperanza de guarecerse pronto en un techo seguro, darse un baño caliente y cambiarse de ropa.

Pienso: ¿Qué sentirán los innumerables corruptos que han esquilmado la arcas nacionales al toparse con una escena tan estremecedora como esta? ¿Les dará algún cargo de conciencia, o pensarán que “así es la vida y pobres habrá siempre”? ¿Cómo la verán aquellos que se han enriquecido con casi todas las de la ley, pero repitiendo la estructura socioeconómica de Guatemala en su política salarial? ¿Pensarán acaso que ese no es su problema y que el Gobierno, en vez de robar tanto, mejor debiera ocuparse de esos menores que mendigan bajo una lluvia tan implacable? ¿Qué sentiría mi amigo, con quien recién acabo de colgar y que insistía tanto en que debemos ser “millonarios de fin de semana”? ¿Será que no le dolería hasta el último rincón del alma presenciar semejante injusticia?

Confieso: no soy la Madre Teresa como para situarme en el podio de los altruismos. Si tan consciente social fuera, lo mínimo sería detener el automóvil y darle una salida digna a esa tragedia de la cotidianeidad. Pero no: sigo de largo; continúo el rumbo de mi vida.

Total, con llevarme a mi casa al niño, brindarle una ducha caliente y comprarle una ropita barata no voy a solucionar nada de fondo. Total, soy como todos. O como casi todos. Y escribo “casi todos”, no porque piense en algún dadivoso y bonachón que de verdad detenga el automóvil y se lleve al pequeño (y a su mamá) para ofrecerles una tarde gloriosa y después, claro, despachárselos diciéndoles algo así como “lindo haberles servido, pero hasta aquí llega mi bondad”.

No. Lo digo por quienes, en serio, luchan para que el país cambie. Por aquellos que se niegan a recibir un soborno, aunque la necesidad apriete y su sueldo sea magro. O por quienes jamás ofrecerían ese soborno. O por quienes se atreven a denunciar maniobras de esa calaña.

Lo digo por aquel que dedica buena parte de su tiempo para que alguna institución se consolide. Por el o la que participa en instancias ciudadanas que procuran la igualdad ante la ley y el fin de los descarados privilegios para unos cuantos. Lo digo por algunos que son tan pocos y que siendo fundamentales no alcanzan por ahora. La lluvia arrecia.

Una angustia persistente y fastidiosa se apodera de mis nervios. Pienso en el niño que soporta un aguacero, probablemente por enésima vez. Suena de nuevo el teléfono. Mi amigo va por un plan B. Sugiere el vino cuando yo vuelva de mi paseo sabatino, aunque sea ya entrada la noche.

Medito: es justo que atienda su llamado. No soy la Madre Teresa. A nadie voy a dañar tomándome un par de copas con una amistad tan cercana. Sé, sin embargo que no contribuyo a cambiar el país y dignificarlo si solo trabajo para ser un “millonario de fin de semana”, como dice la letra de una vieja canción de Genesis. Eso está claro.

Mis parabrisas laboran a toda máquina; el diluvio sigue cayendo sin piedad. Pienso en el niño y me pregunto qué sentirá su mamá de verlo tan indefenso y tan sin futuro. Entonces enciendo la radio y oigo el pronóstico del tiempo: el Insivumeh dice que las lluvias se intensificarán a partir de mañana.