Luis Felipe Valenzuela

El latoso del coctel

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Estoy en un coctel. Percibo algarabía en los cuatro puntos cardinales. Da gusto saludar a mucha de la gente que asiste. Pero no a los que son más falsos que un billete de Q2. Alguien se acerca y, entre supuestas amabilidades, me lanza una crítica mordaz.

Me espeta: “Te oigo por la radio. Una mañana te confundiste y en vez de decir Tobby McGuire, mencionaste a Jerry McGuire”. De lo cual, por cierto, no me di cuenta. Mi agudo oyente prosigue en sus comentarios. “Ustedes los periodistas no comprenden la realidad de Guatemala.

Aquí no funciona la democracia; la gente por mal quiere. Y solo así entiende”. Respiro hondo y evito la argumentación estéril. Pasa el mesero y me entrega un vino; en el panorama distingo caras agradables con las que me interesa platicar. En el camino cruzo apretones de manos y abrazos con amigos muy valiosos.

Los datos van desfilando por mi mente y aspiro a que los importantes encajen en mi memoria. Un funcionario me saluda de lejos; veo en sus ojos el reproche por algo que escribí. No me afecta. Total, es mi trabajo. Y quien se mete a lo público debe saber que no es un lecho de rosas, mucho menos cuando los errores son tan crasos. Mi crítico mordaz sigue al acecho.

Ahora aparece despedazando a unos colegas a quienes aprecio y respeto. Vuelvo a respirar hondo para no caer en su provocación. Me salva, por el momento, el acto protocolario. No por mucho tiempo, he de decir. El discurso es corto y la fiesta continúa. El sujeto sabelotodo me enfrenta ahora acompañado por un activista de esos que juegan a ser gente de prensa, pero que en realidad sirven a sueldo las agendas del mejor postor.

Me atrapan en un callejón sin aparente salida. Y la perorata es de una retórica fatigosa y burda. Soporto sin mayores sobresaltos los señalamientos en mi contra. Total, es mi trabajo. Mas no ha sido un día fácil ni relajado. Y como ser humano, sé que estoy a punto de colapsar.

Decido entonces escabullirme, como pueda. Lo logro a medias. El anfitrión del sarao proclama con entusiasmo que su capacidad de convocatoria le permite departir con todo el espectro político del país, y ello me detiene los segundos suficientes como para ser alcanzado por mi acérrimo perseguidor.

Y es cuando compruebo que sus intenciones son mucho más ofensivas de lo que pensaba. Lo que quiere es sacarme de mis casillas. Y es latoso a más no poder. Pasa el mesero y me sirvo un jugo de naranja. No lo pienso más: es momento de ripostar la artillería de agresión pasiva y no tan pasiva de este sujeto. Va a ser fastidioso, porque es un extremista.

Y los extremistas suelen ser obtusos y retrógrados. Me protesta por un tema que toqué semanas atrás. Desmenuza todos mis errores y compara mi desempeño con el del activista que juega a ser gente de prensa. “Él sí es un buen guatemalteco”, me insiste.

Me la pienso dos veces; será inútil plantearle mis puntos de vista. Pero cuando vuelve a entrar en los señalamientos de forma y no de fondo, lo interrumpo y le hago ver que las pifias en los medios, que las hay y no las niego, son parte del proceso falible del hombre común. Y así se lo digo: “Cuando en su oficina alguien se equivoca, se enteran cinco o diez.

Cuando se equivoca un periodista, se enteran miles”. Y le pregunto: “¿Cuándo fue la última vez que falló en su profesión?”.Silencio sepulcral. Media vuelta derecha y bye bye. “Me libré”, pienso con alivio. Me dirijo hacia la salida. Mucha gente en el camino. Cuando estoy casi en la puerta, uno de los colegas que recién fue descalificado por el aguafiestas se me acerca con amigable tono y me revela el misterio detrás de la persecución.

“Fuiste muy rudo con él”, me dice. Y ante mi expresión atónita añade. “Ese siempre quiso ser periodista y no pudo. Es amargura la que proyecta”. Me despido con un apretón de manos. Al llegar a mi carro recibo más información de mi mordaz crítico. “Lo despidieron hace meses y no tiene trabajo”, afirma una fuente confiable. “No solo con tu persona se ensaña; lo hace con todos”. A lo lejos, lo veo abandonar el lugar.

Pero es él quien se ve abandonado. Cuando lo encuentre en el próximo coctel, seré más cauto en hablarle. Hago memoria y reflexiono: no es el desempleo lo que lo hace ser tan hiriente; es su frustración.

Me lo revela su obsesiva manera de hallarle defectos a cuantos lo rodean. Esta vez me tocó a mí. No me deprimo por ello. Total, es mi trabajo.