David Trads

La lección de Chile: Mantenerse alejado de los extremos

David TradsCada uno de los dos principales candidatos presidenciales de Chile es el adecuado, ahora que están tratando de convencer abiertamente a los votantes de que su rival traerá de nuevo esa época socialista de Salvador Allende o que el otro traerá la era autocrática de Augusto Pinochet, pero en realidad esto está muy lejos de la verdad.

Sí, Michelle Bachelet, quien acaba de ganar las elecciones primarias de la oposición, quiere aumentar los impuestos y el gasto público. Y sí, Pablo Longueira, el candidato electo más importante de la derecha, quiere impulsar los negocios y reducir los impuestos. Pero, no: ninguno de los dos son candidatos extremos. Todo lo contrario: son moderados y están tratando de involucrar al votante indeciso del centro, ya que ellos son quienes deciden el proceso electoral.

Chile no marchará hacia atrás, sin importar quién gane. Hay infinidad de razones para creer que este país va a seguir su camino de prosperidad, ya sea con un leve giro a la derecha o la izquierda. De hecho, la clave del excepcional progreso económico de Chile en las últimas dos décadas, según observadores externos, es que el país se ha mantenido políticamente estable desde que se reinstaló la democracia.

Desde entonces, cinco presidentes han sido elegidos por un margen cada vez más estrecho y cada uno ha dejado su cargo y entregado el poder a su sucesor sin ningún tipo de resistencia. Los resultados de las dos últimas elecciones fueron muy estrechos, un camino típico de las democracias maduras, donde los políticos tienden a inclinarse más hacia el centro y menos hacia el extremo. La última elección fue ganada por la derecha y la anterior, por la izquierda.

Esta es la historia de un gran éxito democrático, de la cual otros países de América Latina pueden aprender mucho. La lección más importante es mantenerse alejado de los experimentos con extremos políticos y enfocar los esfuerzos en la solución de problemas reales del país austral. Obviamente, Chile, al igual que el resto de América Latina, sigue siendo una nación llena de paradojas.

Por un lado, tiene un éxito con tasas de crecimiento económico con un promedio de 5% al año durante las últimas dos décadas. Hoy es más rico que Portugal, Irlanda y Grecia, los cuales eran más poderosos que el país austral hace 20 años. Los chilenos son las personas más ricas en el continente con un ingreso anual promedio de 17 mil dólares. Mucho mejor que los brasileños y los mexicanos, quienes tienen un ingreso de 13 mil y 10 mil dólares, respectivamente.

Y por el otro, un fracaso si usted cree en una distribución más equitativa de la riqueza de un país. Cuando se habla de las economías más avanzadas, grupo al que pertenece ahora Chile, el país costero sale con la peor puntuación a la hora de medir la movilidad social, la igualdad, la pobreza y la capacidad de leer y escribir. La desigualdad entre los más ricos y los más pobres es dos veces más grande en comparación con naciones similares.

Pero cuando se trata de sacar números de Chile, los matices son evidentes: sí, la pobreza sigue siendo alta (18%), pero fue dos veces mayor hace dos décadas. Sí, el gasto público en educación sigue siendo bajo (4.2% de la economía), pero aún así es casi dos veces mayor que hace dos décadas. En otras palabras: las cosas se están dirigiendo en la dirección correcta, pero, por supuesto, todavía pueden ser mejores.

Comprender esto es clave: la estabilidad política ha creado un progreso para la mayoría de los chilenos; sin embargo, uno de cada cinco o seis chilenos, en un país relativamente rico, es pobre. Organismos internacionales, como el Banco Mundial, habitualmente sugieren que esta nación necesita aumentar sus ingresos fiscales y redistribuir la riqueza, para aumentar su productividad y así ser más competitivo y tener un mayor crecimiento económico.

El desarrollo chileno debe ser un gran motivador para el resto del continente. Es posible que otras naciones de América Latina puedan llegar a ser tan ricos y tan importantes como cualquier otro país en el mundo. Y con una mayor riqueza también es posible sacar a más personas de la pobreza.