Luis Felipe Valenzuela

Alfonso

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

La extradición de Alfonso Portillo me deja estupefacto de la peor manera. No por el fondo, sino por la forma. Y aun en la argumentación legal, cabría determinar si hubo o no excesos. Con todo, me pareció desproporcionado el modo en que fue conducido al avión.

Por lo abrupto y lo atropellado. Por el boato prepotente. Por lo alevoso y lo despectivo. Y a la vez por lo dramático. Alevoso, porque por más que le prueben vínculos con gente horrible, Portillo estaba sometido a la justicia y el aparato de seguridad para moverlo del hospital a la Fuerza Aérea más me dio la impresión de ser para un despiadado narcotraficante que para un expresidente.

Y aunque no me cuento entre los partidarios de que alguien goce de privilegios por investiduras pasadas, para todo existe medida. Tanto así, que lo despectivo se lo atribuyo más al pobre y servil manejo de las autoridades guatemaltecas que a los agentes estadounidenses que participaron en el operativo.

Total, los dejaron hacer lo que les vino en gana. Y lo dramático no hace falta explicarlo. Tan solo hace un decenio, Portillo departía en Washington con George W. Bush. Las vueltas tremendas de la vida; las historias de novela.

A Alfonso lo conocí a principios de 1990. Trabajamos juntos en la redacción de “Siglo Veintiuno”, donde nos hicimos amigos. Le gustaba la poesía de Sabines y la música de los Creedence. Pero, sobre todo la política y nunca escondió sus aspiraciones.

Además, era simpático como nadie y contaba muchos chistes que lo convertían siempre en el centro de la fiesta. Recuerdo nítidamente dos bromas que eran lo mejor de su repertorio: el de “Dos goles y una patada” y aquel de “Meme Taraluta”, portero zacapaneco que terminó siendo piloto de camioneta. Eran 30 minutos de risa asegurada.

Cuando me dio hepatitis, fue a verme varias veces. Y siempre mostró gran deferencia conmigo. Por ello lamenté que se uniera a un partido como el FRG que representaba, a mi criterio, un conservadurismo no acorde con su discurso. Sin embargo, al ganar la presidencia, llegué a pensar que podían hacer una mancuerna efectiva si se controlaban el uno al otro.

No fue así. Su administración estuvo plagada de escándalos que él no supo o no quiso controlar. Lo vi solo una vez durante aquellos días. Con otros dos amigos de la temporada periodística, decidimos encararlo y plantearle un cambio de rumbo. No pudimos.

La noche en que se dio la reunión, en vez de recibirnos a solas, invitó a más gente y terminamos en un bar del pasaje Aycinena conversando sin sustancia en medio del bullicio. Al completar su gestión me llamó por teléfono.

Sentimental como es, lloró y me dijo que entonces sí íbamos a poder vernos como en los viejos tiempos. Tampoco sucedió. El resto de la historia es del dominio público. Y aunque intenté un par de veces ir a verlo a la prisión, me inhibió el hecho de que algunos de sus allegados y familiares me retiraran el saludo, supongo que por haberlo criticado cuando ejerció como presidente.

Me arrepiento ahora de eso. No por haberlo criticado, pues ese era mi papel como columnista, sino por no haber conversado con él en la cárcel. Hacía los arreglos en estos días para visitarlo. No hubo tiempo. Y si hoy escribo esta columna, no es solo por el cariño y la simpatía que le guardo al amigo que frecuenté antes de que llegara al poder.

Trato de no mezclar una cosa con otra. Escribo también porque la manera en que se lo llevaron no fue, según mis ojos, correcta. De si es culpable o no, eso será cuestión de la corte que lo juzgue. Pero algo no me termina de convencer en este pastel.

Corrupción ha habido en todos los gobiernos. Algo muy diferente tuvo que haber hecho Alfonso para estar como está. Y claro: no olvido el Jueves Negro ni las estructuras mafiosas que, obviamente, orbitaban a su alrededor.

Tampoco minimizo sus actos si las pruebas lo condenan. De hecho, si llegara a ser sentenciado a purgar varios años tras las rejas, al llegar algún día a Nueva York intentaré visitarlo, aunque siga criticando su desempeño como presidente.

Estoy seguro de que me recibirá con aprecio y que no escatimará esfuerzo para contarme los chistes de “Dos goles y una patada” y el de “Meme Taraluta”. La vida da tremendas vueltas; hay historias que son de novela. La de Alfonso, por ejemplo.