Luis Felipe Valenzuela

Secuelas de dos entrevistas

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

El presidente Otto Pérez Molina debe estar sumamente arrepentido de la entrevista que le concedió al periodista estadounidense Allan Nairn en 1982. En esta, el entonces mayor del Ejército describe el accionar de guerra que las fuerzas armadas empleaban en aquel tiempo para la contrainsurgencia.

En las imágenes de ese video, sin embargo, hay varios cadáveres. Lo cual no es gracia. Ninguna. Pero tampoco es nuevo. Durante la campaña fueron múltiples las ocasiones en que la UNE, y después Líder, aludieron a ese episodio.

Y si, como supongo, el mandatario está arrepentido de esa entrevista con Nairn, más debe de estarlo de la sostenida el viernes 10 de mayo con Fernando del Rincón de CNN. Fue un craso error de estrategia aceptarla. Pues si lo que se esperaba era una “felicitación”, el cálculo resultó por demás fallido.

Pérez Molina se vio fuera de control por una pregunta que, a la luz de la sentencia, era obvio que iba a ser formulada. Sufrió un desgaste innecesario y evidenció (de la peor manera) que el tema lo perturba mucho más de lo que confiesa.

Porque además de tener que lidiar de ahora en adelante con el fantasma de que un juicio toque a su puerta, la seguidilla que presumiblemente le viene no va a ser ningún flan. Menos para un mandatario que aboga por la despenalización de la droga y que no ha sido capaz de domar a los leones de la corrupción que acechan sin piedad las arcas de su gobierno.

Los periodistas locales no podemos dejar de preguntarle acerca de ello. Y aunque la Corte de Constitucionalidad anule la condena, la espinita seguirá ahí. Adonde vaya, por ahora, el tema será ese. ¿Cómo se lo explicará, por ejemplo, a los cancilleres que vengan en junio a la Asamblea de la OEA? ¿Y cuando asista a alguna cumbre?

Mientras tanto, la nave gubernamental mantiene la ruta del naufragio. La seguridad no mejora: abril fue un mes demasiado violento y el número de homicidios es el más alto en lo que va de su mandato.

Los conflictos siguen en pie: la iglesia tuvo que mediar para que devolvieran las armas arrebatadas a agentes de la PNC en Xalapán y la mitad de las candelas de dinamita robadas en Mataquescuintla no aparece. La economía vive días aciagos y el poder adquisitivo de los guatemaltecos se erosiona: los precios de la canasta básica lo reflejan tanto como las magras ventas en el campo de los bienes raíces.

Abundan las contradicciones: Petrocaribe, por citar la más estridente, en que se ve con buenos ojos lo que desde la oposición criticaron acremente.

Pérez Molina describió 2013 como el año clave de su administración. Y si no es este, no será ninguno. Hay nebulosas a su alrededor que enturbian casi todo. Y la voluntad y el talento para corregir el rumbo no se ven por ninguna parte.

¿A quién escucha el Presidente? ¿Quién es su estratega político de gran nivel? ¿Cómo se asesora para tomar las decisiones importantes? No es con spots publicitarios como puede mejorar la imagen el mandatario. Es con acciones. Con actitudes. Con carácter.

Veo complicado que el 70% de popularidad se repita en la próxima medición. Algunos de sus cuadros cercanos precisan de cirugía mayor. No digamos su visión como líder del Ejecutivo. Siento que habla mucho y que se expone más de la cuenta. Y sus respuestas transmiten cada vez mayor desasosiego.

Urge que Otto Pérez Molina repiense su presidencia. Si despliega suficiente habilidad y se interpone entre sus allegados y los negocios dudosos, no solo está a tiempo de salvar su nombre para la historia, sino también su persona de una persecución penal. De él depende.