Luis Felipe Valenzuela

Polarización

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

La polarización se desbordó. Nuestro país, tan hecho a las divergencias irreconciliables, se encuentra ahora con los pelos de punta: o estás conmigo o estás contra mí. O se es blanco o se es negro.

Si usted opina que no hubo genocidio, lo único que cabe es que lo compró el Cacif o que es un despreciable racista con vocación autoritaria. Si su postura es que sí hubo genocidio y celebra la condena de 80 años impuesta en primera instancia a Efraín Ríos Montt, o es un esbirro de la comunidad internacional o un resentido oenegero que lucra con los Derechos Humanos.

Así percibo yo el ambiente. Tanto, que pareciera insensato pedir sensatez; hay de aquel que con ciega locura llame a conciliar planteamientos. Eso, ni de chiste. Y aunque lo esperaba, no deja de preocuparme. No por las disputas verbales que puedan surgir en alguna reunión, o por el intercambio de improperios que se da en las redes sociales. Eso, siendo franco, sucede siempre.

Lo que me inquieta es que un tercero se aproveche de este río revuelto. Que un alguien o unos “alguienes” perversos dispongan armar la de Dios es Cristo, sacando raja de la fogosa intensidad de la coyuntura.

Porque, si así fuera, me surgen varias angustias: ¿con qué liderazgo contamos para calmar las aguas? ¿Cuán dispuestos están los principales actores de este episodio a escuchar al otro, sin el prejuicio patológico de empecinarse en tener siempre la razón? ¿Es acaso válido pensar que aquí se enfrentan los buenos contra los malos? ¿Qué va a salir de todo esto? Considero que debatir acerca de un pasado que ha pretendido negarse de manera desalmadamente sistemática es sano para el país.

Aunque haya gritos de por medio y hasta se ponga en riesgo lo caminado desde la firma de los Acuerdos de Paz. Sin embargo, lo verdaderamente sano sería que los fervores y los ímpetus se ventilaran con argumentos fundamentados, y no con falacias acomodaticias.

La derecha debe asumir que el anticomunismo y la contrainsurgencia se tradujeron en atrocidades inaceptables para cualquiera que alguna vez haya recibido una noción cristiana. Y la izquierda debe aceptar no solo que la guerrilla cometió asimismo horrendos excesos, sino también que no podemos seguir habitando las parcelas del pasado como si Guatemala no se hubiera movido en los últimos 20 años.

Hay quienes creen, ¡oh ironía!, Estados Unidos en cuenta, que respetar el fallo judicial del genocidio puede conducirnos hacia la concordia. Yo quisiera creer que tal cosa es posible, pero, por lo visto en días recientes, no puedo mostrarme tan optimista. Y buena parte de la Comunidad Internacional, la CICIG incluida, no ayudan a que mi percepción mejore.

Mientras tanto, la cúpula empresarial salta desde su trinchera y dice que es imperativo anular la sentencia. Lo cual resulta consecuente con la responsabilidad histórica que a la vieja guardia de ese gremio le corresponde; en realidad, la guerra que pelearon de manera cruenta y cruel los militares, sacando -valga decirlo- su propia tajada, era más una guerra en defensa de los intereses del gran capital, que una guerra en aras de mantener el orden constitucional. Ellos lo saben.

Eso sí, esperaría que esa misma consecuencia para exigir un debido proceso en este caso de genocidio se note en otros que afectan al sector privado en sus inversiones, y que igual causan ingobernabilidad, como en aquellos relacionados con las mineras. Paralelamente, las posibilidades de que con alegato del Cacif o sin este el juicio se caiga son muchas.

Y ello traería otra página de polarización para este libro de enfrentamientos. Otra batalla. Es cierto: no integramos una sociedad armoniosa. Pero algo hemos avanzado. Es mezquino no reconocernos méritos en ese sentido.

Tal vez por ello la acalorada tensión de los últimos días no debiera asustarme tanto. Pero creer que algo tan profundamente complejo como esta condena por genocidio va a resolverse con un llamado a la reconciliación es ingenuo. Con todo, y aunque suene insensato pedir sensatez, es lo único que se me ocurre proponer en esta columna. Tiene que haber un punto medio, una luz.

Algo que rompa con la virulenta intransigencia. Lo anterior, antes de que un alguien o unos “alguienes” perversos dispongan aprovecharse de este río revuelto.