Luis Felipe Valenzuela

Nos encanta la violencia

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Basado en una encuesta de Gallup, Publinews publicó meses atrás una nota en la que nos cuenta que el 56% de los guatemaltecos no se siente seguro en dónde vive.

Que teme salir a caminar de noche, ser asaltado, secuestrado y hasta asesinado. Eso, traducido al discurso diario de la población, nos recuerda que normalmente rechazamos la violencia y la consideramos, como país, nuestro principal problema. Sin embargo, hacemos poco desde la casa para evitarla.

O por lo menos no lo suficiente. Aquí son alarmantes los índices de violencia intrafamiliar. Y según los psicólogos, eso se aprende. Si un hombre suele resolver sus diferencias con su esposa por medio de discusiones en las que rara vez faltan los golpes, los hijos tendrán en ellos un modelo para sus vidas.

Un modelo perverso. Los varones, internalizando que el poder puede ejercerse con la pareja (o contra ella) por la vía de los pescozones; las niñas, asimilando que es parte del destino ser víctima de esas agresiones en el seno del hogar. Mas no solo nos quedamos en eso.

La mayoría del cine que alcanza éxito de taquilla apuesta por el ingrediente violento para cautivar. “A mí me encantan las películas de matados”, me dijo no hace mucho un conocido que se las lleva de pacifista y que no permite que sus hijos oigan rock pesado.

Es cierto: el arte es el reflejo de las sociedades donde se hace. Y es cierto también que el mundo, en general, se encuentra infestado de hechos de sangre. Pero hablando de arte, una cosa es el Hollywood barato de los Rambos y otra muy distinta el verdadero séptimo arte. Vuelvo entonces a la sala familiar. O a la habitación de los niños.

Algunos videojuegos también son parte de nuestro gozo por las tendencias destructivas. ¿Quién no se disfruta y hasta se envicia con los Angry Birds? Los pájaros enfurecidos son, valga decirlo, la piñata más vendida en los últimos 18 meses. Lo admito: los Angry Brids no llegan a ser como otros videojuegos que en realidad rayan en lo verdugo y hasta en lo asesino.

Pero en la cotidianeidad abundan los episodios en que las contradicciones nos delatan como productos activos de un entorno violento. Desde ofuscación excesiva en el tránsito, traducida en cortesía cero, hasta niños en primera fila en la escena de un crimen, como si se tratara un espectáculo.

Pues eso termina siendo la violencia en nuestro país: un espectáculo. Grotesco y espeluznante, pero entretenido. Siempre y cuando no sea yo, o alguien cercano a mí, claro está. Y no solo para la gente de escasos recursos, como suele decirse. También los ricos se fascinan con ese trágico festín. Alucinan.

Véalos comprar armas. Asimismo, los clasemedieros, a quienes les gusta alardear de manera similar con las pistolas al cinto. No en balde durante el último decenio, el país ha adquirido más de 400 mil armas de manera legal y un promedio de 55 millones de municiones por año. En cuanto a las clases económicamente menos favorecidas, no hay mayor cambio.

El pobre somete al pobre con asaltos indiscriminados, en autobuses o en barrios marginales. Lo extorsiona. Y en esto, solo permítaseme un apunte final: cuando se dice que por las clases bajas es que los diarios de nota roja circulan tanto, es conveniente recordar lo que una vez dijo un escritor uruguayo: esas publicaciones son las “sociales” de los pobres.

Dicho lo anterior, reitero mi tesis: aunque nos castigue, nos angustie y nos hunda en un dolor permanente, la violencia nos atrae y la atraemos. Nos seduce la violencia. Nos encanta.