Luis Felipe Valenzuela

Padre e hija, a los 15

Escritor,  periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Me consuela saber que, a los 15, yo era mucho más travieso de lo que es mi hija hoy a la misma edad. Ella es más ingenua ahora de lo que yo fui entonces. Más sana. Y eso, a pesar de vivir un mundo en el que todo parece arrastrarse hacia la superficialidad más ramplona.

Este mundo esclavo de la tecnología en el que el asombro derrotado vive agonizante a la espera de un milagro. Este mundo en el que todo lo que se creía a pie juntillas hace un decenio se desploma en segundos para dar vigencia a nuevos modelos hasta de moral.

A los 15, mi madre me sugería leer a los escritores latinoamericanos por su desbordada imaginación y sus personajes mágicos. Asimismo, procuraba enseñarme que las damas siempre van primero y que a una mujer no se le ofende ni siquiera con el pétalo de una rosa.

Hoy, mi hija me enseña a mí cómo leer en un iPad y me considera un aburrido porque no me gusta Harry Potter. Pero en su generación, más que en la mía, las damas, aunque no vayan primero, alcanzan a ir más a la par de los varones, lo cual es ya un adelanto en un país y en un planeta en el que la violencia contra el sector femenino ha llegado a niveles intolerables.

De quinceañero no corrí grandes riesgos con las drogas. Las tuve muy cerca, pero no me atrajeron. Y no era tan común que las iniciaciones en ese tipo de caminos llegaran en las fiestas. Mi hija se rehúsa a la idea hasta de probar el licor. Los sorbos que yo mismo le he dado le causan rechazo a un sabor que percibe desagradable.

Sin embargo, cada vez que la llevo a una fiesta, no me canso de decirle que se abstenga de tomar hasta un agua gaseosa si no tiene la absoluta certeza de su origen, porque en los tiempos que corren la inducción a las sustancias nefastas puede venir de los sitios menos esperados.

A los 15, yo vivía en una Guatemala enfrentada por un conflicto armado que iba subiendo de tono en su saña y su barbarie. Mi madre intentaba mantenerme ajeno a esa cruenta realidad y se empeñaba en aleccionarme para que nadie me adoctrinara con las ideas marxistas.

Como quinceañera, mi hija no dispone de más opción que estar al tanto de la violencia que sufre el país, pues le ha tocado vivirla en angustias propias. Yo trato de hablarle acerca de las pugnas que persisten, y siempre procuro inculcar en su conciencia el deseo de lucha para que la terrible e ignominiosa desigualdad que desgarra a la Guatemala actual nunca le sea indiferente.

Cómo cambian los tiempos. A mis 15, no había teléfono celular; la idea la vislumbraba solo por el “zapatófono” del Agente 86. Tampoco había computadoras personales ni internet. Ni siquiera pasaba por mi mente la posibilidad del correo electrónico, y si me iba de viaje mandaba postales con una vista del lugar, en vez de una foto mía con ese mismo fondo como se cuelga hoy en el Facebook.

Muchas cosas son diferentes ahora que mi hija cumple 15, de cuando yo tenía esa edad. Por ejemplo: en Guatemala existe una democracia formal. Pero nos cuesta mucho debatir y más aún dialogar. Nos fascina descalificarnos y sostener que nuestra verdad es la única.

Quienes gozan de privilegios los defienden con uñas y dientes, y quienes carecen de ellos harían casi cualquier cosa por ser parte del V.I.P. Con algunas contadas excepciones, claro está. Las que defienden al país de la bancarrota moral que nos acecha desde que me acuerdo.

Espero de verdad que mi hija sea madre dentro de, por lo menos, 10 años. Y que antes de ello se prepare para encarar sus retos y que se cumpla buena parte de sus sueños, sin necesidad de pasar encima de nadie. Solo confío en que cuando el primero de sus vástagos llegue a los 15, no sigamos en Guatemala intentando resolver los traumas de la lucha armada ni peleándonos por el modelo de país que queremos.

Solo eso pido. A mis 15, alguna vez soñé con una patria solidaria, próspera y en paz. ¿Podré verla en vida? Por mi hija y por los de su generación, ojalá que sí.