Luis Felipe Valenzuela

El Juicio

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Nuestra sociedad hace casi cualquier cosa por no asumir su pasado reciente; ese pasado que se vincula con la lucha armada y que ahora es noticia por el juicio contra Efraín Ríos Montt. Cada quien opina según su filiación o su influencia. Es lo normal. Pero yo quisiera saber, a ciencia cierta, hacia a dónde nos dirigimos con esto.

A simple vista, pareciera que la derrota militar con la que cargó la guerrilla, va a saborear una especie de triunfo en el ámbito jurídico-político, solo con el hecho de que se abra a debate este caso. No digamos si se da una condena por genocidio. Y es ahí donde yo empiezo a barajar algunas cartas. El sistema de justicia debe hacer cuanto sea necesario para que se juzgue conforme a derecho al exjefe de Estado.

Que sean realmente las pruebas las que manden. Que nadie pueda decir después, si llegara a ser condenatoria la sentencia, que esta “fue redactada de antemano”. Que los argumentos legales sean contundentes para evitar proclamas de que se trata de una conjura de la Comunidad Internacional. Y claro: es muy difícil semejante alineación de planetas. No va a ocurrir, de hecho. Por eso me perturba el debate de si hubo o no genocidio.

He leído, visto y oído múltiples foros en los que los interlocutores se centran en discutir si cabe o no dicha figura en el cruento y sanguinario episodio de “guerra” que vivimos aquí entre 1960 y 1996. Y escribo “guerra” entre comillas, porque lo que aquí pasó dista enormidades de haberse desarrollado solo en un frente de batalla donde combatieron dos ejércitos. Aquí la población civil, especialmente indígena, sufrió lo indecible.

Y me molesta sobremanera que entre los alegatos se incluya si fueron 200 mil o 37 mil los muertos. Las cifras, de cualquier modo, son espeluznantes. Nos ha faltado un liderazgo con coraje suficiente entre nuestra dirigencia política para lograr que la feroz barbarie de los años más sucios del enfrentamiento nos muestren su real cara. Para así empezar desde esas ruinas a construir algo nuevo.

Hay quienes aseguran que, si se condena a Ríos Montt, el llamado a la reconciliación será inevitable. Hay otros que ven en ello la semilla de otro derramamiento de sangre. Me digo: lástima que no hubo, en su momento, un esfuerzo articulado para que los militares de aquel tiempo salieran a admitir sus vejámenes y sus atropellos. Amnistía, pero con la confesión de por medio. Eso hubiera sanado muchas heridas.

Igual del lado guerrillero, pues no fueron precisamente angelitos. Tal vez era mucho pedir. Y aunque exista evidente desproporción en las masacres y en los atropellos, hay caídos de los dos lados. Y hoy, cuando el país es objeto de atención mundial por el inminente arranque del juicio contra Ríos Montt, reafirmo lo dicho por Twitter la semana pasada: el aplauso del público asistente al foro de la AGG en que el Presidente declaró que aquí no hubo genocidio me pareció una falta de respeto a las víctimas.

Genocida o no, la tragedia de los pueblos arrasados no puede ser objeto de un aplauso cuando un mandatario esgrime su opinión al respecto. Aplaudirlo al hacer esa afirmación es otra manera de negar los hechos. Por ello insisto: si hubo o no genocidio es algo que deberá dilucidar la justicia, basada en pruebas y no en presiones. Yo no creo que la matanza de mil 771 ixiles por la que se acusa a Ríos Montt se basara en su origen étnico o racial.

Pero de todas maneras los mataron. Muchas familias sufrieron una horrorosa mutilación. Y esa mutilación no puede aliviarse, sino solo con la verdad. Por espantosa que sea. Es cínico pretender borrar lo sucedido achacando crímenes a la contraparte.

Es patético levantar pancartas diciendo que si aquí hay libertad de expresión, es por los soldados y no por los poetas. Pero es inaceptable también que se pretenda mantener el clima de guerra a cambio de financiamiento internacional.